Marlon y el río (2)

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Cuando no tenía que ayudar a su tío o en la tienda, tras salir de la escuela, Marlon solía ir con William y Charles a jugar junto al río, en una zona donde éste se adentraba un poco en la orilla y formaba un pequeño riachuelo que llegaba hasta un estanque. Tenían allí la pequeña barca que habían construido con la ayuda del tío y el padre de Marlon en las horas libres tras la escuela.
Solían coger la barca y navegar por el río o el estanque. A veces, se limitaban a tumbarse dentro de ella sin remar y se pasaban horas hablando de las chicas, de los juegos, de los padres, de la escuela o de la noticia intrascendente del día que, para ellos, resultaba trascendental y de todo y de nada, o simplemente permanecían en silencio contemplando no se sabe que.
Era una mañana tranquila y soleada que anunciaba la llegada del buen tiempo. Llegaron en un coche de color crema, antiguo y muy cuidado. Las llantas brillaban y reflejaban las casas y el paisaje conforme avanzaba por el pueblo. Marlon, que estaba faenando con su tío en el embarcadero, lo divisó de lejos.
No recordaba haber visto ese vehículo antes, pero pasaban muchos coches por el pueblo para cruzar el río en el transbordador, por lo que pensó que sería uno más de ellos. Entonces, vio que se detuvo frente a la tienda. De él se apearon dos personas, un hombre y una mujer.
Él, alto y un poco robusto, con una calvicie incipiente, cara amable y un frondoso bigote. Llevaba un chaleco sobre una camisa de rayas, pantalones de discretos cuadros y unos zapatos negros.
Ella llevaba un vestido estampado sobre un fondo blanco, con la cintura baja cogida con un lazo color granate a la altura de la cadera y que le llegaba casi hasta los tobillos, medias claras, zapatos con un poco de tacón atados con cordones y un sombrero de esos con forma de campana ligeramente ladeado, dejando ver su melena corta justo por encima de los hombros y un poco más larga en los dos extremos que le enmarcaban el rostro. En la mano, un bolso pequeño, que sujetaba junto con unos guantes de blonda color beige y un chal doblado.
Tras acercarse un poco, Marlon los reconoció. Eran Robert Nelson y su esposa Martha.
Entraron en la tienda.
A la hora del almuerzo, Marlon y su tío fueron a la taberna. Estaba en una de las casas más antiguas del pueblo. El tejado era de pizarra y las paredes de piedra, iluminada por pequeñas ventanas con marcos y puertas de dos hojas, madera de roble y cortinas de ganchillo. En verano, crecían geranios en el alféizar. La cocina estaba en el mismo comedor. Al fondo del mismo, conforme entrabas y tocando a la pared, unos grandes fogones con un obrador de baldosas cuadradas de color caldera y un fregadero rectangular de granito con un grifo que brotaba del muro, cual fuente. Al lado, colgaban los utensilios de cocina, ollas y cazos de cobre, entre cucharones, pinzas, cuchillos y espátulas de metal simulando una escultura improvisada. Detrás de los fogones y separado por un pequeño espacio para deambular, una mesa central de obra con la superficie cubierta de las mismas baldosas, donde se preparaban y finalizaban los platos. Allí tenían las cocineras todos los aliños y demás ingredientes para dar el toque final. Loza y viandas aguardando el atuendo final, como las modelos esperando el visto bueno del diseñador antes de salir a la pasarela.
Las mesas eran redondas. Las sillas, de hierro forjado, tenían un cojín tapizado de cuero. Justo a la derecha de la puerta de entrada, había un perchero de pared y unos cuantas butacas en las que se solían sentarse los clientes cuando todo estaba ocupado o mientras esperaban sus pedidos para llevar. En la entrada, había un pequeño porche cubierto, en el que, en verano, solían colocar algunas mesas adicionales, alargadas y con bancos para sentarse.
Vieron a los Nelson sentados junto a la hermana y los dos hermanos menores de Marlon. Les hicieron señas para que compartieran la mesa con ellos. Así lo hicieron.
Durante el almuerzo, les explicaron que vivían en Porthenton, a dos días de viaje del pueblo, que tenían dos hijas, casadas, las cuales residían también allí y regentaban las tres tiendas que ellos poseían en la ciudad. De vez en cuando, les echaban una mano.
Conversaron todos sobre la vida en la Porthenton y en el pueblo, sobre los familiares comunes, el transbordador, la tienda, la escuela …
Los Nelson les dijeron que recientemente habían adquirido una finca cerca de la ciudad. Tenían la intención de acondicionarla para pasar temporadas en ella, alternándolas con su actual residencia. Aunque no era muy grande, solo unos pocos acres, precisaba de una o dos personas para su cuidado, administración y mantenimiento.
Le comentaron al tío de Marlon que habían pensado para estos quehaceres en Alfred y Cintia. Uno de encargaría del mantenimiento y la otra de la gestión y administración de la casa. “Si lo desean, podrán compaginar sus trabajos con los estudios”, añadieron.
Por la tarde, comentaron, lo hablaremos con ellos y con sus padres. “Espero que acepten”, manifestaron. Cintia asintió con la cabeza.
“Podrán también venir a pasar temporadas los pequeños, si lo desean. Tenemos tres nietos que suelen estar con nosotros mientras nuestras hijas y yernos trabajan. Tienen ahora cinco, ocho y trece años y son adorables”.
Tras cerrar la tienda y cenar, los padres, el hermano mayor y la hermana de Marlon hablaron con los Nelson, que, tras dar las buenas noches, se retiraron a descansar a la habitación que habían reservado en el hostal.
A la mañana siguiente, le dijeron a Marlon que habían aceptado la oferta.
Los padres de Marlon insistieron en que los Nelson se quedaran unos días en el pueblo para descansar hasta que Alfred y Cintia pudieran partir.
Durante su estancia en el pueblo, la Señora Nelson ayudaba en la tienda y en la taberna. Solía dar largos paseos con Cintia, a los que, a veces, se unían el Señor Nelson, Marlon y los dos pequeños, normalmente por el camino de olmos que bordeaba el pueblo y seguía la orilla del río hasta el embarcadero. A pesar del calor, siempre corría brisa allí. Acostumbraban a sentarse en alguno de los bancos que había bajo los árboles, mientras los pequeños jugaban en el agua.
Algunas tardes, después de la escuela, Marlon iba a pescar con el Señor Nelson. La Señora Nelson o su madre les preparaban algo de merienda. Solían regresar al anochecer. Hablaban poco porque a ambos les gustaba escuchar la quietud del río y sus sonidos, un pájaro, una rama llevada por la corriente rozando la barca, una ráfaga de viento haciendo susurrar las hojas de los árboles, el bosque anunciando la puesta de Sol, el sonido rítmico de la caña al moverse el agua.
