Inmedible

Tres segundos dura la eternidad de un beso

Una hora infinita pasa en una despedida

Cuatro días es la vida sin final de dos amantes

Un millón de lustros para recorrer tus pupilas interminables

Media hora y un café de cada mañana que no acaba en noche

Nueve meses hasta el nacimiento inmortal de lo admirable

Sesenta minutos de las horas inconmesurables de espera impaciente.

Años luz en la estela de los momentos

Un año y un día sin final de pena por no verte

Ahora mismo y cuando quieras

Dime: ¿Cual es la edad de lo inolvidable?

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Guárdame del mundo

Que poca gente entenderá la intransigencia de un Deja Vu si no fuera porque, en el fondo, a todos nos salva un poco creer en el destino y sus reencarnaciones.

Somos feligreses del credo de la esperanza. ¿Que otra cosa sino nos salvaría del desaliento que provocan las desgracias, los miedos y nuestras insondables y genéricas contradicciones?

No sufras. No sufro.

Los flamencos y las libélulas custodian la belleza de las lagunas … Los aconseja la ternura.

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Saba / Savia

Ets la literatura d’aquells prats d’Abril que semblen infinits,

una tarda plena de tè i magnòlies blanques.

Sembles un d’aquells dies intolerables a la foscor,

la parpella dels colors que veia en Monet.

Vas i vens i voles com la boira als cims i les orenetes a l’estiu.

Ets la meva saba, les meves ales,

perquè sempre em fas somiar.

****

Eres la literatura de esos prados de Abril que parecen infinitos,

Una tarde llena de té y magnolias blancas.

Pareces uno de aquellos días intolerables a la oscuridad,

el párpado de los colores que veía Monet.

Vas y vienes y vuelas como la niebla en las cimas y las golondrinas en verano.

Eres mi savia, mis alas,

porque siempre me haces soñar.

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Poesía es Primavera

¿Qué le podría decir a la poesía?

Mil gracias y un te quiero.

Porque es primavera,

es no querer la oscuridad, es bordar lo real,

gritar las penas pero bonito,

besar o desgarrar con palabras,

cuando con los sentimientos ya no se puede.

Es engalanar los mensajes con lo emocionante,

adornar sentencias, hacer propias las confesiones,

reparar rompiendo, componer la estética de los lirios,

prender la vista, oir despacio los silencios,

llorar, reir, gozar, sufrir, morir y resucitar

con el alma de la lírica,

con lo inimaginable del lenguaje.

¿Qué le podría pedir a la poesía?

Vuelve. No te vayas. Quédate para siempre.

Veintiuno de Marzo, día mundial de la poesía y el primero de la primavera.

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El Parque de las Fuentes

I. Alberto y Serguei

Vivo en la ciudad, ni demasiado cerca ni demasiado lejos del centro, en una antigua casa ahora dividida en diversos apartamentos y locales en la planta baja. Se accede por una escalera de cuadro peldaños donde encuentras un portero automático que consiste en una placa dorada con pequeños botones blancos, al lado de una puerta de madera oscura con cristales cuadrados y biselados que tienen un pequeño dibujo tallado en el centro a modo de adorno.

Justo enfrente de la galería está la parada del tranvía. Me gustan los tranvías. Son un híbrido de tren y autobús, el café con leche del transporte público. Para mí tienen el encanto de esos objetos que se conservan como una mezcla entre tradición y modernidad y que dan personalidad a las ciudades.

Al entrar, hay una lámpara estilo art-deco y un viejo ascensor de esos en los que te puedes sentar. El interior es de terciopelo y raso granate, Se cierran con dos puertas que parecen de un armario de muñecas. En el centro hay una pequeña lámpara de lágrimas de color rosado. Parece una de esas cajas de los trucos de mago.

Mi apartamento está en la primera planta. Bueno, en la escalera, la señalan como la planta “principal”, que vendría a ser el entresuelo. Supongo que, en su día (muy en su día), sería la planta noble del edificio. Consta de tres habitaciones, una cocina, un baño y un salón, todos conectados por un largo pasillo. Los techos son altos y con filigranas y adornos de yeso en las uniones con las paredes y en el centro de las habitaciones.

