La casa de las ventanas bonitas (3)

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Se sobresaltó al oír sonar el teléfono cuando todavía no había amanecido. Las llamadas a esas horas nunca traían nada bueno. Afortunadamente, no fue el caso. Al contestar, aún medio dormida, Eda escuchó la voz de su jefe pidiéndole que acudiera antes a la empresa, lo que le sorprendió enormemente, porque los trabajos que ella hacía no solían requerir prisas ni urgencias. No obstante, se preparó para irse, no sin antes escribir la carta diaria a Ival. Esta vez más breve por la celeridad, pero diciéndole simplemente que quería hablarle de un tema del que seguro él sabría y que le resultaría muy interesante. Se lo diría en su próximo envío.

Ival abrió la pequeña puerta de filigrana de la ventana de su dormitorio, Ahora la luz entraba directa, sin juegos. Mientras desayunaba, comprobó el correo electrónico y vio un mensaje de una de las agencias para las que solía trabajar, solicitando que se pusiera en contacto con ellos para un posible trabajo. Decidió, entonces, viajar hasta la ciudad para tratar el asunto y aprovechar para hacer algunas gestiones pendientes, dado que , en la aldea, los servicios eran limitados.

Al llegar al trabajo, su superior, con un estado de nerviosismo superior al que ya era habitual en él, la estaba esperando y la hizo entrar en su despacho, donde le dijo que el Señor Indradhanusha había llamado muy alterado. Le informó de que, en una de las mansiones de la familia, habían encontrado unas pinturas realizadas en manuscritos que suponían también formaban parte parte de su historia, pero que, por no sé que motivos burocráticos, no podían ser sacados de la India, por lo que, para su restauración, era preciso que Eda y su equipo se desplazaran allí lo antes posible. Él correría con todos los gastos.

No es que a Eda le entusiasmara irse, pero sentía una inmensa curiosidad por todo este asunto y, además, era una oportunidad para conocer el país, uno de los viajes que tenía pendientes desde que era joven y que siempre había postergado, unas veces por falta de medios y otras de tiempo, pero nunca por falta de ganas.

El equipo debía partir al cabo de dos días hacia la ciudad de Delhi, donde el cliente tenía su residencia y la sede de sus empresas. Al llegar allí, recibirían instrucciones. Todo estaba ya preparado para su partida.

La agencia tenía su sede en el primer piso de un edificio en pleno centro de la ciudad. Estaba allí desde hacía años, más o menos los mismos que hacía que Ival colaboraba con ellos. Al llegar, preguntó por su contacto de siempre, Marc, un alemán afincado  en el país desde hace tiempo al que conoció en una de sus estancias en Asia. Ival, a lo largo de su vida, había residido en diversos países de este continente. 

Marc le dijo que tenía un trabajo para él. Se trataba de hacer un extenso reportaje sobre los restos de un nuevo templo recientemente descubierto en la zona arqueológica de Angkor, el cual parecía tener unas características determinadas que lo hacían distinto al resto de construcciones. De ahí en encargo del trabajo, realizado por una publicación especializada en arte y arquitectura.

Debía partir en unos días porque el cliente le corría prisa. Quería ser el primero en publicar sobre el tema de una forma más profunda,

A Ival, todo y que, en los últimos meses, había disminuido la intensidad de sus viajes, le atrajo el asunto. Tenía una especial debilidad por Asia y, tratándose de Angkor, era impensable para él negarse, dado que, junto a las pinturas indias, era su pasión y debilidad, Lo había estudiado en la Universidad profundamente. Su tesis doctoral la hizo sobre la historia de su descubrimiento.. Por eso, a pesar de haber residido unos meses en la zona y de haberlo visitado en múltiples ocasiones, nunca se cansaba de hacerlo. Le impresionaba esa constante lucha entre piedras (preciosas, por cierto) y jungla (joya natural).

Partieron ambos hacia sus lejanos e inesperados destinos teniendo solo tiempo Eda de enviarle una breve carta a Ival para notificarle su ausencia temporal y él de mandarle un dibujo que había hecho hacía tiempo de Angkor en una de sus anteriores visitas. Acordaron comunicarse allí por email, menos auténtico, pero más práctico teniendo en cuenta las circunstancias. Eso sí, a través de letras y dibujos. Y diariamente, como siempre.

