Lirismo de la matemática

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Su casa es como una adivinanza, llena de misterio, ingeniosa y con una lógica arrebatadora.
Parecía tener un pacto con el Sol y que el mar, la tierra y las circunstancias le hablaban del universo.
Irradiaba la lucidez que tiene la suerte de esos días generosos en los que el tiempo es fácil y pensar casi una filosofía.
Siempre evitó los nunca y rodeó de energía cualquier desafío o cotidianidad.
Al vestirse de ciencia, nos desnudó las entrañas y llenó de estrellas los ruidos de la calle.
Su sabiduría es esa inteligencia que te enseña a aprender y a comprender las maravillas y misterios de la existencia.
Un ejemplo de superación, una lección de vida.
Pi se lo llevo al espacio, dejándonos una silla infinita de conocimiento.
Y, gracias a él, los agujeros no son tan negros y la física es más poesía.

“Cada día es una recompensa”.
“El universo no es más que un poema complejo”.
Stephen Hawking

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Tu día … Mujer

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No soy feminista, pero no me gusta que el importe de los salarios no dependa solo de la capacidad o formación de quien los percibe.

No soy feminista, pero me irrita que los anuncios de juguetes, los de coches, los de productos de limpieza, los de alimentación y casi toda la publicidad sean descaradamente sexistas.

No soy feminista, pero me indigna que, en España, todavía no haya habido una Presidenta del Gobierno.

No soy feminista, pero no concibo que, para algunos hombres, tener pareja sea sinónimo de tener una propiedad.

No soy feminista, pero no encuentro justo que, casi siempre, quien quiera o tenga que renunciar para cuidar a la familia sea la mujer.

No soy feminista, pero no puedo aceptar que todavía existan sitios en los que no se permita la entrada de mujeres, sitios en los que se exija el burka y lugares en los que se practique la ablación.

No soy feminista pero no me resigno a que el trabajo de casa no sea considerado trabajo y que haya “jefes” dando por sentado que, en el sueldo de sus empleadas, se incluya poderlas tocar o vejar.

No soy feminista, pero me harta que siempre sea un príncipe el que salve a una doncella y no sea una guerrera que salve el mundo.

No soy feminista, pero echo en falta más hombres haciéndose cargo de niños o ancianos y menos mujeres limpiando habitaciones de hoteles por una miseria.

No soy feminista, pero me sulfura que llamar “zorra” o “vieja” a una mujer se considere un insulto y tratar de “zorro” o “viejo” a un hombre casi sea un halago.

No soy feminista, pero no me resigno a que sigan habiendo cada vez más víctimas de violencia de género.

No soy feminista … O quizás sí.

Y no soy machista, pero reconozco que hay hombres que no lo son y que pueden ser tanto o más feministas que nosotras, que la galantería no tiene porque considerarse ofensa y que no tienen nada de malo los vestidos ajustados, que las mujeres muestren o luzcan, si lo desean, su cuerpo y feminidad. Llevo y adoro los tacones, la lencería, las medias transparentes, el rímel, los bolsos de colores, las tiendas de brillos, a George Clooney y a Jean Austen, ser coqueta, los abalorios y la decoración.

De la misma forma, critico al talibanismo que te considera menos mujer si no eres madre o esposa o menos que otras si eres ama de casa, al que solo viste a las niñas de princesas y no de heroinas, que no deja jugar a los niños con muñecas, que pinta de rosa o azul las habitaciones en función de si se trata de hija o hijo. Critico a las mujeres cuando se levantan dos horas antes de ir al trabajo para dejar preparados los “tuppers” y todo lo demás y no se dejan ayudar. Y critico a los padres cuando insisten en que sus hijos jueguen al fútbol o al baloncesto aunque los pequeños lo odien, cuando los obligan a hacerse los fuertes porque son “unos machotes” o cuando les dicen que leer poesía o depilarse es de gays, cuando no dejan salir de noche a la niña porque es niña y cuando felicitan a su hijo por tener muchas novias aunque no las quiera, mientras piden a su hija que vaya a la cocina y les traiga una cerveza para no levantarse del sofá, todo ello con la mirada condescendiente de la madre.

Que a una mujer no le gusten las peluquerías ni los salones de belleza no la transforma en marimacho (un término odioso, por cierto). Que la prensa del corazón y los programas de cotilleo pueden gustar o no, pero no son solo para mujeres.