El salón está en la parte delantera del edificio. Tiene una pequeña galería que da a la calle con forma de media luna y un banco que bordea la parte baja de la ventana y que, a la vez es un baúl. Me gusta leer allí mientras observo la calle. Los visillos son traslúcidos y forman ondas, como los telones de antes.

Suena ahora Bach. Es Serguei. Le tengo realquilada la habitación del fondo, la más grande, la que da al patio vecinal y al pasaje que compartimos con tres edificios colindantes. Es una especie de jardín y calle privada.

Serguei es ruso y músico, una gran combinación. Toca en una orquesta, como profesión y como vocación. Me gusta oírlo tocar. Dice que ensaya, pero, en realidad, goza, disfruta. Toca con el corazón y creo que eso se nota.

El chelo es un instrumento sobrio, elegante, que llena el espacio, lo tranquiliza y lo transforma en grande. Da gusto sentir las notas a través del pasillo llenando toda la atmósfera de la casa. Es como si envasara al vacío el resto de sonidos. Suena a catedral, a una íntima catedral.

http://youtu.be/KHzfD6XLK7Q

La habitación de Serguei es sobria como su instrumento. No tiene cuadros y todo es blanco y neutro: las cortinas, la colcha, las mesitas y las lámparas. Suele dejar el chelo apoyado en la esquina junto a la ventana, al lado del galán de noche donde cuelga el frac que se pone para tocar en la orquesta. El contraste de ambos objetos con el resto de la habitación hace que parezca un decorado de un anuncio o de una película de época.

Suelo pasar mucho tiempo en el salón o en mi despacho porque trabajo en casa. El primero es para descansar y disfrutar. Es donde tengo mis libros, mis vinilos y todos mis otros objetos y juguetes preferidos iluminados con lámparas de los bazares de Damasco y Marrakesh. En el despacho está la tecnología, los fluorescentes y todas las prisas.

Pero mi estancia preferida es el baño, con las baldosas de la pared blancas y el suelo de color roto con lunares negros en forma de rombo. Tiene una bañera antigua, con patas y sin silicona ni mármol y con un grifo de curvas y porcelana. Es como una cheslonge que puedes llenar de agua caliente y espuma mientras te relajas.

Hay un espejo con forma de nube y dos picas ovaladas con forma de concha y de una porcelana que imita al nácar.

La puerta, como todas las del apartamento, es de madera lacada, alta y en la parte superior, tiene una cristalera en forma de media luna y con cristales triangulares, como porciones de una tarta.

La bañera está junto a una ventana alta y con cristales de colores que, al reflejar el Sol, proyectan el arco iris en la pared.

En un extremo del parque hay un conjunto de cinco fuentes que brotan del manantial, saliendo del muro que linda con la montaña, como si se tratara de un abrevadero. Alrededor del muro crece la hiedra, los lirios y un hermoso arce.

Todas las mañanas suelo ir al Parque de las Fuentes. Está cerca de casa, a escasas dos manzanas, justo al lado del balneario construido a mediados del siglo XIX junto al manantial de aguas termales.

A las fuentes se llega a través de un paseo rodeado de olmos que bordea todo el parque y, a uno de los lados, hay unos cuantos naranjos y dos magnolios.

En el centro, hay una pequeña plaza redonda rodeada de tilos y algunos bancos, donde suelen jugar los niños o tumbarse la gente para descansar.

Hay en la plaza un quiosco que hace las veces de cafetería, donde suelo comprar el períódico y sentarme en una de las mesas de su terraza tomando algo. El quiosco es de hierro y está pintado de un verde oscuro combinado con detalles color cobre. Las puestas se abren a la altura de la barra como si fueran párpados que se sujetan con unas barras de metal.

Desde hace algunas semanas vengo observando como va siguiendo la hilera de tilos y va recogiendo algunas hojas y flores. Las guarda en una bolsa de tela que cierra tirando de dos cordeles en sentido opuesto.

Después, se sienta en uno de los bancos y lee durante un rato o se pone unos auriculares y escucha supongo que música. Cuando son las doce y media en punto, recoge y se va.

Lleva un abrigo de verano de color avellana, un pañuelo atado al cuello de color ciruela y el pelo recogido hacia atrás en una coleta.

Anda despacio y con la lentitud de esas personas que lo observan todo. Sus zapatos, cómodos y usados, parecen conocer el parque de memoria.

