En un banco de la plaza

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Tras la jornada, cuando el día languidece y pasa a ser descanso, suele sentarse en un banco de la plaza. A esa hora, es un entramado de gente entrecruzándose como el mimbre en el tejido de un cesto, un circuito intermitente de movimiento desordenadamente coordinado.
Personas que van, salen o se trasladan, de sus trabajos, a sus casas, pasean, esperan, conversan … Flujo de las calles en horas transeúntes. ¿A dónde irán?. ¿De dónde vendrán?. ¿Cuáles serán sus ilusiones, sus inquietudes, sus penas o sus miedos, su historia? …
El caballero del traje, alto, correcto, seguro aparentemente de sí mismo, pero con una mirada y pasos melancólicos. Lleva un paquete en la mano. Lo contempla, se lo acerca a pecho, cierra lo ojos, suspira y sonríe.
La niña del brazo de una muchacha, alegre, de labios curiosos, espacios imparables y con la más tierna expresión de admiración que se ha visto nunca.
Los dos jóvenes enamorados, entre ellos y de la vida, con esa explosión de sensibilidad que regala la adolescencia, cogidos de la mano y de dos corazones que se entregan. Él la abraza con el pensamiento y el cuerpo. Ella reposa la cabeza y su sensibilidad en su hombro mientras el cabello le resbala por la cara cubriéndole una mejilla.
Dos señoras con ímpetu de niñas y cuerpo amable. Se hablan entendiéndose. En sus brazos y en su complicidad todo aquello que no se puede adivinar ni comprar: sus historias, sus vidas, sus entrañas compartidas, trabajadoras, fuertes, suaves y valientes. Se ve en sus pasos, en sus gestos. Valientes, fuertes y suaves. Bellas.
Unos ancianos, de mente inquieta y pasos afables, compañeros de discursos, juegos, amistad, de existencia y años, construyendo el mundo con sus palabras, teorías y vivencias. Discuten sin discutir, sonríen y conviven con esa tolerancia que solo dan los días y el aprendizaje. Tranquilos y llenos de plenitud.
Ella, corre y carga bolsas, prisas. Joven, guapa de actividad y cosas por hacer. Pelo corto y brillante, gafas bonitas, piernas largas y falda al viento. Llena de todo. Sin tiempo y con todo el del mundo ocupado en ellos. Se acercan. Dos preciosidades de poco más de un metro de altura y cien mil kilómetros de cariño. Se le agarran a las piernas y a la razón de ser. Ella sonríe y se le abre el corazón. Detrás de las criaturas, otra con el pelo gris y los ojos tiernos. Madre de ella y amiga. Se saludan con los labios sin hablar, transmitiéndose esa energía de la sangre compartida y de los lazos de lo umbilical.
Un grupo de pequeños, grandes de futuro. Corren, saltan. ¡Cuánta vida por venir!. Pelo, ropa y diversión alborotados de felicidad, entusiasmo y energía.
Y otros muchos, infinitos: hombres, mujeres, jóvenes, viejos, tristes, alegres o ambas cosas, altos, bajos, guapos, feos, inquietos, tranquilos, libres, ocupados, solos, acompañados, preocupados, sencillos, complicados … Todas esas personas, de pensamientos, vidas e inquietudes por explicar, por descubrir, por imaginar, por conocer.
Y, en el otro lado de esa plaza, de muchas otras plazas y de muchos otros sitios, alguien también contempla todo ese indescriptible, interminable, intenso, inmenso y compartido laberinto que constituye la humanidad.

* Imagen extraída de internet.

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