La Lumbre del Sabor (1)

LUMBRE

 

La Lumbre del Sabor era un pequeño restaurante del barrio del Trastevere. Estaba en una antigua casa situada en una esquina del laberinto de calles que rodean la Plaza de Santa María. Tenía la fachada de color marfil que se había transformado casi en ocre por el paso del tiempo. Como en muchas de las casas del barrio, las paredes estaban adornadas por la hiedra y las enredaderas que, en primavera, se pintaban de jazmín y buganvilla. Se entraba por una puerta con el marco en forma de arco encima del cual estaba pintado el nombre del lugar y el año en que fue fundado.

Desde hacía generaciones, el restaurante había pertenecido a la familia Mandi, ocupándose entonces de él Miguel Mandi y su esposa María.

El restaurante ocupaba la planta baja del edificio. Las paredes del comedor eran de piedra y presidía una de ellas una vieja chimenea del mismo material de la pared, que tenía forma de cono y una repisa de madera de olivo. En sus inicios, allí era donde se cocinaba. De ahí viene el nombre. La lumbre del sabor.

Miguel y María tenían un hijo, Bruno, con el que vivían en la planta superior de la casa. Bruno dormía en la buhardilla, inicialmente destinada a desván, que sus padres habían habilitado como dormitorio para poder arrendar las habitaciones de la planta inferior a algunos huéspedes.

Desde hacía algunas semanas, residía en una de las habitaciones Don Elías, que solía ir a comer cada día al restaurante, salvo los domingos y los lunes. Iba siempre con uno o varios libros y con una libreta en la que tomaba notas. A veces, llevaba láminas de cuadros en pequeño formato y alternaba su observación con la escritura  y la consulta de sus libros. Debía tener unos 80 años o más. Era alto y enjuto, con un escaso pelo blanco y unos ojos de esos que desprenden curiosidad, pequeños pero grandes y de una tranquilidad inquietante, ayudados por unas gafas redondas de esas que, para colocártelas, tienes que acariciarte la parte trasera de las orejas porque el metal de ambas varillas es flexible. Solía llevar siempre camisas de color blanco con los dos últimos botones desabrochados y un pañuelo anudado al cuello como haciendo de corbata informal, de fondo azul oscuro y con un estampado de tréboles de cuatro hojas de color blanco. Solía sentarse en la mesa que estaba al lado de la chimenea y, después de comer, se tomaba un té de rosas.

María se encargaba de la cocina y Miguel de atender la pensión y los clientes del restaurante. Les ayudaba Valeria, una napolitana de aspecto y carácter rollizo. Entrañable y mamma. Cariñosa y gritona. Una auténtica mamma. Estaba casada con el dueño de la herrería que estaba enfrente del restaurante y tenía dos hijos que no eran tan entrañables como ella.

Siempre recordará Bruno ese día en que, cuando tenía diez años y regresando de la visita al Museo del Vaticano que había realizado con la escuela, entró entusiasmado en el restaurante. Era la hora del almuerzo. Corrió hacia su padre, que estaba en el mostrador, y le dijo:

 “He visto un lugar donde entras en un cuadro”.

Su padre, al oírlo, no le hizo mucho caso. Se limitó a sonreir y le dijo que se alegraba de que le hubiera gustado la excursión. Entonces, siguió con su trabajo. Aunque el niño insistía en explicarle su extraordinaria experiencia, el padre, concentrado en su tarea, no lo escuchó y pidió a la cocina la sopa de cebolla que faltaba para la mesa cinco.

Fue entonces cuando Don Elías llamó al niño y le dijo:

“¿Puedes explicarme a mí qué es lo que te ha pasado?”.

Bruno se acercó a él y dijo:

“Estaba mirando un cuadro en el que hay una estancia grande y, en la entrada, junto a unas escaleras, se veían muchos hombres vestidos con túnicas. Creo que había alguna mujer.

Uno de ellos, con una gran barba blanca, me llamó y me dijo que me acercara. Creía que me hablaba alguien de la sala, pero me giré y vi que estaba solo. Los demás habían continuado hacia la habitación contigua. Entonces, avancé hacía el cuadro y, cuando casi tocaba la pared, se abrió una puerta y entré. Dentro olía a pintura y a ese aroma que tienen las sales que madre me pone en la bañera cada domingo cuando me baño antes de ir a la iglesia. Los hombres hablaban entre ellos y alguno me miraba. 

El Señor de la barba bajó las escaleras y me preguntó el nombre. “Bruno”, le dije. “Yo soy Platón, pero algunos me llaman Leonardo. Puedes venir cuando quieras”, me contestó.

Me dio un papel, subió las escaleras y regresó al lugar donde estaba. Antes de salir, un  hombre que estaba sentado en ellas, me dijo “Te pintaré”.

Entonces salí”.

El anciano buscó entre sus papeles y le mostró a Bruno la lámina de una pintura.

“Es éste el cuadro en el que entraste”, le preguntó.

“Sí, éste es”, contestó.

“Se llama La escuela de Atenas y su autor es Rafael Sanzio, un gran maestro. Lo pintó hace unos quinientos años”.

Entonces, el niño sacó un pergamino del bolsillo de su abrigo y se lo mostró al anciano.

“Este es el papel que me dieron. Hay algo escrito en un idioma que desconozco. ¿Usted lo entiende?”.

