La casa de las ventanas bonitas (2)

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Ival – así se llamaba él – compró la casa hace unos meses. Pertenecía a una acomodada familia británica venida a menos que se había dedicado al comercio con la India. De ahí el estilo del edificio. La construyeron a mediados del siglo XIX en la aldea como regalo de boda para una de las hijas que se casó con un terrateniente del lugar. Por distintas circunstancias, la finca quedó deshabitada y a la venta durante años, hasta que él la descubrió un día por casualidad, al visitar el lugar para hacer un reportaje que le habían encargado sobre los frescos románicos de la iglesia del pueblo – Él es periodista especializado en arte-.

 

Mientras callejeaba, vio la casa, diferente a todas las demás y le recordó aquel año de juventud en que su curiosidad por el mundo, junto el ímpetu y la necesidad de experiencias que produce la escasez de edad, le llevaron a marcharse de su hogar e ir a descubrir sitios y gentes, malviviendo y, a la vez, viviendo intensamente. Fue en aquella época cuando descubrió y decidió quedarse una temporada en el Rajasthan, tierra de colores y aromas intensos donde el misticismo perfuma el aire, como cuando frotas la madera de sándalo y te envuelves de su fragancia. 

 

Solía caminar durante horas por las calles contemplando embelesado las ventanas de las casas de las castas altas. Eran largas y tranquilas caminatas, porque, en la India, el tiempo parece transcurrir más despacio. Todo parece pasar y hacerse lentamente. Es como si vivieras en un continuo estado de relajación. Le parecían esas ventanas flores colocadas en las fachadas para engalanarlas, como se hace en las bodas con las iglesias, como el broche de un atuendo.

 

En aquellos días, vivió el respeto del Ganges a la muerte en Varanasi, se llenó del rosa del Palacio de los Vientos, de los mil tonos que refleja el cielo en el Taj Mahal a lo largo del día, de la ciudad azul de Jodhpur y, finalmente, en Udaipur, donde se quedó un tiempo, conoció y conversó con poetas y, en lánguidas jornadas junto al lago, contempló y conoció el trabajo de los pintores de miniaturas, inspiradas en antiguos poemas, relatos y dibujos persas ¡Que bonitas las pinturas en miniatura!. Trabajo de artesanos de lo diminuto que tienes que mirar a través de una lupa para poder ver todos sus detalles. Quedó prendado de su belleza desde la primera vez que las vio.

 

Tiene decenas de ellas, guardadas o colgadas en las paredes de su casa. Las ha ido recopilando durante años.Quizás han sido lo único tangible y material que ha ido almacenando de sus numerosos viajes. Todo lo demás, muchísimo más valioso, menos perecedero y que no se puede tocar, es lo que le han ido dejando en el alma sus experiencias por la Tierra. Joyas de lo pequeño, ese arte microscópico, muchas veces estampado en otro arte de igual o mayor belleza, antiguos textos manuscritos en papel que, con los años y las lecturas, tiene un color ocre oscuro, casi marrón.

 

Antes de adquirir la finca, había vivido en residencias temporales. Horribles e impersonales pisos de alquiler donde solo iba a dormir entre sus constantes desplazamientos. Ni tan siquiera deshacía las cajas con sus escasas pertenencias, entre las que estaban las miniaturas. Nunca las había colgado en las paredes de esos pisos, posiblemente porque nunca los consideró su sitio. En realidad, era un huérfano de hogar, de refugio en el que descansar y descalzarse. Fue al encontrar la vivienda de la aldea cuando halló realmente su lugar, coincidiendo prácticamente con el encuentro de Eda – ese es el nombre de ella -, el cual aconteció precisamente el día en el cual, tras regresar de uno de sus viajes, Ival se trasladaba a vivir definitivamente a su casa. Fue como poner fin a sus traslados por todo, a su deambular, a su desubicación.

 

Era curioso, pero Ival nunca le había hablado a Eda de su pasión por las miniaturas,  a pesar de que había compartido con ella cosas mucho más profundas, posiblemente porque su reacción ante sus letras era tan automática, tan inconsciente, que se limitaba a dibujar lo que sentía, a meterlo en un sobre y a mandárselo casi sin darse cuenta, como si entrara en una especie de estado de trance, igual al que produce la hipnosis y que hace que voluntad y actos transiten separados.

