Recuerdo

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Recuerdo un invierno, hace muchos veranos, en el que me rodeaba el calor de Oriente, con planos e indicaciones pero sin saber que para nada servían en el maravilloso caos de Bangkok, cuando la ciudad todavía olía a incienso y especias y vivía todo en la calle, cuando el cemento todavía no había ahogado su esencia, cuando el mercado era de las flores y no de los turistas, cuando el Palacio era real y no del rey del mercadeo y cuando oías el tintineo de las campanillas de los tejados porque estabas en silencio viendo como el Sol hacía brillar los cristales de colores y el dorado de las pagodas.

Recuerdo navegar por el río y andar por las calles sudando el calor del aire del monzón ya pasado y tropezando con puestos de todo mezclado con picante y especias. Miro hacia entonces y veo las sonrisas de los vendedores ambulantes y las prisas sonrientes de los conductores de tuktuks. Noto el olfato saturado de aromas y la vista de ofrendas y de la luz del budismo. Esa tranquilidad que, como el incienso, consume lentamente la vida haciendo que todo parezca apacible.

Pero lo que más recuerdo fue esa tarde de búsqueda y cansancio hasta encontrar un encantador remanso de paz en medio del laberinto de caos y ruido de la ciudad. Una crisálida de madera guardando los susurros de las gotas de agua cayendo en el pequeño patio lleno de palmeras, orquídeas y bambú. Me veo sentada al lado de un té conversando sin noción del tema ni del espacio. Llovía, pero solo se mojaban los sentidos.

En ese instante pensé que hay momentos y lugares perfectos e intocables. Y lo sigo pensando ahora.

Recuerdo unos días, hace mucho tiempo, cuando ese dolor del desconsuelo te toca por la vida, cuando piensas que estás solo y que todo es nada, de esos de tristezas y ausencias irreversibles y de injusticias de la existencia. Esos días en los que todos me abrazaron sin pedirlo y sin molestar y que me cubrieron con caricias de consuelo. Y esos días, muchos, en los que veo almas transparentes y generosas, tristes o felices, pero cercanas y humanas, que ayudan constantemente a los demás.

Cada uno de esos días me hace creer en las personas.

Recuerdo ese día en que dormí a la intemperie, entre el viento del desierto y con las estrellas de lámpara, entre sábanas de aire y noche desnuda y ese día en que, al apagarse el Sol, los árboles pidieron a las luciérnagas que iluminaran la selva. Y esa mañana en que, al levantarme, mi habitación eran las montañas teñidas del naranja del amanecer. Ese momento en que un lemur trepó a mi hombro y me acarició la cara. Ese instante en que notas que el bosque, el aire y el cielo se ponen de acuerdo para cubrirte.

En cada uno de esos días y momentos me enamoré de la Naturaleza. Perdidamente.

Y es que hay lugares, personas y sensaciones de cuya esencia te impregnas la piel y son como un hidratante para tu cuerpo. Te suavizan por dentro.

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8 respuestas a Recuerdo

  1. ¡ Me encantó la conclusión! “Y es que hay lugares, personas y sensaciones de cuya esencia te impregnas la piel y son como un hidratante para tu cuerpo. Te suavizan por dentro.”. Y así es…

  2. Tienes razón, también estuve en Tailandia cuando no era el paraíso turístico que luego fue, ni el lugar donde profanar al inocencia, sino el rincón del mundo donde respirar otros aires. Recuerdo especialmente las sonrisas de sus gentes, su saludo “sawadi”, la ligereza de sus pies, la naturalidad de su cortesía… Recuerdo su serenidad, su calma.
    Gracias por hacérmelos recordar.

  3. Rincones que aportan paz y cuando menos lo esperas, como algunas personitas que sedan tu esencia sin que sepas bien el por qué… Me ha encantado

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