“Gracias por contemplar con el sentimiento”. Este era el significado del texto que aparecía en el pergamino, dijo Don Elías.

A mí también me lo dieron la primera vez que entré en un cuadro.

“¿Usted también ha entrado en un cuadro?”, preguntó el niño.

“Sí hijo. Lo hago desde que tenía más o menos tu edad”.

“Mi padre era repartidor de diferentes productos de los que abastecía al Vaticano y, por ello, podía entrar en el museo. A pesar que apenas tenía conocimientos sobre arte puesto que empezó a trabajar desde niño, le gustaba ver las pinturas y esculturas y, si el trabajo y los vigilantes se lo permitían, andaba por las salas contemplándolas. También compraba libros e intentaba que algún empleado del museo le explicará algo sobre lo que veía.

Cada vez que tenía la ocasión de hacerlo, lo comentaba en casa. Nos intentaba explicar lo que sentía.

En casa vivíamos ocho personas: papá, mamá, mis cuatro hermanos, mi abuela paterna y yo, que era el pequeño. Mi madre se dedicaba a lavar ropa de algunas pensiones y de algunas familias. Mis hermanos realizaban los trabajos que iban encontrando. Yo era él único que todavía iba a la escuela.

En realidad, cuando mi padre nos hablaba de lo que veía en el Vaticano, el único que mostraba interés era yo. Mi madre siempre estaba enfrascada en las tareas domésticas o en su trabajo. Mis hermanos estaban interesados en otros quehaceres, como sus propios trabajos, sus amigos y alguna que otra jovencita que llenaba sus cabezas de pensamientos y sus tardes de besos escondidos y esa ternura de los primeros amores. Mi abuela aparentemente se mantenía al margen.

Siempre me había gustado dibujar y mirar las ilustraciones de los libros sobre pintura que, de vez en cuando, mi padre compraba de segunda mano en algunas librerías o puestos de algún mercado callejero y que guardaba en el armario de su dormitorio. 

Muchas veces, mis hermanos mayores acompañaban a mi padre para ayudarlo en el reparto. 

Un día en que ninguno de ellos pudo hacerlo, decidió llevarme con él.

Como sabía que me gustaban las pinturas, me llevó a ver las estancias del Vaticano.

Recuerdo ese día como si fuera hoy mismo, a pesar de haber transcurrido más de setenta años. No puedo describir lo que sentí al ver todas esas maravillas. Hasta entonces, solo había visto algunas obras en los libros. Eran enormes y brillantes, con personajes, paisajes, cielos, rostros, manos extendidas, escenas de belleza, de sufrimiento, de amor, luchas, abrazos, sentimientos, escenas bíblicas y cotidianas, madonas con sus hijos, sabios, escenas clásicas, naturaleza, animales y todo lo que yo nunca había podido imaginar que se podía expresar con un pincel. Cubrían techos altísimos, cúpulas, bóvedas, puertas y paredes. Era como haber entrado en una crisálida llena de maestría. 

Debo agradecer a mi padre muchísimas, muchísimas cosas y una de las más importantes para mí, a parte de haberme dado la vida, fue ese día que condicionó mi existencia para siempre.

Al entrar en la estancia donde se encuentra “La escuela de Atenas”, a mi padre se le iluminó el rostro y entonces me explicó lo que sabía del cuadro.

De repente, alguien lo llamó en relación con algo del trabajo. Salió un momento y me dejó solo en la sala. Todo naturalmente con el permiso del vigilante del museo.

Fue entonces cuando me pasó lo mismo que a ti te ha pasado hoy.

Desde ese día mi vida cambió, como puede hacerlo la tuya si lo deseas. Por eso estoy aquí. Te han elegido para formar parte de los nuestros …”

Bruno, sorprendido, le preguntó a Don Elías:

“¿Los nuestros?. ¿Quienes sois?”.

“Te lo explicaré, pero antes tienes que venir un día al Museo del Vaticano y ver el cuadro conmigo”. “¿Aceptas?.

Bruno asintió.

Entonces, el anciano le dijo que debía mantener la conversación en secreto y no contarle a nadie lo que habían hablado. “Esa es la única condición que te ponemos”.

El niño aceptó. Irían al Vaticano al día siguiente.

…………..

 

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2 respuestas a La Lumbre del Sabor (1)

  1. plumayluz dijo:

    …Bueno, bueno, bueno… Este Bruno y Don Elías creo que van a dar mucho juego. Y yo me alegro de ello, por la parte que me toca, la de lector…
    Promete esta nueva novela que nos descubres, amiga Deslizia. El sitio, restaurante con habitaciones que seguro que da mucho juego por la gente que viene y va; los personajes, con ese Don Elías tan misterioso, Bruno con ese asombroso hallazgo que, a buen seguro, le cambiará su vida… En fin, que creo que esto promete, que ya me he quedado con ganas de saber más, de ver (porque lo que escribes es como si lo estuviera viendo de lo bien redactado y explicado que está) que es lo próximo que le acontece a este chiquillo y a esos cuadros…
    Pero como siempre tendremos que esperar, aunque te suplico que no sea demasiado tiempo, para poder ponerle otro capítulo, añadirle otro leño, a La Lumbre del Sabor.
    ¡Perfecto…!
    Un abrazo

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