La casa de las ventanas bonitas (1)

Imagen

 

Vivía en la casa de las ventanas bonitas, con las formas de las mil y una noches, como las que adornan las havelis de Jaisalmer. Esas labradas de delicadas filigranas que, como un caleidoscopio de agujeros, juegan a hacer dibujos con los rayos de luz. Estaba al final de la calle Iris y también al final de la aldea, a la orilla del prado. Se podían ver desde ella las piedras del deteriorado asfalto de los callejones y, solo girando un poco el rostro, el carmín de las infinitas manchas que, en primavera, pintaban las amapolas en el verde de la maleza, como en un cuadro de Monet.

 

Solía sentarse en el pequeño balcón vestido de hiedra viendo ese paisaje y leyendo las cartas que ella le enviaba escritas en papel de arroz – Cuesta escribir en papel de arroz porque no es uniforme. Tropiezas con las ramas prensadas. Es como circular con un deportivo por una de esas encantadoras, pero extremadamente incómodas carreteras secundarias que discurren entre naturaleza-. Pero ella siempre lo hacía, a mano, con pluma y tinta negra y con una letra inmaculada.

 

Esperaba sus cartas. Leerlas era su costumbre diaria, como abrir la ventana al despertarse, tomarse el café cada mañana o dejar las llaves en el cajón de siempre al llegar a casa. Formaba parte de su rutina, de su cotidianidad.

 

A cambio, él le enviaba dibujos que hacía de forma casi automática tras absorber sus letras. No eran elaborados, sino simples trazos que exhalaba de forma prácticamente inconsciente su pensamiento como una especie de reacción ante la lectura.

 

Ella los guardaba junto a la copia de sus escritos, como si fuera un relato ilustrado sin encuadernar, como si fuera una obra que creaban entre ambos todavía sin acabar. Él hacía lo mismo.

 

Se conocieron por casualidad, una tarde de mayo, en el tren que ella cogía para ir al trabajo. Él regresaba de uno de sus constantes viajes y subió al vagón con todos los bártulos y accesorios que suelen acompañar a los que se desplazan.

 

Resulta curioso que, el viajar, siempre llevamos con nosotros una serie de objetos íntimos, a veces útiles y otras solo usados por nuestra conciencia como una especie de cordón umbilical con el hogar que abandonamos temporalmente, como si fueran una parte transeúnte de nuestra casa.

 

Una de las maletas, al arrancar el tren, se deslizó y acabó golpeando los pies de ella, que estaba sentada justo al lado de la entrada del vagón, haciéndole una pequeña herida en el tobillo. Y así fue, tras diversas disculpas, perdones, cortesías y conversación, primero intrascendente y después fluida, como se conocieron.

 

Desde el primer instante, hubo una conexión tan extraña como intensa entre ambos, más por la forma de hablar que por lo que decían. Era como una conexión de forma que, poco a poco, profundizó en el fondo.

 

Tenían una relación de papel, a distancia. Se basaba en el intercambio de palabras y secretos a través de letras y dibujos. Se habían visto alguna vez después del primer encuentro, pero sus verdaderas risas, abrazos, lloros, miradas y confidencias siempre habían sido a través de la tinta. 

 

Lo sabían prácticamente todo el uno del otro, hasta lo que cada uno desconocía de sí mismo. Es como si, al escribir o dibujar, una parte de su intimidad más guardada, se desplazara al papel y, con éste, a su destinatario.

 

Ella vivía en un pequeño apartamento en el centro de la ciudad, de esos que son el resultado de dividir los antiguos pisos señoriales en viviendas más pequeñas y adaptadas a las nuevas necesidades y circunstancias de una Sociedad donde todo tiende a menguar. Conservaba los techos altos y las puertas de los balcones originales, lo que le daba un encanto especial, como de historia que te observa y rodea desde el continente que contiene tu hogar y, a veces, a ti. El balcón de la sala principal daba a la Plaza del Arco, donde se encontraba el museo más importante del municipio. Solía visitarlo a menudo, por la cercanía, tanto física del edificio, como sentimental de las obras que contenía.

 

Su pasión era escribir y restaurar antigüedades. De hecho, tuvo la suerte de transformar la última en su profesión. Y, en cuanto a escribir, desde que lo conoció a él, se convirtió en su rutina diaria. Cada mañana, al despertarme, cogía la caja en la que guardaba el papel de arroz y la pluma que le regaló uno de sus clientes por un espléndido trabajo hacía unos años y se ponía a escribir su carta.

 

………

 

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

4 respuestas a La casa de las ventanas bonitas (1)

  1. plumayluz dijo:

    …Necesitamos con urgencia la parte 2 de esta bonita historia, que promete mucho según se desarrolla…
    ¡La esperamos…!

  2. alfredhiedra dijo:

    Me he quedado enredado en tu relato.Nnunca dejes de escribir. Por favor.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s