La casa de las ventanas bonitas (5)

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Partes 1, 2, 3 y 4 del relato publicadas los días 11, 13, 18 y 27 de Abril.

Nada más llegar a Bangkok, Ival mandó un email a Marc pidiéndole que le enviara la pintura. Enseguida recibió respuesta aceptando su petición. Se la mandaría ese mismo día.

Nadia, la amiga de Ival era de unas personas dulces, de terciopelo. De esas que suavizan todo lo que tocan y que desprenden calma. Trabajaba en la embajada Austria 

en Bangkok y conoció a Ival cuando éste se encontraba haciendo un reportaje investigación en Chiang Rai sobre las tribus que habitan el triángulo del oro, a caballo entre Tailandia, Birmania y Laos. Una zona siempre conflictiva y peligrosa, donde suelen darse secuestros y ataques a los visitantes. De hecho, durante sus investigaciones periodísticas, fue secuestrado el fotógrafo que acompañaba a Ival, amigo suyo desde hacía años y de nacionalidad austriaca. Fue Nadia quien intervino en las negociaciones con los secuestradores, que duraron tres semanas de una angustia enorme, durante las cuales, ayudó muchísimo a Ival. Finalmente, se pagó el rescate y el amigo de Ival fue liberado sano y salvo. Desde entonces, Ival y Nadia han mantenido su amistad. 

Nadia vivía en una antigua y encantadora casa al lado del río, parecida a las que utilizan los ahora escasos pescadores artesanos. Se encontraba en un lugar precioso, rodeado de palmeras, cocoteros, bananeros, árboles de papaya y pequeños arrozales. Al alba, la imagen de los lugareños faenando en el agua con sus inestables canoas y tirando las redes era de lo más bucólico. Era como un oasis en medio de la ciudad. Parecía que estabas en una pequeña aldea  en vez de una de las metrópolis más caóticas y ruidosas de Asia.

Nadia estaba casada con Munrad, el menor de los descendientes de una importante familia de la India dedicada a diversos negocios y que se afincó en Bangkok porque dirigía las actividades de las empresas familiares en Tailandia. Ival apenas lo conocía. Lo había visto solo un par de veces. Nadia le dijo que su esposo regresaba de uno de sus viajes en unos días y pidió a Ival que se quedara hasta entonces. Pensó que sería interesante coincidir con él. Era una persona culta, amante del arte y muy conocedora de la realidad del sudeste asiático. Especialmente de la India.

Tras dos días en la ciudad, Ival recibió la pintura, que se encontraba en perfecto estado y, casi al mismo tiempo llegó Munrad. Era una espléndida tarde de principios de diciembre, tranquila y apacible, de invierno de Asia tras el monzón. Decidieron cenar juntos esa noche.

Eda estaba nerviosa esa mañana, el traductor la había llamado para decirle que había conseguido descifrar las primeras lineas del texto de la tercera pintura. Hablaban de los nietos de Rachid y concretamente de uno de ellos, el problemático R. (Solo se escribe la inicial del nombre), el cual, debido a los constantes enfrentamientos con su abuelo, abandonó la mansión familiar y se trasladó a otra ciudad. El resto del texto era prácticamente  indescifrable. Solo al final se podía leer, ” …  y siguió la estirpe entre lazos invisibles de conocimiento”.

La hoja siguiente del libro al que pertenecía la página había desaparecido y, la que seguía a ésta, sobre la que no había pinturas, narraba la historia de dos de las hijas de Rachid y sus descendientes. No se hablaba de la hija menor, Nedha.

Dado que solo habían pinturas en tres páginas del libro y, posiblemente, en la página desaparecida, decidió el equipo investigar quien podía ser el autor de las mismas. Opinaban que debía ser alguien muy allegado a la familia por la privacidad de los textos que ocupaban. Empezaron por los sirvientes y artistas que frecuentaban la familia, pero ninguno de ellos se dedicó a este tipo de pinturas. Optaron entonces por indagar entre los miembros de la misma y, aunque costó, finalmente, un pariente de avanzada edad al que el cliente preguntó dijo recordar que la esposa de Rachid, Radha solía hacer pinturas en miniatura porque fue educada por una tía suya que vivía en Udaipur. Fue allí donde aprendió la técnica. Dedujeron entonces que las pinturas las había hecho ella y que, con toda posibilidad, la tercera de ellas, así como el texto que cubría, tenía que ver con la marcha de su hija Nedha.

Decidió entonces Eda ir a hablar con ese anciano pariente, que residía en Jaisalmer. Al llegar a la ciudad y ver las havelis, recordó los dibujos que Ival le había enviado de las ventanas de su casa. Bonitas. No podía calificarlas de otra manera. Bonitas. Tenía que explicárselo en su próximo email. Se lo mandaría al llegar al hotel por la noche, tras la entrevista con el familiar de su cliente.

