Marlon y el río (1)

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Vivía al lado del río Whitson, que hacía frontera entre los dos estados. Su tío, Marlon hacía funcionar el transbordador que, ya desde los tiempos de su abuelo, cruzaba los vehículos de una orilla a otra a través de un juego de viejas cuerdas y poleas.
Desde el alba hasta el anochecer, el constante trasiego de personas, mercancías, animales y vehículos transformaba en sitio en un bullicio de lo transeúnte.
Se llamaba como su tío y era el tercero de tres hermanos. Su padre, Jeremía, trabajaba en el aserradero que estaba en Mentelly, la aldea que estaba al otro lado del río, junto a la mayoría de los hombres de la zona. Pertenecía a una importante Compañía con sede en la capital. A veces, veía aparecer un lujoso coche de color negro conducido por un chófer. Detrás, se vislumbraban las siluetas de hombres con sombrero y traje que nunca salían del coche mientras iban en el transbordador.
Cuando no iba a la escuela, ayudaba a su tío. Solía encargarse de abrir y cerrar el acceso al transbordador cuando éste partía o llegaba a su destino. Consistía en un tablón de madera que se sujetada en cada uno de sus extremos en sendas ranuras que al expreso habían en las vallas que flanqueaban ambos laterales de la balsa, sirviendo, a la vez que de sistema de protección, de improvisados balcones en los que se apoyaba la gente que salía del coche durante el trayecto para tomar el aire, hablar o simplemente, disfrutar del paisaje.
Su madre y su tía se encargaban de la taberna y de la pequeña tienda que estaban al lado del embarcadero. La tienda era uno de esos comercios en los que, por la experiencia de años en la zona y el oficio, los viajeros podían encontrar prácticamente de todo, alimentos, tabaco, prendas de vestir, maletas, cajas, herramientas, linternas y una interminable lista de productos almacenados a lo largo de años y práctica de las tenderas.
En la taberna se servían comidas desde que abría por la mañana hasta prácticamente la noche, a base de potajes, sopas y otros platos calientes. No habían muchas mesas, puesto que muchos de los clientes solían llevarse las viandas para comérselas mientras cruzaban el río con el transbordador.
Los mejores amigos de Marlon eran dos hermanos, William y Charles, que vivían al otro lado del río. Eran hijos de Jofrey, que trabajaba para el gobierno y era el encargado de supervisar los niveles del río y otras tantas cosas que Marlon nunca llegó a entender muy bien. Siempre andaba con extraños aparatos y probetas que llenaba de agua, lodo del fondo del río y otras sustancias que llevaba al pequeño laboratorio que se encontraba al lado del embarcadero de la orilla opuesta a la de la taberna. Allí se pasaba horas haciendo mezclas, mediciones y pruebas que apuntaba primero en una pizarra de una de las paredes y después en su cuaderno de notas y en una especie de formularios que cada semana entregaba al recadero para que los llevara a la ciudad.
William era el mayor en edad, pero no en ingenio. Siempre acababa siendo su hermano pequeño el que, con su agudeza, los acababa sacando de los atolladeros en los que se metían de vez en cuando. Por las tardes, si Marlon no tenía que ayudar a su tío, solían ir a pescar o a cazar ranas o grillos. Otras veces, ayudaban a algunos viajeros con sus bártulos para sacarse unas monedas y poder comprar caramelos, regaliz, helados o chocolate en la tienda.
A veces y era entonces cuando se metían en líos, desmontaban las trampas de los cazadores o salvaban a algún animal atrapado.
Iban juntos a la escuela. Su profesora, una señora con lentes redondas, moño bajo y rostro generoso, les daba clases desde pequeños. Vivía con su hermana y una sobrina en la casa más pequeña, pero la mejor cuidada del pueblo.
La escuela estaba en una pequeña casa junto al río. Tenía una sola aula alargada con ventanas a ambos lados y una tarima al fondo, encima de la cual y a un lado se encontraba la mesa de la profesora y un estante con algunos libros, tizas y material escolar. En la pared del fondo había una gran pizarra. Dos hileras de pupitres recorrían en paralelo la estancia, cuya parte inclinada y superior hacía, a la vez de mesa, de pizarra y de tapa del cajón que escondía debajo y en el que los alumnos guardaban sus pertenencias durante las clases.