Que si te gustan los coches y las motos, disfrutas conduciendo, con la ciencia, la tecnología o los deportes y detestas las fiestas familiares o las revistas de moda no significa que estés perdiendo tu feminidad, ni tampoco trabajar de camionera o mecánica o no saber cocinar o coser.

Que un hombre puede hacer la compra, poner una lavadora, ayudarte y hacerte el amor de la manera más tierna o apasionada sin que peligre ni su testosterona ni tu autoestima y que puedes descansar, quererte y dejar de ser perfecta todo el tiempo y no pasa nada.

Que ser más guapo o más feo, más listo o más tonto, mejor o peor que nada o nadie no tiene nada que ver con ser hombre o mujer.

No soy machista … O quizás sí.

No creo que las mujeres y los hombres sean iguales. Lo que creo es que, como personas, han de ser tratados de igual forma y sin ninguna distinción.
Todo ser humano, sea hombre o mujer, es único y diferente al resto. Un individuo dentro de una colectividad formada, a su vez, por otros individuos. De lo que se trata no es de igualar, sino de no discriminar, de respetar e integrar cada especificidad y nunca utilizarla para menospreciar, ningunear, creerse superior ni inferior o maltratar a nadie por el hecho de ser de uno u otro sexo (y quien dice sexo, dice ideología, raza o religión).

No sé si soy feminista o no, que más da, pero pienso que existe en nuestra sociedad un claro trato discriminatorio hacia la mujer, por muchas y diversas razones. Protestar, denunciarlo e intentar evitarlo es una necesidad y un deber de todos, para que no se hagan necesarios actos ni días como los de hoy, salvo para celebrar que se ha logrado el objetivo perseguido.

Que nunca te pisen ni pises a nadie.
Un nido de bosque y un manto de mar.
Que, aunque a veces llores, seas feliz.
Que, si te caes, nunca te hundas.
Una vida sincera.
Que sigas tan bella por dentro y por fuera.
Que siempre imagines.
Una mano amiga siempre a tu vera.
Que tengas valor y no te importe el dinero.
Que seas lugar y hogar para ti.
Tus ojos de jungla. Tu aura de cielo.
Que seas muy fuerte y sobretodo ternura.
Que veles por todos y que vuelen por ti.
Un abrigo de lazos.
Que te besen el alma.
Que seas consuelo.
Sábanas de día para noches tranquilas.
Que no te falles ni le faltes a nadie.
Que, si te rindes, sea por y para existir.
Campos silvestres sin ninguna batalla.
Que, si estás en peligro, te encuentres a salvo.
Que los caminos que sigas no sean tortuosos.
Que seas sosiego y volcán de pasiones.
Un lindo futuro con instantes eternos.
A tu lado, siempre. A mi lado, tú.
Tu niña … Tu ser. Mujer.

* A todas nuestras niñas, las que serán mujeres y las que ya lo son, las que llevamos dentro y las que necesitamos cerca, para que crean, para que vivan y para que se desvivan siempre por ser y florecer.

8 de Marzo de 2018. Día Internacional de la Mujer

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Flores de Almendro

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Contemplarlas es como ver la paz, como caminar hacia un misterio,
como un ramo acurrucado de naturaleza, como un pensamiento.

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Como el nacimiento de un brote en el corazón, como el cabello de una niña,
como bucear dentro de una sábana, como el alma de la tranquilidad.

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Como un pañuelo de elegancia, como una oda mágica,
como la forma de una esencia.

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Prímula primavera, un milagro en cada priscilo,
como ver la luz de un árbol.

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Una estela de pétalos, una balada de dulzura,
como recorrer un encanto.

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Vestido del febrero en los almendros, manto del paisaje en nacimiento, frutos en flor.

