Buscando

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Buscó por todas las calles , por las avenidas, patios, parques y plazas de la ciudad.

Buscó por los caminos y por los puertos, de mar y de montaña, hasta llegar a la frontera.

Busco por los senderos escarpados cruzando los Pirineos, bordeando lagos y atravesando bosques de abetos hasta llegar al paisaje púrpura de los campos de lavanda.

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Buscó atravesando los Alpes, pisando y respirando verde y nieve hasta amanecer en los viñedos de la Toscana, llegando hasta la vieja Nápoles, para partir hacia la isla blanca de Mikonos.

Buscó en Atenas, donde tocó a Fidias a través del Partenón y olió a sal en el Pireo. Vio ponerse el Sol en un templo junto al mar y se sentó en el teatro de Epidauro preguntando a los recuerdos de representaciones pasadas, llegando a Delfos, donde el oráculo tampoco le supo responder.

Buscó navegando por el Danubio soñando acompañado de Mozart cuyo espíritu habita en toda Viena. Llegó a la encantadora Praga, ciudad de bellos puentes cruzando el río y de violines atravesando el silencio cada noche en cada iglesia.

Caminó en Holanda por los campos de tulipanes y contempló, en su búsqueda, los pedazos de Mesopotamia que se quedaron en Berlín.

Buscó llegando a Alejandría donde, si lo pruebas, todavía puedes percibir el aroma de los libros perdidos. Y descansó en la tranquilidad de la pirámide escalonada de Saqqara. Llegó, después, a Estambul, donde escuchó rezos arropados por la gran Sofía y se perdió en la Capadocia, para encontrar después Jerusalén, ciudad de fe, piedras y cielos luminosos. Partió siguiendo su busca hasta el Tesoro rosa de Petra y a las columnas en círculo de la bella Jerassa. Se adentró en el desierto hasta proseguir su búsqueda en su adorada Palmira, el oasis más perfecto que puede uno encontrar en medio de la arena, donde el atardecer es mágico, como todos, pero más aquí.

Siguió su búsqueda hasta llegar a los edificios de cuento de hadas de la Plaza Roja y pasó por el frío del mar del Norte y de la helada Siberia.

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Hizo la ruta de la seda encontrando de vez en cuando su suavidad, pero no hallando lo que buscaba, hasta llegar a la ciudad de arena y havelis de Jaisalmer y de los colores del Rajasthan y cubrirse de pena con la miseria de Calcuta. Fue a Pockara, donde navegó en el lago que refleja la inmensidad del Annapurna.

Buscó a través de anillados cuellos y blancos templos al llegar a Chiang Rai. Cruzó la frontera líquida para llegar, cruzando las montañas de las tribus de Laos, hasta llegar a la bonita Luang Prabang.

Se sentó en cientos de plazas y lugares observando el paso de vidas ajenas y desconocidas. De monjes, niños y mujeres. De mercaderes. De cosas en movimiento. De creencias estáticas. Se llenó de tranquilidad y esa paz que siempre transmite Asia. Partió hacia lo antiguo de las hermosas Ayutthaya y Sukhotai.

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Buscó a través del aroma de té y jardín de Sri Lanka, tierra de ayurvedas, de ofrendas y de especias.

Miró detrás y a través de cada uno de los budas de Borobudur y subió a los volcanes de Java. Navegó buscando en los bosques de Lombok, sin temer a los dragones de Komodo y buceó entre los hermosos corales de Flores. Partió hacia Bali y su alma de arroz en escaleras de terrazas de agua reflejando el cielo entre palmeras.

Navegó cruzando la jungla de Borneo, entre orangutanes y luciérnagas. Buscó ascendiendo montañas y cruzando puentes colgantes en Irian Jaya,  entre las kotekas y las lanzas de los Dani.

Llegó hasta Nara, donde volvió a contemplar la torre con forma de espiga y el gran Buda. Caminó entre los cerezos en flor de Kyoto y se sentó en ese banco de Gion donde sabía que vería pasar a las Geishas al caer la tarde, para después contemplar los colores de los farolillos de Pontocho al otro lado del río, justo después de haber escuchado la ópera. Vio la lluvia desde el puerto de Yokohama y estuvo un rato de pie, mirando el bosque en el puente rojo que lleva los templos escondidos entre árboles de Nikko. Siguió buscando hasta ver, la Torii en el mar al lado de Miyajima, la isla de los ciervos. Se purificó en los balnearios de Izu Hanto hasta partir hacia Okinawa para llegar a la bella Jeju, donde los cráteres decidieron un día convertirse en jardines, como el resto de la isla.

