Un lugar como una persona

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Hay un lugar que es, para mí, como una persona. Es un pequeño tesoro en medio del mar cuyo encanto está en su interior a pesar de estar rodeado de hermosas playas.

Aunque muchos la visitan por su costa, su esplendor está en su corazón, donde la Naturaleza, junto con la delicada mano del hombre han creado uno de los paisajes más bellos, apacibles y extraordinarios que he visto.

Tiene el color de la selva tras la lluvia y lo forman pequeñas montañas con laderas escalonadas cuyos peldaños son terrazas en las que se deposita el agua. Son como lagos donde se bañan las plantas de arroz cuyos tallos sobresalen, a veces, a la superficie como queriendo respirar. Es como una sabana húmeda de un intenso verde cuyo fondo es un espejo.

Alrededor de los arrozales crecen altos y esbeltos cocoteros, junto con palmeras y bananeros que se abren como ramos de hojas. Plumeros elegantes que se miran y dibujan en el agua junto al cielo y las formas de las nubes.

Al atardecer, los cristales líquidos de las terrazas se tiñen del naranja y morado del cielo y los árboles se tornan negros como sombras chinas movidas por la brisa e iluminadas a contraluz por el Sol que se va.

A veces, si tienes suerte, ves a algún campesino ataviado con el atuendo y gorro tradicional faenando solo o con los bueyes de agua o cargando con los canastos colgados cada uno en la punta de un palo que sujeta en sus hombros, como los que salen en los estampados de las sedas de oriente.

Entonces, te sientas y simplemente contemplas la escena agradeciendo poder contemplar tanta belleza.

No suele haber gente ni ruido, solo el sonido del atardecer y el de tus pensamientos. Es como el silencio de la sala justo antes de empezar un concierto. El del espectador ante lo que admira.

Pero no solo hay en la isla belleza natural. Otra de las cosas que la hace especial es su omnipresente espiritualidad. Es un oasis de animismo mezclado con hinduismo en una zona donde predomina el islam. Allí todo se vive, se respira y se mueve alrededor de los dioses. Hay ofrendas de flores, frutas y comida por doquier. En las aceras, en los pequeños altares que están en cada casa y en cada rincón, en las cabezas de los lugareños que, de repente, te encuentras caminando en una fila de vivos e incontables colores que van en peregrinación hacia alguna ceremonia dibujando una serpentina de arco iris, en las carreteras y en sus innumerables y bellos templos, todos a la intemperie, como respirando fe. Llenos de vida, de pareos y de sonrisas.

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La sonrisa, otra de las sorpresas de este paraíso. Parece como si, al nacer, les colocaran una en el rostro a todos sus habitantes y ya no la perdieran jamás. No recuerdo a nadie, a nadie con quien me haya encontrado o cruzado allí que no me haya recibido sonriendo.

Supongo que hay muchos sitios acogedores en el mundo, pero cuesta, para mí, superar la sensación de bienvenida y acogimiento que siente uno en Bali. 

Recuerdo un día que compramos, en un puesto que una anciana tenía junto a la carretera, un recipiente de mimbre que nosotros creíamos un sombrero. Al ponérnoslo en la cabeza, la señora empezó a reírse a carcajadas, junto con la gente que pasaba por el lugar, No eran risas de escarnio, sino de simpatía. Resultó que nos habíamos puesto como gorro lo que aquí equivaldría a una olla. Acabamos todos sonriendo y la señora nos cocinó algo en ella. Los balineses son así. Fue un espléndido momento, de esos por los que vale la pena viajar, de esos de personas. Un gran momento.

Y alguien, en algún momento, fundó Ubud y lo llenó de artistas, de pinturas, esculturas, telas y tallas exquisitas, de esas que solo se hacen con la paciencia y delicadeza tan características de Asia. Caminas por sus calles entre artesanos de la madera, de la piedra, de la pintura, del tejido, de las flores …  Entre tiendas y puestos que son como galerías de arte sin paredes, a la intemperie, en los que puedes pasarte horas curioseando, hablando y negociando lo innegociable con su dueño solo por el placer de hacerlo o, simplemente, para admirar como trabaja y lo que crea. Y, a veces, muchas, encuentras verdaderas joyas escondidas entre montones de artículos. Todo un placer para los sentidos.

Es tierra de danzas ancestrales, de Barong, de flores en el pelo y en todo los sitios, de aromas, de todo lo vistoso, de batik, de mimbre y madera, de tejados con encanto, de todo a la intemperie, de volcanes y arroz, de lo exótico hecho cotidianidad.

Bali es así, tan lejana y tan cercana, tan diferente y única, tan bonita por dentro como por fuera, tan abierta y tan esencial. Es naturaleza, color y vida entre el agua del mar y el agua de su interior. Es así, como todas las personas. Un mundo. Un universo en sí misma. Una maravilla por explorar y descubrir, como una persona.

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7 respuestas a Un lugar como una persona

  1. Si sabes vivirla Bali es una fuente inagotable de espiritualidad aunque algunos sólo vean sexo, alcohol y fiestas…, un saludo.

  2. alfredhiedra dijo:

    Suscribo todas y cada una de tus palabras. Fui para un mes y volví por otro, y luego por otro… A veces, a miles de kilómetros, cuando el silencio impera a mi alrededor y dentro de mi mente, me parece oír el mantra tintineante del gamelan y, entonces mis ojos entornados, mis labios y mi corazón dibujan las sonrisas que que sólo allí encontré. Feliz noche.

  3. marimbeta2614 dijo:

    Me sentí en el paraíso. Gracias por describirlo con amor. Un saludo.

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