Marlon y el río (3)

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* Partes 1 y 2 del relato publicadas los días 15 y 26 de septiembre de 2.015.

“Perdona …. Te he asustado. No hice ruido porque creía que eras otra persona. Por cierto, soy Eldia.”
“Y yo soy ….”.
“Marloon, Marloon. ¿Dónde estás?”. Se oyó la voz del Señor Nelson.
“Intuyo que tu nombre es Marlon. Corre, ven, al abuelo no le gusta que nadie entre en su estudio si no está él. Hay una puerta ahí detrás. Diremos que estabas conmigo en el jardín. Está en la parte posterior de la casa.”
“Cuidado, que entra. Deprisa, vaaamos.”
Marlon la siguió.
Todo era así con Eldia: rápido, intenso e inesperado. Nunca te daba tiempo a vacilar o meditar. Era pura intuición, como la dirección del viento.
Se encontraron con el Señor Nelson en el jardín.
“Veo que ya has conocido a mi nieta … ¿No estaríais en el estudio, verdad?.”
Los dos negaron con la cabeza con tan forzada rapidez, que consiguieron la representación más clara de una confesión jamás vista por aquellos lares.
El Señor Nelson, tras mover la cabeza varias veces hacia ambos lados, como lo hacen los limpiaparabrisas de un coche, esbozó una leve sonrisa y alzó la vista y las cejas emitiendo uno de esos suspiros que respira la paciencia. Justo en ese momento apareció Alfred y Marlon salió disparado a recibirlo.
“Has vuelto a dibujar en las playeras, niña. Tu abuela te va a matar. Es que no haces caso a nadie. ¿Y lo de entrar en el estudio?. ¿Es queeee?”.
“Lo siento abuelo, pero ¿no me digas que no son más bonitas así?”, replicó Eldia.
“Esa no es la cuestión. ¿Y el estudio?. ¿Se puede saber qué hacías allí?. ¿No será por lo que me imagino?. Te dije que no tocaras nada si yo no estaba”.
“Pero es que ….”
“Otra vez replicando. Es que no hay manera. Por cierto, ¿los pendientes?. Otra vez Eldia. Incorregible. Incorregible. Eres igual que él…. Incorregible. Que cruz. Venga, tira, tira”.
La niña lo cogió del brazo y fueron hacia Marlon y Alfred.
Era hora de cenar. Entraron todos en la casa justo en el momento en que acababan de llegar Martha, Cintia y los pequeños.
Por la mañana, le despertaron unos golpes en la ventana de la habitación. Marlon se levantó de la cama y fue hacía ella. Se asomó y vio a Eldia en el jardín …
“Venga, baja, tengo que enseñarte muchas cosas”, dijo.
“Pero tú nunca duermes. Si apenas ha amanecido”, le contestó Marlon.
“Es la mejor hora para ver como todo se despierta. Sí.” “Venga, baja, por favor”.
Marlon iba medio dormido y mal vestido, refunfuñaba y los ojos todavía buscaban la almohada.
“Pareces el abuelo cuando no le salen bien los mapas o mi madre cuando llega tarde y no encuentra las llaves del coche. Para de quejarte, anda.”
“Niñas….”, pensó Marlon.
“Ya hemos llegado. Mira, mira”.
Llegaron al estanque cuando estaba subiendo el Sol y empezaba a reflejarse en el agua. Los pájaros estaban descansando en las ramas más cercanas al agua por el calor de los primeros rayos del día. Unas pequeñas garzas, blancas y elegantes estaban posadas en una de las orillas, mientras un castor parecía deslizarse entre los juncos. Algunas hojas caían semejando una esporádica lluvia de confeti natural y la luz se colaba entre la vegetación formando cortinas traslúcidas y pintando el bosque de los primeros colores del amanecer. Todo reposaba se oía apenas nada.
“Mira, ¿No es precioso?”, dijo la niña.
Marlon se había quedado plácidamente dormido junto a un matorral.
“Niños….”, pensó Eldia.
Permanecieron allí hasta que se oyó la voz de Martha a lo lejos. “Eldiaaaa Maaaarlon ….. ¿Se puede saber donde estáis?. El desayuno está preparado.
Suavemente, Eldia despertó a Marlon.
Después de desayunar y de la correspondiente regañina, los Nelson se fueron a la ciudad.
Maldon le dijo a Eldia que quería enseñarle algo. Fue a su habitación y bajó con el mapa que le había regalado Robert.
“¡Ah!. Yo también tengo uno. Y hay más. Los hace mi abuelo. Ven, vamos al estudio”, le dijo Eldia al verlo.
“Nos la vamos a volver a ganar”.
“Sí, ya …. Venga, vamos”.
