Con el sentido del sentimiento

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Intentamos circular sin frenos por esas avenidas interminables de la existencia y nos ahogamos en las rampas por pretender llegar antes no se sabe dónde ni para qué.
Vemos a lo lejos el destino. Ahí, a lo lejos.
La bruma nos cala en vez de limpiarnos el polvo de la ansiedad o el miedo.
Caemos en la trampa de no contemplar las señales que dan paso a una salida, como un ciego que no oye ni puede tocar.
Y, entonces, una mirada fija y extraviada, de unos ojos llamándote a gritos en un susurro bajo el pecho, te dice: “Ven, vuelve. Soy tu niña interior. Me dejaste aquí sola, dentro.”
La has oído y la ves. Eres tú, junto a todo lo que te forma, confirma y conforma. Te olvidaste un día de ti y no sabes el motivo. Entonces, te ves, para bien o para mal, pero te ves. Y te das cuenta de que crecen margaritas en el asfalto, abrazos en el alma y calles en el corazón.
Y escuchas de nuevo el mar, la ciudad y el bosque, el día abriéndose, una puerta, el azar, el sentido de las cosas y la vida, las palabras de la razón y la emoción, las nubes y el Sol, las entrañas de lo que harías, el ruido y el silencio de los pasos y de las paradas, lo inexplicable de los porqués y comprendes que el sentido, el significado, es el sentimiento.
E intentas salir y también entrar en ti mismo y en el mundo. Renaces o lo intentas. Vives o lo intentas. Sobrevives o lo intentas. Con todo el sentido, con todo el sentimiento.

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