Tardes de pastel

ABUELO

Álvaro tenía el alma de niño con rasgos de los años veinte, de charlestón, gramola y cine mudo acompañada de un agudo sentido del humor, un nervio y un soñador empedernido. Llevaba botines, chaleco de cuadros, camisas con cuello y puños almidonados aderezadas siempre con una pajarita, gafas de concha enmarcando unos diminutos ojos, sustentadas por una perfecta gran nariz y el corazón un poco arrugado por los años, pero que ella cada día se encargaba de planchar con su infancia.

Carla, su nieta, risueña, pizpireta, de pecas, labios y pelo rojo y tez blanca como la harina, con un cuerpo delgado y largo en continuo movimiento, una estruéndica voz que todavía no había aprendido a pronunciar bien la erre y un cariño abrumador. Disparadora de emociones y locura sin concentrar.

Su debilidad mutua les revivía los instantes de flacidez y les llenaba las manos de ilusión hacia todo, pero sobretodo con ellos mismos y entre ellos y de inocentes secretos.

La esperaba cada día a la salida de la escuela sentado en el banco que está junto a la verja. Nada más verlo, corría la niña hacia él guiñándole la tarde con ese desparpajo que desprende la infancia y que salpica todo a su alrededor.

A cambio y con la misma espontaneidad, él la abrigaba de esa serena tolerancia con que la vejez disfraza el aprendizaje y el cariño, mezclándola con la más tierna y pura complicidad.

Tomaban el batido que cada jornada les esperaba en la Pastelería Lendano, donde las mesas son pequeñas, los pomos de las puertas son de porcelana, los azulejos del blanco tocado por el tiempo, las fotografías de las paredes de cuando los coches se arrancaban con una manivela y todo tiene ese aire de los años.

Lo mejor de todo eran las tartas que solían poner encima del antiguo mostrador de color marfil con detalles dorados que se parecía al de las antiguas sombrererías. Estaban colocadas en esas bandejas redondas encima de un pequeño pedestal y cubiertas con una tapa de cristal con forma de media esfera. Esos escaparates del dulce en tres dimensiones, con forma de cúpula, que parecen invernaderos transparentes de la tentación del gusto.

De manzana, chocolate, albaricoque, canela, crema, limón, arándanos y cualquier esencia imaginable en colchones de bizcocho recién hecho.

Iban al mostrador antes de sentarse y elegían dos de las tartas. Ese, además de su compañía, era el capricho de sus paladares y uno de los ingredientes del menú de sus días.

Ningún precio se podía pagar por ver las mejillas de Carla abultadas de dulce moviéndose con la elasticidad de una piel de siete años mientras degustaba la tarta y sus pupilas dilatadas por el interés y la intriga mientras Álvaro le narraba historias reales o imaginadas, adornadas con ese aire de cotidianidad y, a la vez, de fantasía, que tienen los relatos.

Se les veía a ambos envueltos de ese entusiasmo que emana la infancia por querer descubrir y saber y la vejez por querer transmitir y compartir. Así aliñaban abuelo y nieta sus tardes.

Al terminar la historia, él ponía su dedo índice en una de sus mejillas, alternando su mirada hacia la niña y hacía la parte de su rostro señalada con la mano e inclinando ligeramente la cabeza.

Sin pensarlo, Carla se levantaba dando un brinco, lo abrazaba apretujándole hasta deformarle la flacidez de la cara y, después, le daba un beso en cada mejilla. Entonces, lo cogía de la mano para que se levantara y salían a la calle conectados por esa electricidad que no necesita cables.

Y así gastaban el tiempo sin perderlo ni matarlo porque quedaba guardado en su caja blanda de instantes con el cerrojo compartido.

Son esos inolvidables espacios de abuelos y nietos que ocupan un gran lugar en nuestra vida y en nuestros corazones.

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10 respuestas a Tardes de pastel

  1. rosalia69 dijo:

    Precioso, como siempre😀

  2. plumayluz dijo:

    Me ha encantado, Desluzia…
    Te has ganado… ¡un par de abrazos…! y una sonrisa…

  3. romomen7 dijo:

    Precioso, plasmado a la perfección la ternura única entre un abuelo y nieto.

  4. Palabras de oro y plata. Gustosamente las hago mías porque las reconozco. Soy abuelo, tengo nietos.
    Gracias por este regalo, Lo guardaré en caja blanda con cerrojo compartido para que no se pierda, tiempo que ni se gasta, ni se mata. Tus palabras, siempre un tesoro.
    Un saludo

    • desluzia dijo:

      Gracias a ti por leerme y enhorabuena por esos nietos. Espero que los instantes con ellos sean tan mágicos y especiales como los que tuve yo con mi abuelo.
      Muchas gracias por tus palabras.
      Un saludo también para ti.

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