El anciano vivía en una de esas havelis. La recibió en un patio interior de la casa, en el que había una pequeña fuente en el centro y estaba rodeado de una galería con aperturas en forma de arcos engalanados con filigranas de piedra como las que adornan las ventanas de la fachada. Era como un pequeño claustro, con alargadas jardineras bordeando todo su perímetro, de las que brotaban flores en tonos naranjas, amarillos y rojos, todos los del fuego. Era un ser diminuto, menguado físicamente por los años, con un rostro oscuro por el Sol pero con esa claridad típica de la vejez. Le explicó que tenía noventa años y que había conocido a Radha porque era la hermana menor de su padre y solía pasar largos períodos en la casa donde él vivía de pequeño, que era la de la familia. Era precisamente donde se encontraban ahora. La recordaba como una persona triste y melancólica que hablaba a menudo de su hija menor, Nedha, a la que hacía años que no veía. Al preguntarle Eda si sabía que había pasado por Nedha, el anciano le contestó que un día oyó una conversación entre su padre y su tía en la que hablaban de un tal Reyad y una tal Elsa. Decían que Reyah ya no vivía con Radha debido a la intransigencia de su marido Rachid y que Elsa estaba bien, con Nedha, en Londres.

Entonces Eda ató cabos y recordó la inicial “R” del texto de la tercera pintura. Sacó una copia de la misma que llevaba encima y la enseñó a su interlocutor. La cara de sorpresa de éste fue del todo ilustradora. Le dijo, después de respirar profundamente, como cuando revives uno de esos tiernos recuerdos de la infancia, que esa pintura la había hecho su tía Radha durante una de sus estancias en la casa, precisamente, en el período en el que oyó la conversación que le acababa de narrar a Eda. La hizo en dos de las páginas de un libro que siempre llevaba con ella.

Al verla, le dijo que faltaba una mitad en la que creía recordar que había un bosque y un joven. No estaba muy seguro.

Se despidió del anciano y fue al hotel. Le envió un email a Ival adjuntando diversas fotos que había hecho de las havelis y también de la pintura, haciéndole un resumen de todas las peripecias sobre la misma. Quería compartirlo con él.

Ival había quedado para cenar a las siete de la tarde. Fue una agradable velada. No podía ser de otra manera teniendo en cuenta el talante de Nadia y también el de su esposo que resultó ser un sabio, de esos a los que no te cansas de escuchar. Acabaron tomando un coñac en el porche y hablando de arte. Fue entonces cuando Ival le habló a Munrad de su pintura. Él le dijo que le encantaban esas obras y que su familia poseía una pequeña colección de ellas desde hacía generaciones. Entonces Ival decidió enseñársela. El cambio que sufrió el rostro del anfitrión al verla fue tan espectacular como indescriptible. Se quedó sin habla, se levantó exaltado y, pidiendo disculpas, les dijo que debía hacer una llamada urgente a su hermano mayor y entró al salón. Nadia e Ival se quedaron estupefactos, a la espera del regreso y una explicación de Munrad. La expectación duró unos interminables quince minutos, pasados los cuales apareció en el porche y le suplicó a Ival que fuera con él a Delhi y se llevara la pintura. Con toda posibilidad serviría para descifrar un importante enigma en la historia de su familia. Si le parecía, cogerían el primer vuelo del día siguiente hacia la India. Se lo explicaría todo su hermano al llegar. Ival, aunque sorprendido por lo inesperado de los acontecimientos, aceptó ir. En el fondo, estaba de lo más intrigado por todo lo sucedido. Decidieron después de ello retirarse a descansar, puesto que el vuelo que acababa de reservar Munrad salía a las seis y media de la mañana.

Al llegar a la habitación decidió enviar un email a Eda para informarle de que iba hacia Delhi. Justo cuando entró en su correo, vio el email de Eda con los archivos adjuntos. Al abrir la foto de la pintura lo comprendió todo y nada. Aunque era real, era tan inesperado que resultaba increíble. La pintura sobre la que trabajaba Eda y la suya eran dos mitades de una única obra. Increíble.Debido a la inquietud, decidió solo decirle que se dirigía a Delhi y que tenía algo muy importante que explicarle.

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5 respuestas a La casa de las ventanas bonitas (5)

  1. plumayluz dijo:

    Aún no lo he empezado a leer y ya estoy nervioso por saber qué les habrá pasado en este capítulo a nuestros amigos Eda e Ival… Pero seguro que serán emocionantes aventuras o tranquilas charlas sentados en algún exótico café…

    ¡A ello voy, ya te diré…!

  2. plumayluz dijo:

    Ufff, no sé si podré esperar hasta mañana para leer la parte 6, ¿porque la escribirás esta noche, no…?
    Esto es lo que yo esperaba, esta intriga por los giros inesperados de la historia que poco a poco se enreda y enreda a su vez a los protagonistas…
    ¡Bravo! pero necesitamos ya la siguiente pista…

    ¡Enhorabuena!

    • desluzia dijo:

      Gracias por tu comentario. No he escrito la parte 6, pero estoy en ello. Me alegro de que te guste el relato.
      Aprovecho para felicitarte por tu blog, una genial combinación entre imágenes y letras. Pluma y luz.
      Un saludo y gracias por leerme.

  3. extraña coincidencia sin duda…

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