Al llegar a la India, Eda y su equipo se instalaron en una amplia y lujosa mansión en una zona residencial de Delhi, más bien alejada del bullicio típico del país. Más tranquila. La planta baja del edificio había sido acondicionada como taller de trabajo, con todo el material e instrumentos necesarios para el encargo y que fueron adquiridos siguiendo las instrucciones de los expertos.

Llegaron al atardecer, cuando fueron informados de que, al día siguiente, un coche les recogería para reunirse con el Señor Indradhanusha a las 11 horas.

Ival llegó a Angkor por la mañana. Decidió alojarse en el mismo hotel en el que siempre lo hacía. Aunque era sencillo y antiguo, tenía la ventaja de estar justo a la entrada del recinto arqueológico, lo que permitía acceder a él en un segundo. Ese día aprovechó para volver a contemplarlo sin prisas ni trabajo. Decidió ver el atardecer sentado junto al lago que hay al frente del gran templo, donde éste se refleja junto con el cielo y el Sol, haciendo un cuadro que va cambiando de colores a medida que anochece. Es como ver pintar a la Naturaleza en un cristal. Una preciosidad. Nunca se cansaría de verlo. Nunca.

A la mañana siguiente, Eda se reunió con el cliente, que le hizo entrega de las pinturas originales. Una maravilla, pero muy deterioradas, Más de lo que esperaba. Llevaría tiempo restaurarlas y de eso advirtió al cliente, quien asintió reiterando su voluntad de seguir con el encargo. Terminada la reunión, Eda se dirigió al taller e informó a su equipo. Empezarían a trabajar al día siguiente, una vez organizado el material. Se uniría a ellos un intérprete, lingüista y especialista en la antigua Persia.

El resto del día lo dedicó Eda a visitar Delhi, sus olores, gentes, bullicio y multitud de todo amontonado y en movimiento entre palacios, mezquitas, templos y misticismo. Entre tradición y modernidad. India en estado puro.

A la mañana siguiente, temprano, empezaron a trabajar. La primera de las pinturas contenía motivos florales y naturaleza de fondo y una pareja en primer plano, con indumentaria hindú bailando una danza.

La segunda de las pinturas era el retrato de una típica escena del Rajasthan: mujeres en el mercado de telas y esencias vestidas con saris y vivos colores, entre animales, niños y mercancías, con la silueta de un palacio al fondo.

Y la tercera, mucho más elaborada e interesante, era la imagen de una mujer joven entrando en un bosque y, al fondo, un palacio donde se divisaba un hombre ataviado con una túnica y turbante de color blanco sujetando alguna cosa con ambos brazos, No se distinguía qué era por el deterioro de la pintura. Lo curioso era que el bosque no constituía el retrato de los que habían en la India, sino más bien se parecía al de un clima más frío, continental, como el de Europa. Los motivos de esta pintura eran completamente distintos a los que, tras estudiar la materia, Eda había visto en las miniaturas de la India. Además, el bosque parecía inacabado, como cortado por la mitad, como si faltara un trozo de la escena, como también parecía deducirse del manuscrito sobre el que se había pintado.

Decidió entonces el equipo, empezar por las otras dos pinturas y dejar ésta para el final.

A Ival se le complicaban las cosas porque las autoridades camboyanas no le daban permiso para acceder a las nuevas ruinas encontradas. Un contacto en la zona aceptó encargarse de ello, pero le advirtió que tardaría varias semanas en solucionar el problema. Toda una contrariedad, pero habitual en estos países. Él estaba acostumbrado a estos imprevistos y, con el tiempo y los años, había aprendido que era mejor tomárselo con esa calma que tanto admiraba de los budistas y resignarse a esperar. Pensó, entonces, que podía aprovechar para visitar a algunos amigos que tenía en la zona: una vieja amiga que residía en Bangkok, un buen amigo que vivía en Colombo y, finalmente, a su querido y admirado Hamid, un pintor de miniaturas de Udaipur. Y así, decidió partir a la mañana siguiente hacia Bangkok.

Eda le envió ese día un email hablándole de Delhi y de las pinturas. Él lo leyó en el aeropuerto, justo antes de embarcar hacía Tailandia.

…….

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2 respuestas a La casa de las ventanas bonitas (3)

  1. plumayluz dijo:

    …Estos chicos prometen, con esas vidas tan apretadas de emociones y tan intensas de vivencias.
    El lugar y sus trabajos así lo imponen.
    Esperaremos, pacientes, a la siguiente entrega…

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