El Parque de las Fuentes (1)

FUENTE

 

Vivo en la ciudad, ni demasiado cerca ni demasiado lejos del centro, en una antigua casa ahora dividida en diversos apartamentos y locales en las plantas inferiores. Se accede por una escalera de cuadro peldaños donde encuentras un portero automático que consiste en una placa dorada con pequeños botones blancos al lado de una puerta de madera oscura con cristales cuadrados y biselados, con un pequeño dibujo tallado en el centro a modo de adorno.

Al entrar, hay una lámpara estilo art-deco y un viejo ascensor de esos en los que te puedes sentar. El interior es de terciopelo y raso granate y las dos puertas parecen de un armario de muñecas. En el centro hay una pequeña lámpara de lágrimas de color rosado. Parece una de esas cajas de los trucos de mago.

Mi apartamento está en la primera planta. Bueno, en la escalera, la señalan como la planta “principal”, que vendría a ser el entresuelo. Supongo que, en su día (muy en su día), sería la planta noble del edificio. Consta de tres habitaciones, una cocina, un baño y un salón, todos conectados por un largo pasillo. Los techos son altos y con filigranas y adornos de yeso en las uniones con las paredes y en el centro de las habitaciones.

El salón está en la parte delantera del edificio. Tiene una pequeña galería que da a la calle con forma de media luna y un banco que bordea la parte baja de la ventana y que, a la vez es un baúl. Me gusta leer allí mientras observo la calle. Los visillos son traslúcidos y forman ondas, como los telones de antes.

Justo enfrente de la galería está la parada del tranvía. Me gustan los tranvías. Son un híbrido de tren y autobús, el café con leche del transporte público. Para mí tienen el encanto de esos objetos que se conservan como una mezcla entre tradición y modernidad y que dan personalidad a las ciudades.

Suena ahora Bach. Es Serguei. Le tengo realquilada la habitación del fondo, la más grande, la que da al patio vecinal y al pasaje que compartimos con tres edificios colindantes. Es una especie de jardín y calle privada.

Serguei es ruso y músico, una gran combinación. Toca en una orquesta, como profesión y como vocación. Me gusta oírlo tocar. Dice que ensaya, pero, en realidad, goza, disfruta. Toca con el corazón y creo que eso se nota.

El chelo es un instrumento sobrio, elegante, que llena el espacio, lo tranquiliza y lo transforma en grande. Da gusto sentir las notas a través del pasillo llenando toda la atmósfera de la casa. Es como si envasara al vacío el resto de sonidos. Suena a catedral, a una íntima catedral.

http://youtu.be/KHzfD6XLK7Q

La habitación de Serguei es sobria como su instrumento. No tiene cuadros y todo es blanco y neutro: las cortinas, la colcha, las mesitas y las lámparas. Suele dejar el chelo apoyado en la esquina junto a la ventana, al lado del galán de noche donde cuelga el frac que se pone para tocar en la orquesta. El contraste de ambos objetos con el resto de la habitación hace que parezca un decorado de un anuncio o de una película de época.

Suelo pasar mucho tiempo en el salón o en mi despacho porque trabajo en casa. El primero es para descansar y disfrutar. Es donde tengo mis libros, mis vinilos y todos mis otros objetos y juguetes preferidos iluminados con lámparas de los bazares de Damasco y Marrakesh. En el despacho está la tecnología, los flourescentes y todas las prisas.

Pero mi estancia preferida es el baño, con las baldosas de la pared blancas y el suelo de color roto con lunares negros en forma de rombo. Tiene una bañera antigua, con patas y sin silicona ni mármol y con un grifo de curvas y porcelana. Es como una cheslonge que puedes llenar de agua caliente y espuma mientras te relajas.

Hay un espejo con forma de nube y dos picas ovaladas con forma de concha y de una porcelana que imita al nácar.

La puerta, como todas las del apartamento, es de madera lacada, alta y en la parte superior, tiene una cristalera en forma de media luna y con cristales triangulares, como porciones de una tarta.

La bañera está junto a una ventana alta y con cristales de colores que, al reflejar el Sol, proyectan el arco iris en la pared.

Todas las mañanas suelo ir al Parque de las Fuentes. Está cerca de casa, a escasas dos manzanas, justo al lado del balneario construido a mediados del siglo XIX junto al manantial de aguas termales.

En un extremo del parque hay un conjunto de cinco fuentes que brotan del manantial, saliendo del muro que linda con la montaña, como si se tratara de un abrevadero. Alrededor del muro crece la hiedra, los lirios y una hermoso arce.

A las fuentes se llega a través de un paseo rodeado de olmos que bordea todo el parque y, a uno de los lados, hay unos cuantos naranjos y dos magnolios.

En el centro, hay una pequeña plaza redonda rodeada de tilos y algunos bancos, donde suelen jugar los niños o tumbarse la gente para descansar.

Hay en la plaza un quiosco que hace las veces de cafetería, donde suelo comprar el períódico y sentarme en una de las mesas de su terraza tomando algo. El quiosco es de hierro y está pintado de un verde oscuro combinado con detalles color cobre. Las puestas se abren a la altura de la barra como si fueran párpados que se sujetan con unas barras de metal.

Desde hace algunas semanas vengo observando como va siguiendo la hilera de tilos y va recogiendo algunas hojas y flores. Las guarda en una bolsa de tela que cierra tirando de dos cordeles en sentido opuesto.

Después, se sienta en uno de los bancos y lee durante un rato o se pone unos auriculares y escucha supongo que música. Cuando son las doce y media en punto, recoge y se va.

Lleva un abrigo de verano de color avellana, un pañuelo atado al cuello de color ciruela y el pelo recogido hacia atrás en una coleta.

Anda despacio y con la lentitud de esas personas que lo observan todo. Sus zapatos, cómodos y usados, parecen conocer el parque de memoria.

Ese día, tras observar la misma escena, volví a mi periódico y, cuando alce de nuevo la vista, ya se había ido. Seguí leyendo hasta la hora de comer. Cuando ya me iba, vi que en uno de los bancos de la plaza había alguna cosa. Me acerqué y vi que era la bolsa de tela llena de hojas de tilo y algunas flores de azahar. Deben ser de los naranjos que están más abajo.

La cogí. Primero pensé en dársela al dueño del quiosco por si veía a la persona del abrigo, pero finalmente decidí que era mejor guardarla y dársela personalmente al día siguiente.

********

He decidido ir la Parque de las Fuentes a recoger flores y hojas de los tilos y de los naranjos. Ahora es como mejor están.

Me llevaré el saco de tela para no estropearlas. Estos días tengo las mañanas libres. Aprovecharé para estudiar un rato. A esa hora no hay mucha gente.

Hoy es el cuarto día que vengo. Está siempre allí, leyendo el periódico en una de las mesas del quiosco. El color oscuro de su chaqueta contrasta con el fondo claro de los árboles en flor. Le da ligeramente el Sol en la espalda. Tiene un tic: juega con el dedo índice de la mano derecha a hacer círculos o tirabuzones con un mechón de pelo. Siempre lo hace mientras lee.

¡Vaya!, las doce y media, debo irme” …

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