A veces, Robert le explicaba como era su ciudad, como eran sus hijas y sus nietos, que tenía dos hermanos con los que compartía una gran afición …. y Marlon le hablaba de las personas que había conocido en el transbordador, de William y Charles, de la escuela, del río, de sus hermanos, de su tío.
En una ocasión, el Señor Nelson le preguntó si le gustaban los mapas. Marlon contestó que había uno en el aula de la escuela en el que aparecían todos los países del mundo y que, en las clases de geografía, la profesora les solía mostrar un átlas o láminas en los que debían localizar los lugares que estudiaban. “Bien…”, respondió él.
El día que se fueron, sus padres les hicieron prometer a Alfred y Cintia que escribirían cada semana. La Señora Nelson fue hacia ellos y les aseguró que se encargaría personalmente de que lo hicieran. Después, fue hacia los pequeños y hacia Marlon, les besó tiernamente en la mejilla y les dijo que los esperaba cuando acabaran la escuela.
El Señor Nelson, ayudado por Alfred, acabó de cargar el equipaje en el coche y todos empezaron a subir despidiéndose de la familia. Se dirigió a donde estaba Marlon y le entregó una lámina. Es un mapa, le dijo. Cuando vengas, te lo explicaré. Después, se fue hacia su padre y su madre y les dijo: “Lo dejarán venir ¿verdad?”. Ambos se miraron y asintieron con la cabeza. En el rostro de Marlon, apareció una gran sonrisa., como en la de Robert.
Cintia escribía cada semana a sus padres. Cuando llegaba Thomas con el correo, Marlon era el encargado de recogerlo y llevárselo a su madre. Ella lo abría enseguida y leía en alto el contenido ante sus tíos y los niños.
Las primeras semanas permanecieron en la ciudad, dado que, en la casa de la finca, se estaban realizando trabajos de acondicionamiento. Alfred acudía a veces a la misma para supervisar los trabajos acompañado del Señor y la Señora Nelson.
La ciudad, explicaba Cintia, era pequeña y llena de vida. Aunque en el centro habían algunos edificios altos, la mayoría de las construcciones no tenían más de tres pisos, lo que la hacía más acogedora. Tenía un muelle de mercancías, desde donde partían y llegaban barcos constantemente y una pequeña zona de recreo rodeada de un parque junto al mar. Justo en ese parque nacía la calle comercial más importante y transitada. Era una avenida bastante ancha con amplias aceras y con árboles a ambos lados. En la esquina de cada cruce con las calles transversales, había una glorieta para el descanso de los transeúntes y puestos ambulantes de venta de refrescos o comida. Las baldosas del suelo formaban dibujos geométricos y tonos ocre y blanco. Los ladrillos de la mayoría de las paredes eran de color rojizo y, en las fachadas de algunos edificios, zigzagueaban escaleras metálicas de incendios, entre ventanales y puertas alargados.
Los taxis eran de color blanco. No había mucho tráfico y el clima era templado todo el año.
La residencia de los Nelson daba a la bahía. Las vistas desde el salón principal eran espectaculares. Prácticamente se veía la silueta de toda la ciudad. Habían construido la casa los padres del Señor Nelson, después de unos años de haber llegado a la ciudad. Tenía una pequeña terraza en la planta superior, donde, si el tiempo acompañaba, desayunaban cada día. Muchas mañanas les acompañaban las hijas de los Nelson. Eran jóvenes, amables y normalmente atareadas con todo lo que comportaba la gestión de las tiendas. Dejaban a sus hijos bien en la escuela o bien con los abuelos. Cintia había congeniado enseguida con ellos. Tanto, que le habían pedido que se encargaba de su cuidado. Ella estaba encantada con la tarea. Tenía un don especial para la enseñanza. De hecho, había decidido cursar estudios de magisterio y, en las temporadas en las que no estuviera la familia en la finca, trabajaría en la escuela donde acudían los menores.
Alfred había decidido compaginar su trabajo con los estudios de diseño industrial y mecánica, en una escuela-taller que se encontraba a medio camino de la finca y la ciudad, lo que le permitiría acudir a ella sin problemas.
Desde el barrio donde vivían los Nelson se divisaban las casas flotantes, la zona del mercado y el embarcadero desde donde salían los ferries hacia las islas cercanas. Al lado, el edificio de aduanas y el parque Lentand. Detrás, como si de un decorado se tratara, los hermosos cerros por los que, como enredaderas, trepaban calles y casas. En lo alto del más septentrional de ellos se observaba la Ermita de los Santos, a la que se accedía por cable. La vivienda de los Nelson se encontraba en una tranquila zona residencial, no muy extensa, donde prácticamente se conocían todos los residentes, que nació en los años en los que muchas personas de las zonas rurales llegaron a la ciudad para trabajar, como los padres del Señor Nelson. No estaba ni muy lejos ni muy cerca del centro, al que se podía ir caminando.
Al cabo de un mes, todos se trasladaron a la finca, que estaba más o menos a una hora y media de camino en coche de la ciudad. Se accedía a ella por un paseo bordeado de cipreses hasta llegar a un estanque detrás del cual había la casa.
Aunque no en exceso, la villa era lo bastante grande como para albergar a toda la familia, además de alguna habitación para los invitados. La fachada apenas se veía por estar cubierta de hiedra y buganvillas. A ambos lados de la puerta de entrada y en distancias simétricas, había dos galerías. Al entrar, había un distribuidor desde el que nacía la escalera que iba hacía la planta superior. A la derecha, se encontraba el salón, a la izquierda, el estudio y, en el centro, el comedor, seguido, en la parte trasera, de la cocina y almacén. En la planta superior se encontraban las habitaciones y un cuarto de juegos para los niños.
En un edifico anexo, se encontraban algunas habitaciones más, la cochera y el “taller” del Señor Nelson. La Señora Nelson, bromeando, lo llamaba su salón de esparcimiento. Solía pasarse horas allí.
Los meses transcurrían deprisa. Había llegado junio y las clases finalizado. Los padres de Marlon decidieron que solo viajaría él a Porthenton. Bob ayudaría a su tío en el transbordador. Consideraron, en cuanto a Harry, que era muy pequeño todavía y era mejor que no fuera.
Marlon iría con Thomas hasta Elain Creek y, desde allí, cogería el tren hasta su destino. Los Nelson lo esperarían en la estación de Porthenton.
El día anterior a la partida no pudo conciliar el sueño.
Se fueron después de comer, tras haber finalizado Thomas las tareas de reparto. Conforme se alejaban del pueblo, la carretera se hizo silenciosa y recta hacía el horizonte, las nubes parecían partir de él para dibujar el cielo con franjas blancas que se iban abriendo como si fuera un abanico. Poco a poco, los abetos dejaron paso a extensas praderas que se alternaban con arboledas y algunas granjas. Thomas le dijo que eran plantaciones de cereales. De vez en cuando veían ganado, balas de pajas con formas cilíndricas y graneros. Apenas había tráfico. Solo se cruzaban con alguna camioneta.