 

“La próxima vez, le hablaré a Eda de las pinturas en miniatura de la India y le enviaré una”. Pensó. No sabía cual, pero a buen seguro que sería una de las pintadas sobre algún antiguo manuscrito. Eran sus preferidas. Es más, sabía cual le mandaría, una que tenia guardada sin colgar porque le parecía tan especial que le daba pena enmarcarla y dejarla a la intemperie para que se llenara de polvo. La buscaría y se la enviaría. Lo haría.

 

Eda acabó su café del desayuno y puso la carta para Ival en el sobre de papel de arroz, como cada día. Después, se vistió y preparó para ir al trabajo. cogiendo el tren y pasando antes por el buzón de la esquina para depositar su misiva diaria. Era como un ritual.

 

Trabajaba en un taller fuera de la ciudad, a unos treinta kilómetros y se encontraba ahora prácticamente terminando la restauración de una vieja enciclopedia. Restaurar libros antiguos era lo que más le gustaba. Era como volver a dar vigor a la voz de sus autores, a la vez que rejuvenecía las letras escritas mientras iba escuchando lo que le hablaban. Leía palabras reparándolas. 

 

Cuando acabó la restauración y, al preguntar sobre su próxima tarea, su superior la hizo entrar en su despacho para explicarle su nuevo encargo. Su jefe era un hombre excesivamente expresivo y entusiasta de su trabajo. Demasiado nervioso siempre. Por eso, en un momento dado de su vida, ese en el que sueles darte cuenta y aceptar tus limitaciones, optó por dirigir a los restauradores y así no tener que restaurarse él.

 

Le dijo a Eda que tenían un encargo importante, a la vez que peculiar. Se trataba de un importante empresario hindú, el Señor Indradhanusha, propietario de un manuscrito que pertenecía a su familia, una de las mas antiguas de la India, desde hacía generaciones. Ese manuscrito no se podía leer ni descifrar porque, sobre el mismo, se había realizado una pintura en miniatura. Había autores que utilizaban el papel de antiguos escritos para pintar sus obras, quizás por la escasez de papel o por su textura o por cualquier otra causa, quien sabe.

 

El manuscrito formaba parte de un libro en el que se narraba la historia de todo su linaje y tenía gran interés el cliente en saber su contenido para conocer uno de los episodios más confusos y desconocidos de la historia de su familia, justo el que se explicaba en la parte que ocultaba la pintura. Se trataba de intentar restaurar, tanto el papel como la pintura, muy deteriorados, eliminando la primera si fuera preciso, con el objetivo de descifrar las letras que cubría. Aunque se trataba de un arduo y complicado trabajo, el cliente no escatimaría en gastos de material, personas, calígrafos, interpretes y lo que fuera necesario para conseguir su objetivo. Los eligió a ellos para esta tarea debido a las buenas referencias que le habían dado clientes comunes. Eda asintió reconociendo que era un trabajo un tanto peculiar, pero no por ello menos interesante. 

 

Esa noche, al llegar a casa, decidió buscar y recopilar información sobre las pinturas en miniatura de la India. Era un mundo desconocido para ella. Al investigar, descubrió que algunos de los pintores que las realizan están en Udaipur. Le pareció un mundo fascinante: delicadas obras llenas de minúsculos detalles que cuesta ver hasta con el zoom de la pantalla del ordenador aumentado al máximo, con un tratamiento del color en diminutas imágenes y dibujos, siempre con un toque final de dorado y motivos diversos, muchos de ellos inspirados en obras de la antigua Persia. Tenía ganas de verlas y tocarlas. no podía apreciar toda su belleza a través de una imagen digitalizada. Y también deseaba estudiar y conocer la técnica utilizada para su creación. Todo un misterio y, a la vez, un reto para ella.

 

Recordó, entonces. que Ival, en su juventud, había permanecido durante algunos meses en Udaipur, por lo que, con toda seguridad, conocería la existencia de esas pinturas. Le preguntaría sobre esas miniaturas en su próxima carta.

Se fueron a dormir ambos pensando en lo mismo: en que tenían que hablar sobre las hermosas pinturas en miniatura de la India. No sabían entonces hasta que punto estaban  y estarían vinculados a ellas.

 

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2 respuestas a La casa de las ventanas bonitas (2)

  1. plumayluz dijo:

    ¡Me gusta…! Esperamos el siguiente capítulo… ¿Porque habrá más, no…?
    ¡Felicidades!

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