Entraron en la sala. Con la luz de la mañana, se veía mucho más linda y grande. Una de las paredes estaba llena de estanterías con libros, algunos de ellos enormes – “Son átlas”, dijo la niña-, papeles enrollados, pergaminos y mil cosas más. En una esquina, había mapas enrollados y apoyados en la pared. En el rincón opuesto, justo al lado de una ventana, crecía una hermosa kentia como si fuera un fuego artificial de hojas y, en el suelo, justo en la zona de paso, una gran alfombra con flecos en dos de sus extremos abrigaba el suelo. En ella se sentaron después de que Eldia cogiera unos mapas enrollados que anduvo buscando por los estantes y la mesa.
Se sentó junto a Marlon y abriendo los mapas dijo “Éstos son”.
De repente, alzó la vista hacia la ventana. Se levantó dando un brinco y dijo alzando los brazos “Es él. Es él….”. Cogió de la mano a Marlon y tiró de ella hasta que éste se levantó. “Vamos, vamos. Theodor está aquí. Vamos.”
Era alto y delgado, de tez blanca y risueña. Su pelo era abundante y esponjoso como las nubes de verano, al igual que sus manos y su voz. Sus ojos eran de ese tono gris suave y brillante que tiene el nácar. Llevaba una chaqueta color caqui con un montón de bolsillos llenos de un montón de cosas, y un foulard de algodón anulado al cuello. Con unas botas altas por encima de los pantalones, parecía uno de esos exploradores que había visto en algunas fotos de los libros o en alguna película.
Salieron al jardín y Eldia corrió hacia él. Le saltó en brazos y él la cogió dando una vuelta sobre sí mismo. “Este es Marlon. Pasará el verano con nosotros”, le dijo ella.
“Hola jovencito, soy Theodor, inventor de vocación y aprovechador de pérdidas de tiempo de profesión. Viajo, a veces, en globo y necesito otro miembro de la tripulación ¿te apuntas?.”
“Claro. ¿Qué tendré que hacer?”, contestó Marlon.
“Ante todo, divertirte y frente a nada, sucumbir. Eldia te enseñará más tarde la nave”. Le dijo al niño.
“Hola Theodor”, dijo Cintia mientras se acercaba con los pequeños. “Su hermano ha ido a la ciudad con la Señora Nelson. Volverán a la hora del almuerzo”.
“Bueno”, dijo él. “Iré a dejar mis cosas y después planearemos algo”.
“Marlon tiene uno de los mapas del abuelo. Cuando has llegado, le iba a enseñar los demás”, le comentó Eldia.”
“Peeeerfecto, pues ya tenemos tarea para toda la mañana. Esperadme en el estudio”. Subió hacia las habitaciones.
Eldia le dijo que solía venir a menudo a ver a sus abuelos y que su habitación estaba al lado de la de Marlon. “Es mi persona mayor preferida”, afirmó. “Es genial. Ya lo verás”.
Marlon la miró y, tras un breve silencio, le preguntó “¿De verdad viaja en un globo?”.
“Pues claro. Y también tiene un coche sin techo, una balsa enorme y un montón de aparatos increíbles que él mismo ha diseñado y fabricado”.
“¿Y donde vive?”, siguió interrogando el niño.
“No muy lejos de aquí. En una casa a la orilla del río. Le pediré que nos lleve a verla. Te encantará. Ya lo verás”.
“Oye”, siguió preguntando Marlon, “¿Por qué llevas dos pendientes diferentes?”.
“Es una larga historia. Ya te la explicaré”.
“Pero bueno, ¿Todavía estáis aquí?. ¡Vaya tripulación!. Venga, todos al puesto de mando”. Era Theodor bajando desde lo alto de la escalera.
Fueron todos al estudio.
“Coge los mapas Eldia. Maldon, ¿Has traído el tuyo?.”, dijo Theodor.
Ambos los dejaron encima de la mesa y Theodor los abrió.
“¿Sabes de donde son?”, preguntó a Marlon.
El niño negó con la cabeza.
“Mira, éste es del condado en el que nos encontramos, éste es de la aldea que está cerca de la villa, éste es el de esta villa y las fincas anexas y éste es el de la zona donde está mi casa”.
Theodor le estuvo y explicando a Marlon a que correspondía cada gráfico. Marlon y también la niña, lo escuchaban con esa expectación del aprendizaje cuando es admiración, curiosidad y vocación.
“Trae los otros mapas, por favor. Los antiguos.”, le dijo a Eldia.
Los abrió con esa delicadeza con la que se tocan las miradas tímidas y con esa ternura con la que se acaricia lo entrañable. El papel era casi transparente y del color que dejan el uso y los años. Había un mapa de lo que parecía un río que se ramificaba hacia algunos estanques y lagos a los lados. En uno de ellos, situado en una de las esquinas del mapa, había una isla dibujada y marcada con una señal. Se veían palabras escritas en el mapa, pero que apenas se podían leer por haberse borrado la tinta con el paso del tiempo.
“Deben de tener unos ciento cincuenta años estos mapas, según hemos podido averiguar.”, comentó Theodor. ¿Puedes enseñarme tu mapa, Marlon?”, añadió.
