La Lumbre del Sabor (4)

TRASTEVERE1

 

Bruno iba andando a la escuela. Estaba en una villa muy cerca del río. Era de color rosa pálido. Tenía dos plantas y grandes ventanas que hacían de estampado de la fachada, adornadas con un marco de color arena.

Estaba rodeada de un jardín y se accedía a la entrada a través de un camino a cuyos lados había una hilera de almendros que se iban intercalando con bancos en los que se sentaban los niños en las horas en que no tenían clase. Otros jugaban en los patios situados justo al lado o en los columpios que había en uno de ellos, justo debajo de un pequeño robledal.

En la parte trasera de la villa había una glorieta de esas en las que te imaginas a unos músicos tocando en una mañana de domingo y al público paseando en esos tiempos de sombreros de copa, trajes largos, sombrillas de ganchillo, de niñas con tirabuzones y coches de caballos. Estaba rodeada de varios pinos y tres grandes abetos.

Al lado, había un pequeño invernadero donde Don Gimeno, el conserje, cultivaba orégano, tomillo, hinojo, albahaca y romero, Doña Amalia, su esposa, orquídeas y Don Carlo, uno de los profesores de la escuela, cuidaba sus plantas medicinales.

Tanto el invernadero como la glorieta eran de color blanco y de madera tallada en las cornisas de los respectivos tejados.

En febrero y marzo, la entrada de la escuela se llenaba del blanco de las flores de los árboles. A finales de agosto, Doña Amalia recogía las almendras y las ponía en dos grandes recipientes con agua. Después, las dejaba secar al Sol en la terraza que había en fachada que daba a la parte posterior de la finca, donde daban las estancias en las que ésta vivía con su esposo y sus tres hijas, de quince, doce y diez años de edad.

Era una mujer más bien delgada, con el pelo rojizo y la piel blanca. Tenía unos labios finos y una nariz respingona bajo unos ojos del color del ámbar, colocados en una cara menuda que reposaba sobre un cuello largo y unos hombros simétricos.,

Gimeno, su esposo, era de esas personas que lo saben hacer casi todo. A parte de sus tareas de conserje, se ocupaba prácticamente él solo del mantenimiento de la escuela. Siempre lo veías haciendo algún tipo de trabajo en el edificio, en los patios, en el invernadero o en el jardín. Era alto y recio, con escaso pelo y una gran personalidad, simpático y eficiente. En sus brazos y manos se marcaban los músculos del esfuerzo físico durante años. Su piel blanca se había teñido del tostado de laborar bajo el Sol.

Amalia y Gimeno se habían criado en una pequeña aldea de la Toscana. Provenían de familias de agricultores. Se habían trasladado a Roma cuando el anterior conserje del colegio y tío de Don Gimeno, se jubiló y sus niñas eran muy pequeñas.

En invierno, Amalia, ayudada casi siempre por sus hijas, hacía pasteles y dulces de almendra que repartía después entre los niños de la escuela a la hora del desayuno o la merienda. Los solía elaborar en la cocina del colegio. La estancia era grande y amplia, con dos grandes ventanales que daban a la terraza de la fachada trasera de la villa por donde entraba el Sol a media mañana. Tenía una gran mesa en el centro de color crema que se utilizaba a modo de obrador, antigua y con cajones que se abrían con tiradores de cobre, igual que los armarios que ocupaban parte de la pared. Encima y desde un soporte anclado en el techo, colgaban los cacharros de cocina.

A Bruno le recordaba esa escena de Amalia con sus hijas a de él, en la cocina del restaurante, ayudando a su madre y a Valeria a preparar los melocotones para cocerlos y preparar mermelada. Siempre reservaban unos pocos, que troceaban y hervían con un poco de azúcar y vainilla y les añadían una pizca de vino dulce. Después, solían sentarse los tres con su padre y, a veces, con sus tíos y lo tomaban con un poco de bizcocho o pan tostado.

Don Gimeno abría las puertas de la escuela cada mañana a las nueve menos cuarto. Al acceder, había un patio rodeado de una galería desde la que se entraba a las aulas, a la zona de administración y a la vivienda del conserje y su familia.

En medio del patio había una fuente con un surtidor de agua rodeada de un jardín y en cada una de sus cuatro esquinas, había una columna..