En la pared de la entrada y a ambos lados de una puerta de dos hojas, colgaban los percheros que, a su vez, colgaban los abrigos de los niños encima de dos bancos bajos, que solían ser el aposento de los traviesos cuando acababan con la paciencia de la maestra.
Las casas del pueblo más antiguas estaban hechas de troncos de madera y las más modernas se habían construido con tabiques y muros de madera prensada simulando como una persiana. No muy grandes y de colores pastel con los marcos y puertas normalmente blancos. Alzadas del suelo más o menos a un metro del suelo, para evitar las inundaciones en las épocas de lluvia o deshiel. En primavera y verano, se solían colocar peanas colgadas del techo de los porches con flores. Parecían casas de lego entre los árboles.
Los días solían transcurrir tranquilos en el lugar. Todos los vecinos, unas veinte familias, llevaban allí varias generaciones.
Una vez a la semana venía Thomas, el recadero, a Hebalond River. Solía ser los miércoles por la mañana coincidiendo con el mercado que se celebraba bajo los cedros de la explanada que estaba junto al río.
Era casi un ritual ir a recibirlo para recoger los paquetes y correspondencia que éste recogía de la oficina de correos de la ciudad más cercana, Elain Creek, además de paquetes y encargos diversos de los aldeanos. Era verlo con su vieja furgona blanca y correr los niños a encontrarlo. Solía darles a los pequeños cromos de la liga de beisbol y a las niñas sombrillas pequeñas de papel de esas que se colocan en algunas bebidas para decorar el vaso.
Era un miércoles soleado de febrero cuando Thomas entregó a Marlon una carta para sus padres. Miró quien la enviaba. Era del Señor Frederic Nelson y su esposa, Martha, un matrimonio, más bien acomodado que vivía en Porthenton, una ciudad costera del oeste. Eran familiares lejanos de su padre. Los había visto solo una vez, en la boda de sus tíos. Apenas los recordaba porque en aquel entonces solo contaba siete años de edad.
Era conocido el mercado de Hebalond River por la variedad de sus productos y la afluencia de gente. Venían de las montañas los comerciantes de pieles y productos del bosque. De las praderas traían grano, cereales y ganado. También acudían granjeros con los productos de las cosechas. Y los pescadores vendían pescado fresco o secado. Acudían también gentes de los poblados indígenas para comerciar con su artesanía, alimentos y animales. A veces, aparecían vendedores ambulantes de los más inverosímiles o estrambóticos productos.
Los días de mercado eran los de más trasiego en el transbordador y en el pueblo. Marlon ayudaba a su tío y, a la hora de la comida, echaba una mano en la cocina de la taberna.
Cogió la carta que le había entregado Thomas y corrió al transbordador. Al llegar a la tienda, se la dio a su madre. Ella la miró con curiosidad y la dejó en uno de los cajones del mostrador tras requerirle atención unos clientes.
Al llegar a casa por la noche, su padre abrió la carta. Decían los remitentes que vendrían a visitarlos dentro de unas semanas para tratar un asunto que podría ser de su interés y especialmente beneficioso para sus hijos. No decía de qué se trataba. La verdad es que el texto les dejó intrigados. Les enviaron la respuesta aceptando la visita.
Marlon los observaba desde el altillo, en el que dormía junto a sus hermanos Bob y Harry, de trece y once años de edad.
El hermano mayor de Marlon, Alfred, de veinte años, trabajaba en el aserradero con su padre Su hermana, Cintia, un año mayor que él, ayudaba a la maestra en la escuela y también en la tienda los días de mayor afluencia de clientes.

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5 respuestas a Marlon y el río (1)

  1. ¡Me alegra mucho volver a leerte!

    Un saludo.

  2. ledsintagma dijo:

    ¡Vaya! Me gustó mucho este relato situado en las cercanías del río. El río es un ente predominante de inicio a fin, haciendo notar los rasgos singulares que la población ha tenido que desarrollar para adaptarse a ese entorno. Qué maravilla poder recorrer (aunque sea imaginariamente) esos parajes, y ser espectador de esas cotidianas aventuras de sus pobladores.
    Muchas gracias Desluzia, por este relato; estaré esperando la continuación 🙂

  3. Lola Caos dijo:

    Muy agradable relato. Gracias “por transportarme”!

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