Despertar en Oriente

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Y despertó en Oriente, donde los olores son aromas, donde el incienso sale de los templos para impregnar la atmósfera, donde los mercados se pintan de colores, donde la selva se llama jungla y la tormenta monzón.

Oriente, donde navegas por ríos sagrados y el aire huele a una mezcla de especias, de esencias de perfume y de agua de bosque. Donde todo está tocado de lluvia y sol y de la sutileza de lo místico.

Oriente, donde se camina entre la delicadeza de los detalles, de los movimientos, de la gente, de las formas. Entre flores y ofrendas.

Se despertó en Oriente y quedó absorbido por esa especial humildad y extremado respeto que tiene el budismo ante la vida y que está presente en todo. Por esa gran tranquilidad de existencia. Le maravilló esa ausencia de gritos y universo de discreción que tanto le costaba encontrar en casa.

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Se pasaba horas contemplando la minuciosidad, la lentitud, la sutileza y el silencio con el que allí se hacen todas las cosas: Miraba como la vendedora de un pequeño puesto del mercado, anciana, encorvada y diminuta, pero con el encanto y la paciencia de los años, colocaba cada día al alba las pequeñas piezas de verduras y los saquitos de especias en un perfecto y estéticamente insuperable orden: por tamaños, por colores, por productos … Todo instintiva y escrupulosamente ordenado en exposición.

Observaba a los monjes en algunos de los incontables templos que, como si se tratara de adornos de los dioses, decoran de misticismo la ciudad, realizar sus rituales ataviados con sus impolutas y vistosas túnicas naranjas, sosteniendo con las dos manos en forma de concha, como si llevaran agua en ellas y no quisieran que se derramara, los sencillos cuencos de arroz y caminando casi deslizándose descalzos por la vieja madera de los pasillos del templo, arrodillándose ante sus dioses y adorando sin que se oiga más que el aire. Veía como tocaban el pequeño gong con movimientos acompasados y constantes, con la compañía, de vez en cuando, de los crujidos del suelo y el intenso olor a ofrenda y entrega.

Se ensimismaba viendo al cocinero preparando unos fideos en un puesto callejero, desmenuzando las verduras en trozos minúsculos y mezclándolos con el blanco de los brotes de soja, para acompañarlo con pequeños pedazos de carne o pescado, todo con un movimiento seguro y rápido, casi instintivo, cogiendo todos los ingredientes con dos palillos, como si hiciera malabares. Y todo ello mareado en un viejo y requemado wok al que balancea y remueve como si fueran unas maracas y siempre con una sonrisa en la boca y esa línea de ojos orientales que parecen estar siempre alegres. Todo un ritual.

Pero, lo que más le gustaba era espiar desde su anonimato y casi invisibilidad, la vida en el agua. Esa tan de Asia, donde las personas parecen ser acuáticas y haber nacido dentro de ella y tienen una especial habilidad para moverse encima de cualquier objeto, por pequeño e inestable que sea, que flote en ese líquido porque son más de él que de la tierra. Una habilidad casi innata. Observaba durante horas a los pescadores faenando en sus estrechas y movedizas canoas, en las que permanecen de pie con un equilibrio casi circense, pero con la elegancia de una bailarina. Los miraba al atardecer o cuando acababa de salir el Sol, moviendo remando y tirando las redes como si fueran velos al aire y formando siluetas oscuras, como sombras chinas, delante del inmenso y apacible fondo naranja del cielo. Se sentía como el único y privilegiado espectador de las más bella representación jamás vista, en silencio y con extrema delicadeza, como todo el Oriente.

Y muchísimas cosas más se pasaba los días contemplando, dejando que el tiempo se llenara de languidez, como si, en vez de pasar, se quedara parado a su lado para disfrutar de todos esos maravillosos momentos. Fue entonces cuando decidió que su lugar, su interior, su alma y todo su ser pertenecería siempre a ese mundo, a Oriente …

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