 

 

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Todo eso … La Radio

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Siempre he creído que es un estadio intermedio, un híbrido, una mezcla perfecta entre la literatura, el cine y la televisión. Es la banda sonora de la vida cotidiana, el relato que se narra de una forma casi íntima al oído.
Cuando escuchas la radio, ocurre como al leer un libro: Alguien a quien no ves te habla o te explica una historia, una noticia o unos sentimientos en los que intervienen personas, hechos o personajes y tienes la impresión de ser su confidente, de que comparte contigo su intimidad. Tiene esa magia de lo conocido pero, al mismo tiempo, desconocido, de lo real pero, en cierto modo, imaginable, de lo extraño pero, a la vez, propio.
Al igual que ocurre entre escritor y lector, entre oyente y locutor se produce una especie de comunicación entrañable y casi cómplice. Ambos, sin conocerse, se conocen y, sin verse, se entienden y conectan.
Hace unos días, oía el testimonio de un locutor donde explicaba que un oyente le confesó que tuvo un accidente de tráfico y que, justo en el momento posterior, tuvo concencia de que no había muerto porque oyó su voz en la radio del coche.
En ese mismo programa y en directo, llamó una persona. Emocionada, le dijo que, a consecuencia de unas palabras suyas, decidió iniciar un tratamiento contra su enfermedad cuando casi se había dado por vencida. Ahora, gracias a ese tratamiento, se estaba curando.
Esa especial sensibilidad y relación creo que es frecuente entre el oyente y quien transmite en la radio. Hay miles de ejemplos de ella. Puedes despertarte, trabajar, conducir, bailar, relajarte, llorar, caminar, descansar … ser, estar y sentir con ella. Para muchas personas, se convierte en una compañía amiga que forma parte de su día a día.
No sabría como explicarlo. Es como un vínculo que circula por las ondas y que llega a cada destinatario de una forma distinta porque precisamente depende de como éste la perciba o se encuentre en ese momento, pero que también sirve, en muchas ocasiones, para conectar a los oyentes entre sí, a la vez de consigo mismos y con quien está al otro lado del micrófono.
¿Quién no se ha dormido con un programa nocturno escuchando una voz, una historia o una sintonía suave y tranquilizadora?.
¿Quién no se ha emocionado con la retransmisión de un acontecimiento o efeméride?.
¿Quién no ha participado sobre actualidad discutiendo o argumentando desde el coche, desde la cocina, desde el taller o desde la oficina como si fuera uno más de los invitados en las tertulias de los programas matutinos?.
¿Quién no se ha solidarizado con esas llamadas y experiencias compartidas a través de las ondas?.
¿Quién no ha dejado de respirar ante un directo de esos de corazón?.
Muchas veces, cuando escuchas la radio, te adentras en el universo de las historias que te cuentan o narran, las vives casi como tuyas, imaginas como son los lugares, los protagonistas … Es como intervenir en la realidad o ficción que te transmiten eligiendo el decorado, el vestuario, los actores. Es también ver como mira quien te describe, quien te narra.
A la radio, la dejas entrar en casa, en tu intimidad. Forma parte de lo que te rodea y acompaña.
Creo que podría definirla como el medio de comunicación más intimista, más cercano. Es como un libro con voz, como un amigo invisible, como un regazo que te llena de historias y emociones … Todo eso. La radio.

