La Lumbre del Sabor (2)

 

La habitación de Bruno tenía el suelo y el techo de la madera esa que cruje, esa que te habla cuando la tocas, la de las casas antiguas.

Todas la viejas casas tienen su lenguaje. te hablan: El silbido del porche cuando hace viento, el tam-tam de esa puerta que no cierra bien, el xilófono del tejado del patio cuando llueve, el de violonchelo de la baranda metálica de la terraza, el sonido del desván como si se estirara, esa especie de queja de la bisagra de los armarios, la imitación del sonido del reloj de la persiana de madera del balcón al moverse con la brisa o la voz de blues de las antiguas cañerías mezclado con el gospel de la bañera al vaciarse.

Tenía una ventana de doble hoja desde la que se veía el terrado donde Valeria tendía la ropa y hacía navegar el blanco de las sábanas y su descanso.

A veces, la observaba Bruno al alba, sentada en la baranda baja de piedra, fumándose tranquilamente un cigarrillo mojado con un sorbo del vino dulce de una pequeña botella de cristal con un tapón de corcho que siempre llevaba en uno de los bolsillos de su delantal.

A esa hora, los primeros rayos de Sol apuntaban hacia el cabezal de la cama y la pared en la que éste se apoyaba como si fueran los focos de un escenario. Si estaba despierto, Bruno jugaba con ellos a hacer sombras dibujadas en la pared con las manos.

Oyó la voz de su madre desde la escalera y supo que eran las siete y media. Aunque muchas veces ya estaba despierto, dejaba que María lo llamara. Para él era el primer beso de buenos días.

Ese noche apenas había dormido pensando en su conversación con Don Elías. Irían al museo a las cuatro de la tarde, tras haber salido Bruno de la escuela y haber comido ambos en el restaurante. Estaba intrigadísimo.

A la hora en punto, Don Elías se levantó de la mesa e hizo una señal a Bruno para irse. Iba vestido como siempre y llevaba una carpeta y su cartera grande de cuero viejo.

Partieron ambos y, en el camino al museo, pasaron por la Plaza de San Pedro. Allí, el anciano dijo: ¿Sabes?, este sitio es un abrazo de columnas. Si la vieras desde arriba, podrías observar que estas grandes columnas forman como dos grandes brazos que rodean a los que están en la plaza. Existe una muy parecida en un lugar llamado Gerasa. Es más antigua que ésta y quien la construyó también quería abrazar con las columnas. Algún día te explicaré algo sobre quien las ideó.

Entonces Bruno no entendió nada, pero años después lo entendería todo.

Entraron en el museo y Don Elías lo guió hasta la Capilla Sixtina.

Es mejor que empecemos rodeados de Miguel Ángel, comentó. A estas horas no habrá mucha gente.

Al entrar, Bruno se quedó boquiabierto. No había entrado nunca puesto que el día de la visita con el colegio estaba cerrada por no se qué motivo. Se quedó de pie en el centro, primero mirando a los lados y finalmente se quedó mirando la zona del frente. Entonces el anciano, que se quedó ligeramente rezagado en una esquina le dijo: Mira al techo, anda, mira al techo.

Lo que sintió al verlo por primera vez no se le olvidaría jamás a Bruno. Miró todas las figuras, todos los fondos, las túnicas, los desnudos, las caras y expresiones. Dio vueltas  mirando hacia arriba hasta casi marearse. Entonces, Don Elías fue hacia a él. Se sentaron en el banco de mármol que hay junto a la pared y le dijo. Por eso puedes venir con nosotros, por eso. Yo hice lo mismo cuando mi maestro me trajo la primera vez aquí.

Es como estar dentro de un cuadro. Te toca. Eso es lo que he sentido. No sé lo que significa lo que está pintado, pero lo siento. No sé como explicarlo, le dijo el niño.

Lo sé, a mí me pasó lo mismo el primer día que lo vi y todas las veces que veo un cuadro de un maestro o veo una escultura o leo un libro. Creo que a ti te pasará lo mismo porque tienes esa sensibilidad, afirmó Don Elías.

Entonces, el anciano abrió su carpeta y sacó la lámina que representaba la “Escuela de Atenas”.

Empezaremos por Platón. Fue quien te habló ¿Sabes quien es?.

No, contestó el niño.

Platón vivió hace muchísimos años en la antigua Grecia, donde se admiraba la belleza y el conocimiento. Era un sabio, un filósofo, un pensador, pero, ante todo, un gran maestro. Dedicó su vida a adquirir y transmitir sus conocimientos, a la educación.

Será él quien hoy te explique lo que vas a hacer.

Bruno asintió.

Fueron hacia donde se encontraba el cuadro y entraron. Platón se acercó a ellos y le dijo a Bruno: Bienvenido.

Le entregó una carpeta llena de láminas de pinturas, unos cuantos libros, una libreta y un lápiz.

Es el material para tu aprendizaje, afirmó.

Después, le dió un pequeño saco con unas semillas.

Plántalas y, conforme vayas aprendiendo, crecerán contigo y, a la vez, dentro de ti.

Elías será tu guía. Irás conociendo a tus maestros en su compañía. 

Ahora podéis iros.

Salieron del cuadro y, ya en la calle, Don Elías le dijo: Debes guardar bien todo lo que te han dado. Debajo de tu cama hay una madera del suelo que se puede levantar. Escóndelo allí. Mañana, cuando venga a comer, te diré donde iremos.

Bruno asintió. regresaron a casa.

Al subir a su habitación, se dirigió a las maderas del suelo. Efectivamente, había una que se movía. La levantó. Había un hueco lo suficientemente grande para guardar lo que le habían dado.

Lo guardó cuidadosamente, pero antes contempló la lámina de la Escuela de Atenas, ojeó  los libros y tuvo la necesidad de escribir en la libreta su primera frase. Quiero aprender, puso.

………..

http://www.vatican.va/various/cappelle/sistina_vr/index.html

 

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4 respuestas a La Lumbre del Sabor (2)

  1. plumayluz dijo:

    Ya estoy deseando leer el siguiente capítulo, Desluzia.
    Tiene una pinta estupenda. Creo que se avecinan unas experiencias inimaginables.
    ¡Muy bueno!
    Un abrazo

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