El niño se lo dio y, tras consultarlo, se lo enseñó a Eldia. “Lo ves. Creo que es lo que sospechábamos. Creo que éste es el sitio. Mi hermano nos lo confirmará”.
En ese momento, entraba Robert Nelson.
“¡Vaya!, menuda reunión. Veo que ya conoces a mi invitado”, le dijo a Theodor.
“Hola hermano. Sí. Se ha unido a nuestra tripulación.”
“¿Has visto el último mapa que he hecho?. Creo que he encontrado el lugar. Vengo ahora del archivo histórico de la ciudad y acabo de recibir la documentación que le pedí a Anthony. Aquí la traigo. No he tenido tiempo aún de consultarla.”
Anthony era el tercero de los hermanos Nelson. Trabajaba en el Instituto Nacional Cartográfico, un organismo público dedicado a catalogar, guardar en depósito, a realizar y a actualizar la cartografía del país.
“Entonces, ¿Ya sabemos por fin el sitio abuelo?”, preguntó Eldia entusiasmada.
“Es posible, pero me faltan hacer las últimas averiguaciones”, le contestó Robert.
“Señores y señorita, lamento interrumpir, pero es la hora del almuerzo y con toda seguridad, el asunto que les ocupa puede esperar hasta la tarde. Hemos preparado la mesa en el porche”. Era Martha que incurrió en la estancia desde el jardín.
“Por supuesto, allá vamos raudos”, afirmó Theodor haciendo una exagerada reverencia a su cuñada, quien se giró sonriendo y haciendo una señal de complicidad con la mano.
Mientras iban hacia la mesa, Eldia explicó a Marlon que, después de meses de investigación, creían haber encontrado el lugar donde se escondía alguna cosa de gran importancia que permanecía oculta desde hacía decenas de años. Desconocían qué era, pero seguramente era algo transcendental para las personas que lo escondieron.
“¿Y quienes eran esas personas?”, preguntó Marlon.
“Creo que es lo que está a punto de averiguar mi abuelo. Supongo que lo sabremos esta tarde”.
Robert abrió el mapa que traía. “¿Los ves Theodor?. ¿Ves estos signos?”.
“Sí. Son los mismos que aparecen en los otros mapas. Aparecen en diversos partes del valle. Pero … Éste, éste parece distinto ¿no?. En este mapa, se ven mejor.”, dijo Theodor.
“Es que este mapa es una copia ampliada del original. La conseguí en el archivo histórico de la ciudad. Mira los símbolos, ¿no ves que todos parecen apuntar hacia una misma dirección?.”, comentó Robert.
“Es cierto, sí. Apuntan hacia el más grande. Parece estar en una isla ¿no?”.
“¿Sabes dónde está esa isla abuelo?”, preguntó Eldia.
“Me temo que ya no existe”, contestó Robert.
“Vaya, vaya, que pena, ya no encontraremos lo que estábamos buscando. Vaya…”, lamentó Eldia en tono de decepción, cruzando los brazos y bajando la cabeza mientras dio un golpe con la planta del pie derecho en el suelo, como dándole la culpa del obstáculo.
“Eldia, niña impaciente, déjame acabar. He dicho que no existe como isla. No que haya desaparecido”, dijo Robert.
El rostro de la niña volvió a iluminarse con una sonrisa.
“Ahora el lugar forma parte del valle debido a que, con la canalización que se hizo hace unos años para el riego, la forma del lago varió”.
“¿Y sabe usted el lugar exacto donde señala el símbolo?”, preguntó Marlon a Robert.
“Es. Es mi casa. Será posible. Justo aquí está mi casa…. Increíble, inverosímil, insospechado …. ¡Entusiasmante! …..Tenemos que ir allí ¡YA!. Vamos, vamos tripulación.” vociferaba el hermano de Robert dando grandes zancadas por la estancia y haciendo aspavientos con los brazos.
“Theodor en estado puro”, le dijo Eldia a Marlon en voz baja. Ambos sonrieron agachando la cabeza y mirándose de reojo en señal de complicidad.
“Espera Theodor …. Respira, ¿quieres?. Primero quiero consultar la documentación que me ha enviado Anthony.”, dijo Robert.
“Está bien. Está bien. Mientras lo haces, nosotros vamos a preparar la nave. Mantennos informados. ¡Vamos a bordo niños!”
Salieron del estudio y dejaron a Robert con la tarea. Abrió el paquete y estudió ligeramente los papeles.
“Perfecto. Perfecto. Ya lo tenemos.”.
Salió del estudio y se dirigió hacia el globo. “¡Eh, eh!. Ya sé quienes son. Ya sé qué significan los símbolos.”
Todos fueron hacia él.

…..

 

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2 respuestas a Marlon y el río (3)

  1. Lola Caos dijo:

    Muy entretenido…quedo curiosa.

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