Elementos

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En esa hora de sosiego y de descanso de todo, se quitó el albornoz de la prisa poniéndose la piel no hacer nada y tomó su baño cálido. Se sumergió y empezó a bucear. Entonces se convirtió en tierra y después arena y después en esa harina blanca tamizada de los desiertos con lagos de agua que parecen sábanas de luz, la del silicio tocando al mar, la del coral derretido. Pesaba tan poco que acabó convirtiéndose en aire, de ese suave, como el de la sabana en la época seca que mece la maleza y hace navegar a los animales en un mar amarillo con islas llenas de acacias, el  mismo que mece los juncos y futuros pergaminos del Nilo y hace patinar en sus aguas a las falucas. El Sol, ese de la cima de las pirámides, el que brilla con Karnak y el que acompaña a Luxor, a Horus en Edfú y a la sumergida Filé, lo transformó en fuego, en llama, en una de esas pequeñas antorchas de aceite e incienso que alumbraban los jardines de los palacios de oriente, los del imperio de la pasión que hacían perder los sentidos, esas cuya luz hacía que las flores, los puentes, el bambú, los pájaros y las concubinas parecieran salidas de los dibujos estampados en la seda de sus kimonos, como abanicos traslúcidos tras biombos de delicadeza.

Al alba, las gotas de la aurora apagaron la lumbre y se volvió agua descendiendo por un río de tinta, salvando rápidos y espacios calmos reflejando la intemperie. A través de montañas de párrafos llegó a un estanque lleno de vida, de hojas flotando en las que se posaban libélulas que, de noche, iluminaban el agua con relatos de aventuras. En una de esas hojas llegó hasta la orilla y el viento lo elevó hasta la copa de un árbol que, al tocarlo, lo convirtió en madera, de esa aromática. Sándalo perfumando la brisa de un bosque rodeado de elfos, gnomos y criaturas de cuento. Notó entonces el tacto exquisito de un suave metal, como el de los viejos balcones de una mansión antigua, el de la forja de Gaudí o el de esa bicicleta de ruedas descompasadas. Era como un masaje que relajaba y, a la vez, estimulante, que le hacía pensar, escuchar, soñar y hablar. Se miró en el espejo del estanque y vio que su madera se había transformado en papel y que el metal era una pluma escribiendo. Entonces, dejó de nadar y salió de su baño de letras. Ese día, la imaginación lo había convertido en los cinco elementos.

Bañarte en letras es bucear en el ingenio y pensamiento de quien las ha escrito. Es navegar por un universo sin necesidad de otra nave que la de tu imaginación.

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8 respuestas a Elementos

  1. rosalia69 dijo:

    Que alegria abrir el correo y ver que publicaste.
    Un verdadero placer leerte

  2. Muy evocador. Saludos.

  3. Chestersoc dijo:

    Muy bonito, muy original, enhorabuena

    • desluzia dijo:

      Muchas gracias. Te felicito de nuevo por los artículos que publicas. Por su contenido y por la difusión que haces de los textos que comentas. Felicidades y gracias por tu comentario.

  4. plumayluz dijo:

    ¡Evocador! Como si estuviera dentro de la historia. Aún me estoy secando el agua con la toalla…

    Abrazos.

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