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Finalmente, llegaron a Elain Creek, una ciudad pequeña y dedicada básicamente a la distribución de los productos agrícolas de la zona y al abastecimiento en general de las zonas adyacentes. Junto a la carretera, había numerosas gasolineras y pensiones en las que se alojaban camioneros, granjeros y comerciantes que acudían allí a hacer sus transacciones. Se hospedaron en una de ellas.
A la mañana siguiente, fueron a la estación, que se encontraba en el centro de la ciudad. Thomas acompañó a Marlon hasta el andén y lo esperó hasta que subió al tren.
Se quedó en el primer asiento que había a la derecha justo después de entrar en el vagón. En el compartimento, había una señora con un niño y una niña pequeños y una joven con un libro. Le indicaron que, si lo deseaba, podía sentarse junto a la ventana. Ellos ya habían hecho el trayecto varias veces y conocían el paisaje. Así lo hizo.
Los asientos: cómodos, tapizados de una tela de color indefinido y con una especie de muelles como los de los colchones que, cuando ganaba velocidad, acentuaban el traqueteo del tren, momento de deleite y risas de los pequeños y del propio Marlon, A pesar de que el trayecto duró varias horas, fue agradable y entretenido. Llegaron al destino a media tarde.
En la estación, le esperaban los Nelson, su hermana y dos niños. Marlon los vio desde la ventanilla del tren. Los pequeños correteaban por el anden seguidos por Cintia, Martha estaba sentada en un banco contemplándolos y el señor Nelson estaba de pie conversando con alguien que, por su atuendo, parecía un empleado del ferrocarril. Cuando se apeó, se dirigió hacia ellos entre los soplidos de vapor que salían entre las ruedas y estornudaban en el andén. De entre ellos salió Marlon con su maleta y cara de primer día de escuela. Todos lo recibieron con entusiasmo, como él a ellos. Fueron hacia la calle, donde el Señor Nelson llamó a un taxi para Cintia, los niños y Martha, dado que todos no cabían en el coche.
La ciudad olía y tenía el sonido de una mezcla de humanidad, ladrillos, paquetes, cemento, mar, motores y un montón de indefinidas cosas. Lo primero que llamó la atención de Marlon fue la altura de algunos edificios, la acumulación de tantas imágenes nuevas que no era capaz de asimilar y la aparente prisa que parecían tener todo y todos en aquel lugar tan nuevo para él.