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Planes

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Podríamos pasar unos cuantos momentos absorviendo el aura arrebatadora de una complicidad o acurrucarnos entre los secretos de un discreto rincón nocturno.
Podríamos contemplar la miscelánea de un libro, de un cuadro o una persona o gritarle a la vida que, a veces, es tan bonita como una sinfonía o como una oda.
Podríamos ponerle una escena de Fellini a los arrabales de las tardes intrascendentes o alunizar en los brazos desnudos de una escultura.
Podríamos filosofar sobre el mecanismo de las mariposas o tomarnos una cerveza en medio de una jungla de intensidades.
Podríamos compartir una Moleskine, una mesa en el café de la opera o un banco junto al mar.
Podríamos interpretar el lenguaje de las golondrinas o sofocar las mejillas de los Dioses en un confesionario improvisado de plenitud.
Podríamos crear un lenguaje para los versos y una poesía para los besos o reirnos de lo que es divertido para apartar las tristezas.
Podríamos descubrir y visitar todas las ciudades de papel o flotar en la ingravidez de la imaginación justo antes de transformarse en obra.
Podríamos quedar para cenar entre imágenes conmovedoras o perder la cabeza cerrando el paraguas y sin casco, por si llueve.
Podríamos discurrir sobre lo inútil de elucubrar o sentarnos en el columpio de las cosas divertidas y dejar de pensar.
Podríamos abolir la pena de muerte y todas las penas o comernos los días a besos y, de postre, andar a tientas por todos los lugares de la confianza.
Podríamos convertirnos en exploradores decimonónicos y viajar a los interiores de los relatos de Verne o recitar conjuros blancos para provocar la resurección de las costumbres encantadoras.
Podriamos quitarle la pereza al desencanto y ser hogar para quien lo necesite o ir a pescar a la orilla de la tinta con cañas, hilos y carretes de letras.
Podríamos regalarnos o hacer una ofrenda a los chamanes de lo que quisiéramos.
Podríamos coger de la mano los obstáculos y llevarlos a dar una vuelta de tuerca o interrumpir las preocupaciones con dosis de improvisación.
Podríamos escalar los pétalos de una clavícula con la mirada o contagiarnos de la literatura de un campo de azucenas.
Podríamos darnos por vencidos ante el tono almibarado de un paisaje y rodear de caricias las argumentaciones insostenibles.
Podríamos ayudar a Sisifo y llevarlo hasta la cumbre para dejarnos caer en cada locura o ponerle más a todos esos énfasis de vocación.
Podríamos pasar el día sin pasar el tiempo o adquirirnos sin dinero dándonos intensivamente valor.
Podríamos escribir un diario y borrar un telediario o hacer origami con el papel que deberíamos hacer transformándolo en una parajita de deseos.
Podríamos salir … salir de nosotros y entrar en los demás, en el mundo, para hacer y sentir todo lo que nos hace y hace vivir.

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Saltar

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Quizás se trate de sentarse junto a un precipicio con el vértigo a flor de piel y hacer como esas palmeras contorsionistas que intentan llegar al mar, como esos árboles que se ponen de puntillas para ver el cielo, como las flores prímulas de los almendros o como el primer rayo de Sol que se filtra por las rendijas de los cobertizos.
Copiar la delicadeza en los movimientos de los felinos, de los pájaros, de las hojas con la brisa y de las nubes, para no hacer daño.
Ser como la voluntad de un bebé al nacer, antes y después de arrancar a llorar y a vivir.
Crecer y luchar como las raíces abriéndose paso a través del asfalto en las aceras, buceando por los manglares, como los juncos vistiendo la piel de los ríos y las ramas emergiendo de los troncos hacia el aire, por las fachadas y trenzando los bosques y los jardines haciendo un tejado de naturaleza.
Vallar las vallas con salidas emergentes, igual que las acciones eufóricas de los locos sin altar y los cuerdos sin atar. Esos que nos llenan la razón de corazón y nos hacen avanzar.
Tensar los músculos para reforzarnos el cuerpo y el espíritu de optimismo, cual lienzo esperando ser cuadro y sustento de una obra.
Librarnos de las consecuencias, al igual que hicieron los esclavos que huyeron antes de que todo se tranformara en servidumbre disfrazada de libertad.
Colonizar los interiores como hacen los corales en los latifundios del mar y plantarlos de colores, dando esa vistosidad y movimiento a lo increíble que se vuelve todo cuando renace o decide continuar.
Comprender que no es necesario entender sino sentir lo inexplicable de cada historia, de cada casa, de cada caso, de cada ocaso y de cada amanecer.
Colgarnos de ese “no tengo ni idea” y de esos “¿y qué?” para hacernos un columpio por camino y a ver que pasa.
Creernos y querernos invencibles como los niños cuando juegan a los heroes, como después del primer beso, como las chispas en las hogueras, como el licenciado en su fiesta de graduación, como un diario adolescente, como conseguir sin pretender, como cuando haces sonreir a quien aprecias.
Ponernos de largo para la vida, al igual que quien se arremanga para trabajar, al igual que parar el despertador para soñar, al igual que remar para dejarse llevar.
Rejuvenecer y llenarnos de energía con la explosión de alegría y vitalidad de un convencimiento, de la primavera de cada idilio, propio o ajeno, o de los mimos de cuando la existencia nos sonríe.
Aprender a describir y a escribir la comprensión, a escribirnos, a no romper y a no rompernos, a reparar y a no ser irreparables.
Volvernos crisálidas, semillas, polvo, savia, germen y fórmula de todo lo imprevisto, del futuro y de todo lo bueno.
Imitar a la calma convirtiéndonos en paz.
Transformarnos en un mundo de tardes eternas, campos de palabras, aldeas del descanso, partes de los conjuntos, climas de templanza, tierras que prometen, océanos de vidas, lugares blancos, carreteras sin distancia, sitios comunes, relojes intemporales y cobijos del puedo.

