Cuando acaricia la música

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Es de noche pero sin oscuridad porque coges una estrella del cielo, suavemente, con las dos manos puesta en forma ovalada, como una concha, como haciéndole una cuna al brillo para que no despierte y desaparezca. Te la acercas al oído y todo se deshace. Te separas de la realidad. Es como si te cubriera un suave y cálida bruma y te meciera en una especie de balancín de sosiego. Cierras los ojos y tus oídos se convierten en la puerta por donde entre la hermosura y la belleza del más dulce sonido directamente a lo más profundo de tu alma.

Es como si te abrazaran todos los órganos y todos tus miedos y todas tus inquietudes se pararan en una especie de suspensión hacia el sueño, pero no duermen, solo están hipnotizados por la magia del ingenio hecha música.

La perfección de una sinfonía creada por el más glorioso ingenio interpretada por el más tierno, dulce y enternecedor de los instrumentos; el violín. La pluma de todos los sonidos. Al oírlo, te imaginas un velo acariciando las notas, pidiéndoles permiso para rozarlas y transformarlas en susurros, solo comparable a la inmensa delicadeza de los dedos del pianista al tocar y casi deslizarse por las teclas del piano cuando lo quiere hacer sonar dulce.

Una de las emociones más grandes al ver interpretar música es contemplar esa especial relación entre el intérprete, su instrumento y la sinfonía. Su admiración, respeto, amor, ternura, sentimiento. Es como si rindiera eterno homenaje al compositor. Admirable. Nunca me cansaré de observarlo y oírlo. Todo un privilegio.

Si lo comparara con una visión, sería la de volar entre las nubes blancas. No las de agua. No. Las blancas de velo. Esas que son como algodón con tacto de seda, casi transparentes, casi de niebla o humo. Te imaginas como te rozan la cara como si fueran unas cortinas de la más transparente y suave tela que no hace falta apartar para cruzar porque tiene el tacto tan agradable que prefieres que te acaricien el rostro, las manos, los hombros, la piel.

Y, finalmente, cuando sales de ese maravilloso letargo al acabar la música, tu paz es tan grande que, por un momento, crees que todo seguirá tranquilo siempre.

Todo ésto es para mí la preciosidad de la música que os enlazo y de otras muchas sinfonías que los genios han tenido la delicadeza de dejarnos escuchar. 

 

 

 

 

 

 

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