Contagiarnos de optimismo

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A veces, nos empeñamos en encerrar nuestras aperturas en mundos interiores y en pretender demostrar que ni nosotros ni el mundo somos ni tan buenos ni tan malos, ni tan bonitos ni tan feos, ni tan perfectos ni tan caóticos, ni tan … lo que sea.
Alegar o pensar que todo está en contra de uno no hace más que evidenciar que es uno mismo quien, con toda seguridad, no acaba de comprender nada ni a los demás.
La vida te golpea, pero también te abraza. Unas veces te sonríe, otras te daña, siempre te enseña y, en la mayoría de los casos, hace que aprendas. No está en tu contra, sino a tu lado.
Y en esos días en los que me invade la queja, normalmente infundada y siempre exagerada, pienso en aquellas personas que tendrían muchísimos motivos para tirar la toalla y, en cambio, sonríen, agradecen poder seguir y además ayudan a seguir a los demás. Entonces, me paro, reflexiono, agito la cabeza a un lado y otro y les digo a mis neuronas: “¿vais a seguir aletargadas mucho más tiempo o nos despertamos ya?“.
Alguien dijo que la felicidad no se busca; te encuentra. Quizás sea así o puede que se trate todo de una casualidad o más bien del efecto de todas nuestras acciones, omisiones, suertes, desgracias, aprendizajes, aciertos y errores.
Sea como sea, sigo declarándome fiel y seguidora de todos aquellos seres y creencias que son partidarios del optimismo y que persiguen esa felicidad, aunque el pesimismo, a veces, me aceche y las neuronas, de vez en cuando, se me duerman, porque sin la fe no habría esperanza y sin esperanza no habría futuro ni vida.

* Este texto lo he escrito esta mañana, después de hablar con M. Ella es joven, bonita y una de las personas más activas y con más entusiasmo que conozco. Cuando habla, sonríe y sus ojos desprenden esa enorme vitalidad y alegría que lleva dentro, a pesar de estar pasando por uno de los peores momentos de su vida. Tiene dos preciosos niños, de tres y cinco años, que ha decidido criar sola tras un divorcio traumático que apenas acaba de iniciar y haber pasado una larga enfermedad de su hijo pequeño, que acaba de superar. Ella es valiente, valiente y bella, por dentro y por fuera. Me comenta que el viernes empieza su tratamiento de quimioterapia. De nuevo. “Pero esta vez irá bien. Todo irá bien”, me dice con una seguridad que emociona y me hace admirarla aún más. Y yo, antes de que ella me lo contara, estaba quejándome de memeces como el exceso de trabajo, el calor y no sé cuantas tonterías más. Y, como M., hay muchas otras personas que sonríen a pesar de todo y tiran adelante con una seguridad y entusiasmo que entusiasma, admira y nos tiene que obligar a los demás a contagiarnos de ese optimismo que nutre la esperanza y alimenta la vida, porque ellas se lo merecen y los demás se lo debemos. Nos lo debemos.

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5 respuestas a Contagiarnos de optimismo

  1. La vida es dura.
    La felicidad son gotas que enseguida secan.
    Nacer con el don del optimismo no es para todos.
    Decía un pesimista: Nos engañan con las historias que terminan bien, siempre al final mueren los dos.
    Esa no es la actitud. Hay que disfrutar el presente, que al fin y al cabo, es lo único que tenemos.
    Un saludo.

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