Ese día, tras observar la misma escena, volví a mi periódico y, cuando alcé de nuevo la vista, ya se había ido. Seguí leyendo hasta la hora de comer. Cuando ya me iba, vi que en uno de los bancos de la plaza había alguna cosa. Me acerqué y vi que era la bolsa de tela llena de hojas de tilo y algunas flores de azahar. Deben ser de los naranjos que están más abajo.

La cogí. Primero pensé en dársela al dueño del quiosco por si veía a la persona del abrigo, pero finalmente decidí que era mejor guardarla y dársela personalmente al día siguiente.

II. Marcos

  • He decidido ir la Parque de las Fuentes a recoger flores y hojas de los tilos y de los naranjos. Ahora es como mejor están.
  • Me llevaré el saco de tela para no estropearlas. Estos días tengo las mañanas libres. Aprovecharé para estudiar un rato. A esa hora no hay mucha gente.
  • Hoy es el cuarto día que vengo. Está siempre allí, leyendo el periódico en una de las mesas del quiosco. El color oscuro de su chaqueta contrasta con el fondo claro de los árboles en flor. Le da ligeramente el Sol en la espalda. Tiene un tic: juega con el dedo índice de la mano derecha a hacer círculos o tirabuzones con un mechón de pelo. Siempre lo hace mientras lee.
  • ¡Vaya!, las doce y media, debo irme” …

El apartamento tenía cuatro habitaciones y estaba en un tercer piso. Lo había alquilado junto con tres compañeros de trabajo. En la parte delantera, daba a la calle colindante con el Parque de las Fuentes.

Trabajaba en una multinacional, en el laboratorio. Recientemente y tras quince años en la empresa, le habían recomendado aprender alemán. Aunque, al principio, le resultó complicado, ahora se lo tomaba como una necesidad y una mejora en su trabajo y en su formación.

Acudía a una academia que estaba cerca de su casa, a unas manzanas, donde impartían clases de varios idiomas.

Iba cada día a clase desde las cuatro hasta las seis de la tarde.

Su horario laboral era flexible. Había días en los que trabajaba doce horas seguidas y otros solo unas pocas, dependiendo de la investigación o proyecto que realizar. 

Tenía unos días de vacaciones. Solía ir al parque a pasear y leer un poco. Además, en esta época, los tilos y los naranjos estaban en flor y recogía sus flores para llevárselas a sus padres, a quienes solía ir a visitar los fines de semana.

Era ya la una de la tarde y entraba en casa.

  • ¡Vaya!, he debido dejarme la bolsa en el parque. Iré a buscarla.

Cuando llegó, revisó la zona y no vio nada.

  • Bueno, vendré mañana y recogeré unas pocas más. Ahora no tengo tiempo si quiero llegar a la hora a la academia.

Salió de casa y fue hacia la academia. Mientras esperaba para entrar en clase, se entretuvo leyendo los anuncios del tablón. Le llamó la atención uno de ellos en los que un estudiante de lengua castellana buscaba a alguien para practicar el idioma, ofreciendo a cambio practicar el idioma ruso o alemán. Tomó nota del teléfono y el email que figuraban en el anuncio. Pensó que sería una buena idea practicar el idioma y, a la vez, que otra persona practicara el suyo. Después, entró en clase.

III. Serendipia

  • Prepararé algo de comer y me pondré a trabajar. Tengo un montón de tarea pendiente y debo entregarla la semana que viene. Soy corrector de textos. Puedo decir que me gusta mi trabajo porque me permite leer y conocer multitud de contenidos, materias y puntos de vista.
  • Oigo ruido en la cocina, quizás Serguei ya haya llegado. Solemos comer juntos casi cada día, más bien temprano, porque, a las cuatro de la tarde, él asiste a clases de lengua española en una academia que está cerca de casa.

Mientras almorzaban, Serguei le comentó que había puesto un anuncio en la academia para practicar el español ofreciendo a cambio practicar el ruso o el alemán. Hablaba alemán porque su madre era natural de Bonn y él había residido allí con su familia desde que tenía diez años. También dominaba el ruso porque su padre se lo había enseñado.

Al día siguiente, fue al parque, compró el periódico y se sentó en una de las mesas del quiosco.