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Subió al Monte Popa, se perdió entre el dorado de los templos de Mandalay y despidió el Sol en el valle de Bagan.

Buscó navegando por el Río Perfume y vio a lo lejos el puente japonés entre las luces de colores de la noche de Hoi An.

Cruzó la niebla para iluminarse contemplando la Bahia de Halong y viajó entre las montañas y tribus del norte de Vietnam para después descender hasta el delta del Mekong, donde la vida está continuamente flotando en el agua.

Partió hacia Australia para seguir su búsqueda entre montañas, las de todos los colores del coral, la del naranja del Uluru y las azules del Sur. Llegó viendo los cientos de veleros navegando por la bahía de Sydney y viajó a la isla de arena de Fraser, la del corazón turquesa que forma su lago rodeado de helechos gigantes. Vio acantilados llamados apóstoles que se habían escapado de la costa y el silicio pintando de un inmaculado blanco las Whitsundays. Contempló cientos de cacatúas blancas volando por los bosques del norte y llegó a Tasmania sin ver ningún demonio ni encontrar lo que buscaba.

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Partió a las costas de Nueva Zelanda donde las focas, los delfines y las ballenas nadan a tu lado y se alejó parando a descansar en los diminutos y, a la vez, inmensos paraísos de Vatulele y Boracay, donde el Sol decidió regalar los atardeceres más bellos de la Tierra.

Y cruzó en su búsqueda el océano hasta ver el rojo del puente de San Francisco y la belleza de una montaña rusa hecha ciudad. Bonita. ¡Qué bonita!.

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Buscó hasta el final de la vieja Ruta 66 y se quedó junto a la noria viendo el atardecer de Venice, con la brisa de Malibú acariciándole la espalda.

Y atravesó el desierto de los árboles de Josua hasta llegar al Gran Cañón y a los rápidos de un río con nombre de rubor. Pasó por ríos y cascadas en Zion y paró a descansar en Mexican Hut, como un pionero.

Y se perdió por las formas de guitarra pintada de naranja y rayos de luz de Antelop, llegando al más alto de los arcos de piedra desde Moab, ese que parece una puerta hacia el cielo.

Y siguió su búsqueda en Wyoming, donde vio osos, búfalos, ciervos y el gran Mosy disecado de Jackson Hole, tierra de cowboys y rodeo, desde de donde siguió buscando hasta llegar a la montaña que expira vapor y sulfuro de colores en Yellowstone y seguir hasta Calgary y escuchó francés en Quebec.

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Y descendió hasta Washington donde se postró junto al gran Lincoln sin encontrar nada, marchando hasta el incompleto skyline de Nueva York, donde las almas desaparecidas aquel año parecen dibujar por la noche la silueta de las dos Torres Gemelas que le arrebataron a la ciudad y desde las que un día él la había admirado. Desde arriba, como lo deben hacer ahora los que nunca pudieron salir de allí.

Y decidió arroparse de Gospel en Harlem y en Nueva Orleans, porque esta música le animaba el espíritu, como el jazz del barrio francés y su alma de esclavos.

Y despertó una mañana en Maracaibo para buscar en los Llanos escalando después los Tepuis de Canaima, donde hay un ángel de agua que salta continuamente casi desde el cielo. Y navegó por el chocolate líquido del delta del Orinoco hasta llegar a una Margarita que es isla y seguir el color turquesa del mar que lleva hasta Los Roques, donde el coral decidió esculpir las islas más preciosas.

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Y buscó deteniéndose en la bahía más bonita del mundo donde está la playa de las olas más bravas y la música más dulce y donde un gran Cristo te observa desde lo alto y hay una montaña de pan de azúcar.

Y buscó por el desierto blanco con lagos verdes de agua dulce que llega hasta el mar de Jericoacoara, la ciudad de las calles de arena blanca y la playa de piedras tan bonitas como las de río, porque, de noche, se tapa con la sábana del océano.

 

Y vio subir el Telón del Teatro de Manaos para partir después hasta donde se abrazan sin mezclarse el Amazonas y el Río Negro, donde los delfines son rosas y el Sol del amanecer es rojo como el carmín.

Y siguió su búsqueda cruzando selvas y navegando por ríos en los que hay pirámides y antiguas piedras escondidas. Y vio iglesias bonitas como ninguna. Y plazas con música de rancheras, guitarras, bigotes y redondos sombreros. Y mercados de colores más vivos que los del coral donde las vendedoras se peinan con trenzas.