Las clases se distribuían entre las dos plantas. En la de abajo, se encontraban las de los primeros cursos. El aula de Bruno estaba en la planta superior. Su pupitre era el cuarto desde la pizarra. Su compañero de mesa y de infancia era Paolo, el hijo de los dueños de una pequeña librería que estaba al lado de la escuela. Los niños solían pasarse tardes enteras allí ojeando libros, cuentos y revistas. Era listo, amable y ágil, mental y físicamente. Muchos días hacían los deberes del colegio juntos. Lo que más les gustaba era corretear juntos por las calles del barrio y sentarse en el borde del río con las piernas colgando al aire en su rincón preferido, junto a uno de los puentes, al lado de un viejo árbol. En el muro había un hueco donde los niños escondían sus pequeños tesoros en una caja de metal que ocultaban tapando el agujero con una de las piedras del muro que se movían. Allí guardaban sus cuentos favoritos, las canicas para jugar en el suelo y todas esas cosas de infancia que no valen nada pero que, cuando eres niño, lo valen todo. También solían sentarse en las escaleras de la plaza que estaba junto a la casa de Paolo y frente a la escuela, contemplando la tarde y respirando la niñez. Algunas mañanas Bruno salía antes de casa y desayunaba por el camino para encontrarse con Paolo e ir allí a jugar a la pelota hasta la hora de ir a clase.

A Bruno le gustaba ir a la escuela. No tenía una asignatura preferida, pero le encantaban las clases de Don Carlo. Era un anciano tranquilo, bohemio, sabio y con un ordenado desorden. Tenía el pelo blanco, la cara redonda, algunas arrugas, unos profundos ojos marrones con unas largas pestañas y unas cejas más que prominentes. Llevaba unas gafas que se iba poniendo y quitando conforme impartía sus lecciones de botánica e historia. No solía seguir los libros de texto. Sabías el tema del día en el momento de empezar la lección. Lo escribía en la pizarra o traía diapositivas o cualquier otro material para seguir sus explicaciones. Mientras daba la clase, iba andando entre los pupitres con las manos cruzadas en la espalda. Solía llevar un chaleco en cuyo bolsillo guardaba un viejo reloj que iba consultando de forma intermitente. A veces, se quedaba mirando por la ventana, como ensimismado y luego continuaba. 

Al salir del colegio y de camino a casa, muchas veces iba al “Café de Algodón”, que regentaban sus tíos, Enrico y Emilia. En la entrada, había un cartel de madera encima de la puerta con el nombre del lugar y, a los lados, dos farolillos de color marrón oscuro, los cristales amarillos y un sombrero en forma de pirámide. También había una pizarra colgada a uno de los lados donde estaba apuntado el desayuno o merienda del día. Cubría la fachada una enredadera y un jazmín que trepaban hasta casi el tejado.

Fuera había dos mesas redondas con sillas de metal y con un mantel a cuadros rojos y bancos. Encima, Emilia siempre colocaba un jarrón con unas cuantas flores junto con un servilletero que, a la vez, hacía de soporte para la carta. Al lado, había dos jardineras plantadas con geranios.

Emilia era bajita y risueña, extremadamente activa. Siempre estaba haciendo alguna cosa. Raras veces la había visto Bruno sentada. Llevaba el pelo recogido en un moño y andaba de arriba a abajo por el Café, con las mangas remangadas y un delantal blanco de algodón con puntillas en los bordes.

Enrico era hermano de la madre de Bruno. Una persona tranquila y afable. Era alto y grande, con un pelo negro brillante, unas manos gigantes y con una desgarbada y enorme ternura. A Bruno le gustaba ir con él los sábados al mercado a comprar productos para el café. Solían ir a los puestos de la Plaza de San Cosimato a primera hora de la mañana.

Le pusieron ese nombre al lugar porque un cliente, al poco de abrir, comentó que la espuma de la nata que ponían al café parecía algodón. Los propietarios, que estaban buscando un nombre para la cafetería, optaron entonces por llamarlo “Café de Algodón”.

Cuando Bruno iba a visitarlos, sus tíos siempre le daban un poco de Panna Cotta con mermelada de arándanos. A él le gustaba comerla con ellos en la cocina, junto a los fogones, viendo como preparaban los pedidos de los clientes. Solía pedirles un poco más para llevársela a sus padres y a Valeria. Sus tíos la preparaban dentro de un tarro de loza para llevar que Bruno metía con cuidado dentro de su mochila. Al llegar al restaurante, la sonrisa de ellos al verlo con el regalo iluminaba la tarde y la cara del niño. A veces, iba al Café desde su casa, caminando al lado del río y les llevaba alguno de los platos que preparaban en el restaurante.