Quizás se trate de sentarnos junto al precipicio de la vida y simplemente … saltar.

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Imprescindible

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Cada regalo, cada donación.
Escuchar.
Las miradas amables, las tímidas, las sinceras … Todas las miradas.
Prender el tiempo y disfrutar, recogerlo en momentos eternos.
Tus defectos … tus virtudes.
Pensarte.
Los días incontrolables.
Vivir sin parar y no morir de pesar o pensar.
La enciclopedia insostenible de intentar describir y el tutorial irrefutable de querer.
Saltar, ayudar, amar, para ser tú, para volar.
La fascinación … Siempre.
Contar teniendo en cuenta.
El arte … Todo. En cualquier forma, expresión, lugar y persona.
Ponerte y quitarte las pilas.
Los ratos.
Volvernos locos y respirar.
Las ruinas, los anticuarios, las casas victorianas, los jardines escondidos, los bazares, la tecnología. Un patio, las aulas. Escribir.
Nadar, navegar, aunque te ahogues.
Todo lo sencillo, la serendipia, lo extraordinario, lo sincero, lo cercano.
Llamar sin gritar, sin exigir.
Contra la injusticia.
Desordenarnos.
Lo imperfecto de lo perfecto, lo bonito de lo bello, la esencia de cada ser.
Hacer castillos de arena y nubes de algodón con la pericia de un soñador.
La música.
Decirle al equilibrio que siempre intentarás mantenerlo, aunque estés en quiebra.
Las cosas inesperadas y tropezar con maravillas.
Reir y llorar, solo o con alguien. Emocionar(te).
Abril, Octubre, Julio y todos los meses.
Poder dibujar, con las palabras, con un lápiz, con la voz, con las manos, en una piel.
El consumo de la pasión, que expone, agota, repone y te llena todos los vacíos.
Besar.
Ser realista con imaginación.
Andar perdido para encontrarte sin extraviar.
Los desayunos al mediodía. Las noches bucólicas.
Las defensas sin ataque y la lucha por los sentidos.
Poder … Lo que sea.
Ser diseñador espontáneo.
El cine.
Mirar al destino de reojo y sonreir, aunque tiembles.
Lubitsch, WoodyAllen, Berlanga y Coixet, todos a la vez, al derecho y al revés.
Tocar madera … Tocar.
Prepararte para no estar preparado. Improvisar.
Las tertulias sobre banalidades encantadoras.
Echar de menos, los nervios del día antes.
La Plaza de Mayo y todas las plazas con esperanza y reivindicación.
Viajar, vibrar, nacer. Lo casual. Lo inevitable. Los frascos de vitalidad.
El porvenir. Lo posible.
Borrarme, reescribirme. Borrarme, reescribirme … Y así.
Tomar el Sol, subir una montaña, el cielo, Babilonia en unos ojos.
Lo natural de todo. Lo personal de todos.
Enfadarte, con la tele, con el mundo, contigo mismo … Y reconciliarte.
Cuando el agua fotografía el paisaje y la lontananza te arropa las entrañas.
Intentarlo … siempre, aunque te caigas, aunque pierdas, aunque ganes.
El misterio del conocimiento.
Enamorarte.
Las ideas, absurdas o ideales. Es igual.
Explorar.
Los caprichos inofensivos.
No librarte de los libros.
Sin cosas que solo sean cosas.
Contemplar y admirar como se crea y lo creado.
Los rincones y personas tranquilizadoras.
Un cajón desordenado. Indagar.
Los bancos de los parques, la mirillas de un andén, los mercados antiguos. Esos refugios.
El detallismo de existir.
Esperar lo mejor.
Los instantes inolvidables.
Humanizar lo inhumano.
Las cruzadas para vaciar las cárceles, las jaulas, los miedos, los zoos. Para curar las penas.
Ser valiente no siéndolo … pierdas o venzas … Esa frágil fortaleza.
Los planes no planificados.
Tú.

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