Eran las once de la mañana. Tras unos encargos Alberto fue al parque, recogió unas cuantas flores de los naranjos y después fue a la plaza de los tilos a recoger algunas más.

  • Creo que esto es tuyo, oyó que le decían desde atrás.

Se giró y le vio con la bolsa en la mano.

  • ¡Oh!, creo que sí, debí olvidarla ayer en el banco.
  • Cierto. La encontré y la guardé por si venías.
  • Muchas gracias. Suelo venir cada día a pasear y leer un rato y, en esta época, aprovecho para recoger algunas hojas y flores de los tilos y los naranjos.
  • Lo sé. Te veo cada día.
  • Yo también te veo. Sueles sentarte leyendo el periódico junto al quiosco.
  • Soy Marcos. Es un placer conocerte.
  • Yo soy Alberto.

Hablaron durante más de dos horas sobre todo y sobre nada.

Resultó que sus padres residían en la misma población, a unos cuarenta kilómetros de la ciudad. Seguro que se conocerían, porque no era muy grande.

Por la edad – se llevaban dos años – seguro que hasta habían ido juntos al colegio.

  • ¡Que pequeño es el mundo y que grande la casualidad!, comentó Marcos.
  • E imprevisible, contestó Alberto.

Decidieron que, si coincidían en el parque, aprovecharían para charlar.

Al llegar a casa, Marcos decidió ponerse en contacto con la persona del anuncio. Llamó por teléfono, pero no lo contestaron. Entonces optó por enviar un email.

Serguei estaba ensayando con la orquesta cuando sonó el teléfono. Lo puso en silencio tras la mirada inquisitiva del director. Hizo un gesto de disculpa.

A terminar, comprobó que la llamada era desde un número que no conocía …

Como cada día al llegar a casa, comprobó la bandeja de entrada del correo electrónico: publicidad, notificaciones de suscripciones, algunos emails de trabajo y un mensaje que contestaba al anuncio que colgó en la academia. El remitente decía estar interesado en la oferta. Suscribía el mensaje Marcos y el teléfono al que remitía era el mismo que el de la llamada no contestada.

Decidió entonces telefonear a Marcos y quedaron en verse esa misma tarde, a las tres y media.

El encuentro fue bien. Hablaron durante unos veinte minutos, hasta la entrada a clase.

Ambos estuvieron de acuerdo en realizar las prácticas de cada uno de los idiomas, todo y que el nivel de castellano de Serguei era muy superior al nivel de alemán de Marcos.

No obstante, decidieron probar la experiencia.

Dado que el Parque de las Fuentes quedaba a medio camino entre las casas de ambos y la academia, acordaron, en principio, quedar allí dos días a la semana a las tres de la tarde.

Empezaron al día siguiente.

Marcos lo comentó con sus compañeros de piso y alguno de ellos también mostró interés en probar la experiencia.

Por la mañana, Marcos fue al parque y se encontró con Alberto. le gustaba conversar con él. Resultaron tener gustos y aficiones comunes. Le dijo su apellido: “Guillén”.

Preguntaría a sus padres sobre su familia y Alberto a los suyos. Seguro que se conocían. de hecho, todos seguían viviendo en la misma localidad.

Al mediodía, Serguei explicó a Alberto el acuerdo con Marcos y que se encontraría con él a las tres.

Alberto, atando cabos, le dijo sonriente:

  • Creo que voy a acompañarte. me parece que conozco a esa persona.

Serguei, entre sorprendido e intrigado, asintió en señal de conformidad.

A las tres llegaron al parque, donde Marcos estaba esperando en un banco de la plaza de los tilos.

A su lado, otra persona. Al verla, Serguei fue hacia ella entusiasmado:

  • ¡Matías!, le dijo.

Él se giró:

  • ¡Serguei!, ¿pero qué haces aquí?, dijo el otro.

Era el hijo del encargado del mantenimiento del Auditorio donde ensayaba. Lo conocía Serguei porque, de vez en cuando, iba a ayudar a su padre. Era técnico de sonido y una de las primeras personas con las que hizo amistad al llegar a España. de hecho, seguían viéndose con regularidad.

  • No tenía ni idea que hablabas alemán, le dijo
  • Ni yo de que querías aprenderlo, contestó Serguei.
  • ¡Que pequeño es el mundo!, afirmó entonces Matías.
  • Y que grande e imprevisible es la casualidad, respondieron casi al unísono Marcos y Alberto.

