Saltar

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Quizás se trate de sentarse junto a un precipicio con el vértigo a flor de piel y hacer como esas palmeras contorsionistas que intentan llegar al mar, como esos árboles que se ponen de puntillas para ver el cielo, como las flores prímulas de los almendros o como el primer rayo de Sol que se filtra por las rendijas de los cobertizos.
Copiar la delicadeza en los movimientos de los felinos, de los pájaros, de las hojas con la brisa y de las nubes, para no hacer daño.
Ser como la voluntad de un bebé al nacer, antes y después de arrancar a llorar y a vivir.
Crecer y luchar como las raíces abriéndose paso a través del asfalto en las aceras, buceando por los manglares, como los juncos vistiendo la piel de los ríos y las ramas emergiendo de los troncos hacia el aire, por las fachadas y trenzando los bosques y los jardines haciendo un tejado de naturaleza.
Vallar las vallas con salidas emergentes, igual que las acciones eufóricas de los locos sin altar y los cuerdos sin atar. Esos que nos llenan la razón de corazón y nos hacen avanzar.
Tensar los músculos para reforzarnos el cuerpo y el espíritu de optimismo, cual lienzo esperando ser cuadro y sustento de una obra.
Librarnos de las consecuencias, al igual que hicieron los esclavos que huyeron antes de que todo se tranformara en servidumbre disfrazada de libertad.
Colonizar los interiores como hacen los corales en los latifundios del mar y plantarlos de colores, dando esa vistosidad y movimiento a lo increíble que se vuelve todo cuando renace o decide continuar.
Comprender que no es necesario entender sino sentir lo inexplicable de cada historia, de cada casa, de cada caso, de cada ocaso y de cada amanecer.
Colgarnos de ese “no tengo ni idea” y de esos “¿y qué?” para hacernos un columpio por camino y a ver que pasa.
Creernos y querernos invencibles como los niños cuando juegan a los heroes, como después del primer beso, como las chispas en las hogueras, como el licenciado en su fiesta de graduación, como un diario adolescente, como conseguir sin pretender, como cuando haces sonreir a quien aprecias.
Ponernos de largo para la vida, al igual que quien se arremanga para trabajar, al igual que parar el despertador para soñar, al igual que remar para dejarse llevar.
Rejuvenecer y llenarnos de energía con la explosión de alegría y vitalidad de un convencimiento, de la primavera de cada idilio, propio o ajeno, o de los mimos de cuando la existencia nos sonríe.
Aprender a describir y a escribir la comprensión, a escribirnos, a no romper y a no rompernos, a reparar y a no ser irreparables.
Volvernos crisálidas, semillas, polvo, savia, germen y fórmula de todo lo imprevisto, del futuro y de todo lo bueno.
Imitar a la calma convirtiéndonos en paz.
Transformarnos en un mundo de tardes eternas, campos de palabras, aldeas del descanso, partes de los conjuntos, climas de templanza, tierras que prometen, océanos de vidas, lugares blancos, carreteras sin distancia, sitios comunes, relojes intemporales y cobijos del puedo.

Quizás se trate de sentarnos junto al precipicio de la vida y simplemente … saltar.

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2 respuestas a Saltar

  1. alialquimia dijo:

    Me ha gustado mucho😊 y sí, hay que saltar. Yo creo que la vida consiste en eso, saltar al vacío una y otra vez, aunque unas veces con mejor resultado que otras.

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