Era jueves. Al volver de la escuela, le estaba esperando Don Elías, que, al verlo llegar, le preguntó si podría pasar el próximo sábado con él. Bruno, tras consultarlo con sus padres, le contestó que sí.

Hasta el sábado. Pasaré a buscarte a las nueve de la mañana”. Afirmó.

El sábado, a la hora convenida, Don Elías pasó a recogerlo y le comentó: “Hoy pasearemos por las calles del Trastevere”.

Primero fueron a la Plaza de San Cosimato, donde visitaron la iglesia y el patio del Hospital de Santa Margarita. El niño escuchaba a Don Elías mientras hablaba todo lo que iban visitando y, cuando empezó a hacerlo sobre el mercando, Bruno le comentó que algunos sábados acudía a esa plaza con su tío Enrico a comprar y que le oía conversar con los vendedores utilizando expresiones que, a veces, no entendía. Entonces Don Elías le dijo que seguramente era un dialecto que todavía hablaban algunos habitantes de Roma y, mostrando interés en el tema, le preguntó si podía conocer a su tío.

Bruno le contestó que, si lo deseaba, podían ir al Café de Algodón, donde solía estar todas las tardes. Decidieron entonces ir ese mismo día a merendar allí.

Fueron también a la Basílica de Santa María. Bruno escuchaba las explicaciones de Don Elías mientras recordaba la primera vez que visitó la iglesia con sus padres y sus tíos. Era una noche de Navidad. Olía a incienso y todas las personas llevaban una vela en la mano. El coro del barrio cantaba villancicos. Después de la misa, todos fueron a la Lumbre del Sabor a celebrar la nochebuena. También estaba Valeria con su familia. Por la tarde, su madre, su tía y ella habían preparado, como cada año, algunos platos que llevaron a la iglesia para la comida que en ella se hace el día de Navidad.

Siempre que entraba en esa iglesia recordaba ese día.

Se sentaron después un rato en las escaleras de la fuente de la plaza contemplando la iglesia. Entonces, Don Elías le dijo a Bruno “Sabes, existen los recogedores de historias. Son personas que tienen la gran virtud y capacidad de, escuchando y hablando con la gente, observando los lugares y adquiriendo conocimientos, convertirlos en tesoros, en letras, pinturas, esculturas o cualquier otra forma de expresión, para que los demás los podamos sentir como ellos. Hay quien los llama expertos. Otros los llaman sabios. Otros los llaman genios, pero el nombre es lo de menos. Algunos de ellos son los que están en el cuadro en el que entramos, pero hay muchos más que podrás estudiar y conocer si lo deseas”.

Por la tarde, fueron a ver el Museo de Roma, donde Don Elías iba explicando a Bruno algunas de las tradiciones y costumbres de la ciudad mientras veían representaciones de los mismos en las pinturas y demás objetos expuestos.

Después, fueron a merendar al Café del Algodón. Don Elías pidió a Enrico que le hablará en el dialecto romano. Él lo hizo encantado. El anciano iba tomando notas mientras le preguntaba sobre el significado de algunas palabras o como se pronunciaban otras. Parecía entusiasmado con la conversación.

Durante el camino de vuelta, Don Elías le dijo a Bruno “Hoy he descubierto una cosa más que tengo que estudiar. Tu tío me ayudará a hacerlo. Tengo que empezar a buscar información. ¿Querrás tú también estudiarlo conmigo?.

Sí, por supuesto”, contestó el niño.

Cada día hay cosas por aprender y por conocer. Nunca sabes lo suficiente. Estudia y aprende. Recuérdalo siempre Bruno”, le dijo.

Bruno asintió. Al llegar a casa y antes de irse a dormir, decidió empezar uno de los libros que le habían regalado. Era de uno de los recogedores de historias de los que le había hablado Don Elías.

Desde ese día, Bruno nunca dejó de leer.

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2 respuestas a La Lumbre del Sabor (4)

  1. plumayluz dijo:

    “café de algodón…! qué bonito nombre…
    Perfectas definiciones de lo que a Bruno le arropa a su alrededor, perfectas.
    Perfecto dúo este de Bruno y Don Elías, promete mucho…
    Esperaremos de ellos más noticias.
    Un abrazo, Desluzia

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