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Robert y él fueron directos a la finca. Cintia, los niños y la señora Nelson se quedaron en la ciudad para hacer algunos encargos. Mientras descargaba algunos paquetes del coche, el Señor Nelson le dijo a Marlon que entrara en la casa y lo esperara en el hall. Así lo hizo. Todo estaba en silencio y el techo alto de la entrada casi lo hacía más profundo. Dio una vuelta sobre si mismo mirando la lámpara que colgaba de un largo soporte de filigrana de cobre desde el techo. La espiral de la visión casi le dejó hipnotizado. De repente, oyó ruidos en una de las estancias. Dado que el Señor Nelson tardaba -desde la puerta vio como conversaba con alguien-, asomó la cabeza. Parecía un estudio. Estaba lleno ventanales, de libros, mapas, instrumentos de medición, un telescopio y una mesa enorme llena de todo lo dicho mezclado. La curiosidad lo hizo entrar. Parecía no haber nadie allí … El susto fue enorme cuando una mano le tocó el hombro y casi al oído una voz inesperada le dijo casi gritando -bueno, más que gritar, esa fue la sensación debida a la sorpresa-: “Y tú ¿quien eres?”.
No sé si se sobresaltó más su cuerpo o su corazón. Marlon giró ligeramente la cabeza y la vista hacia el hombro y vio una mano pequeña, de dedos largos y contundente elegancia. Se giró y la vio: risueña y de mirada vibrante. Llevaba una coleta alta, como su cuello y su desenfreno, un jersey a rayas, unos vaqueros por encima de los tobillos y un pendiente de cada color, con dibujos a bolígrafo en sus playeras blancas.

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Una respuesta a Marlon y el río (2)

  1. Lola Caos dijo:

    Me mantienes interesada…

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