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Y buscó en glaciares perpetuos y estepas infinitas, caminando, cabalgando y corriendo.

Y volvió a cruzar el océano hasta llegar al rojo del desierto que toca al mar en África, el de dunas inmensas y animales dibujándolas. Y buscó encontrando enormes colonias de focas y esqueletos de barcos en agrestes playas.

Y siguió buscando hasta llegar a los nenúfares que se bañan en el delta del Okavango. ese laberinto de lazos de agua en el que viven sin querer salir los más bellos, salvajes y libres habitantes.

Y vio, mientras buscaba, amaneceres naranjas sobre el amarillo de la sabana y puestas de Sol rojas, rojas como la sangre, adornadas con las siluetas de elefantes y rinocerontes acompañados de jirafas y cebras.

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Y navegó y nadó por las aguas embravecidas por las Cataratas que tienen nombre de triunfo, en las que cada tarde el Sol dibuja los colores del arco iris y el atardecer parece incendiar el bosque, para acabar llegando a las blancas playas de Mozambique y recoger enormes caracolas en la costa de Zanzíbar.

Y buscó, sin encontrar pero viendo, espesos bosques en los que dormitan gorilas tan inmensos como los árboles que los rodean y tribus de países en los que el desierto deja paso a espectaculares y verdes montañas hasta llegar al norte, al hogar de mezquitas, bazares, chilabas, velos y babuchas. De especias, té y minaretes.

Y, al final de todos sus viajes, comprendió que lo que en realidad buscaba ya lo había encontrado en todos y cada uno de los sitios que había visitado, porque, al viajar, se había llenado de sitios, de gentes, de paisajes, de sabores, de aromas, de colores, de experiencias, de aire, de vida, de todos los mundos que pasaron a formar parte del suyo. Entonces fue consciente de que eso impregnaba todo su ser: su piel, sus órganos, sus huesos, sus ojos y oídos, cada uno de sus cabellos, sus manos y sus piernas y todos sus sentidos, hasta el fondo de su pensamiento y hasta su alma. Comprendió que su mundo era tan inmenso como el que le rodeaba y que descubrirlo también hacía descubrirse a sí mismo.

Porque viajar es llenarte el alma de sitios, pero también de personas y sentimientos. Es como vivir. Es conocerte conociendo.

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13 respuestas a Buscando

  1. Excelente artículo, lo he disfrutado. Un abrazo.

    • desluzia dijo:

      Muchas gracias a ti por leerme y aprovecho para felicitarte por tus poemas. Me alegro de que te haya gustado. Es una suerte poder compartir y leer. Gracias. Un abrazo y feliz lunes.

  2. Julia Ojidos dijo:

    No necesito viajar con tus palabras.
    Impresionante artículo.
    Una agradable lectura, para comenzar el día.

    • desluzia dijo:

      Muchísimas gracias por tu comentario. En breve tendré el gusto de viajar con tus letras, además de las que ya nos regalas aquí. He descargado tu libro. Deseando empezar a leerlo. Gracias por tus frases de cada día. Un abrazo. Te agradezco que me leas.

  3. alfredhiedra dijo:

    Maravillosa enfermedad que salva la vida: el síndrome del eterno viajero

    • desluzia dijo:

      ¡Vaya!. Un comentario precioso. Me temo que estoy en la fase terminal. Es una enfermedad incurable. No hay remedio una vez contraída, con el maravilloso efecto de querer viajar por sitios, personas, arte y letras. O sea, por los distintos mundos que forman el Mundo. Maravillosamente incurable.
      Gracias por leerme y por tu comentario. Feliz noche.

  4. Delicioso artículo. Disfrute mucho con el. Gracias por compartirlo. Saludos.

  5. plumayluz dijo:

    Aún no he podido bajar del vagón en el que viajo entre tus mundos buscando…
    Pues he metido otra ficha para que así tus lugares me sigan a mí empapando.
    Que yo aquí, sigo viajando…

    ¡Impresionante! Enhorabuena.

    • desluzia dijo:

      Otra vez gracias. ¡Que bonitas palabras!. Me gusta describir lugares, pero me quedo sin palabras cuando intento expresar los sentimientos que me provoca haberlos visto o soñado. Es impisible describir algo que te apasiona. O, al menos, a mí me es imposible y viajar es una de mis grandes pasiones. El mundo y su gente son una maravilla. Cada lugar. Cada persona. Cada paisaje. Todos deberíamos tener la posibilidad de conocerlo y sentirlo. Bueno. Ya no sigo que me emociono y me hago pesada.
      Gracias por tu comentario.

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