El Imperio de lo Imprescindible

Cada vez que llueve recuerdo el Café Du Monde. Pienso en los uno de mayo rompiendo el silencio y en las siete de la tarde tras la oficina camino de las cuevas de jazz y de las demás catedrales de sueños desenfrenados.

El asfalto es espejo cuando hay agua y la ciudad mira allí las tristezas, anhelos y locuras de sus habitantes.

Voluntarios nómadas, sedentarios del inconformismo.

No son las despedidas sino los barrios perdidos en los que nos encontrábamos con los revolucionarios de la intemperie, con los colonizadores de arrabales y los diseñadores del movimiento.

¡Qué nos van a decir a nosotros que lo aprendimos todo cuando dejamos las aulas, que nos besamos como nunca cada vez que nos separaban.!

Las pancartas de los corazones se pintan con la tinta indeleble de las madrugadas emocionantes, la del futuro que derrama inquietudes.

Ningún funcionario puede vencer a los súbditos del imperio de lo imprescriptible que tiene perseguir todo lo humano, a los feligreses de la utopía y de las causas que no permiten que perdamos la esperanza y la alegria.

Esta noche nos espera hacer planes. ¿Vienes?

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