Porque hay veces en que las casualidades inesperadamente se convierten en las causas de todos los efectos y afectos. ¡Esas maravillosas veces!

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Hermosa fragilidad

No merece el mundo más guerras, cuando se han muerto tantos y se ha matado tanto,

Merece cada día la paz de esas mañanas cálidas y tranquilas de las bahías en los días de calma.

No merece el mundo más invierno, cuando ha llovido tanto y tiembla todo,

Merece la primavera y la poesía de los prados de azucenas y los campos de lavanda y amapolas.

No merece el mundo más tortura, cuando duele tanto y han sufrido tantos,

Merece infinitos momentos de esperanza, como los encuentros felices y la mirada de los niños.

No merece el mundo más tristeza, cuando se ha llorado tanto y se han marchado tantos,

Merece la alegría, como la de una sorpresa agradable, la de un reencuentro o de las buenas noticias.

No merece el mundo más guerras porque la paz, aunque a veces puede parecer frágil, es como la ternura: la más hermosa y humana de las opciones.

Parad, por favor, la guerra. Es por toda la paz que nos merecemos.

#Ucraina

youtu.be/uQGkzqtQiOI vía @YouTube

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Tinta

A veces la voz tiene el sonido del agua

Como un poema estratégico buscando rimas

Una aguja travertina hilvanando los templos

Hay ruidos en formación continua

Como una batalla entre algodón

Mayúsculas suplicando a la hache: ¡Habla!

¿Oís esa pequeña liquidez oblicua?

Es el color de las palabras

Mi tinta para vivir

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Vestida de nit / Vestida de noche

Dicen que quienes hemos nacido y crecido junto al mar no podemos vivir lejos de él y, en mi caso, es totalment cierto.

Nací, crecí y vivo junto al Mediterraneo: un mar pequeño, como mi país, Catalunya, tranquilo, como el clima que nos cuida y resguarda, abierto, como nuestras manos y acogedor como la gente de costa.

Mis recuerdos de infancia y juventud van unidos al mar: los veranos pescando por las noches con mi padre, las historias de los pescadores, las charlas con los amigos al caer la tarde tras un día de Sol y agua, las verbenas de luces y canciones en la playa, los domingos por la mañana con mi hermano y toda la família, la brisa de junio anunciando el verano, el olor a sal, las tormentas al final agosto, los atardeceres de otoño, los caminos de ronda, las fiestas de fuego y … las habaneras.

Es tradición en mi tierra que, sobretodo en verano, se canten habaneras junto al mar invitando a la gente a beber ron quemado.

Hay una preciosa habanera que canta la genial Silvia Pérez Cruz, con esa voz que parece nacida del coral. Su padre compuso esa música suave como las olas del mar cuando está calmado y su madre hizo la letra, entrañable como un recuerdo feliz.

Es mi preferida porque creo que refleja y describe lo que significa haber nacido, crecido y vivir junto a esa maravilla que es el Mar Mediterraneo.

Esta es la letra en catalán y la traducción al castellano. Una belleza, como la música y como quien la interpreta.

“Pinto les notes d’una havanera
blava com l’aigua d’un mar antic.
Blanca d’escuma, dolça com l’aire,
gris de gavines, daurada d’imatges,
vestida de nit.

Miro el paisatge, cerco paraules,
que omplin els versos sense neguit.
Els pins m’abracen, sento com callen,
el vent s’emporta tot l’horitzó.

Si pogués fer-me escata
i amagar-me a la platja
per sentir sons i tardes del passat,
d’aquest món d’enyorança,
amor i calma, perfumat de lluna, foc i rom.

Si pogués enfilar-me a l’onada més alta
i guarnir de palmeres el record,
escampant amb canyella totes les cales
i amb petxines fer-lis un bressol.

Els vells em parlen plens de tendresa,
d’hores viscudes amb emoció.
Joves encara, forts i valents,
prínceps de xarxa, herois de tempesta,
amics del bon temps.

Els ulls inventen noves històries,
vaixells que tornen d’un lloc de sol.
Porten tonades enamorades.
Dones i Pàtria, veles i flors.

Si pogués fer-me escata
i amagar-me a la platja
per sentir sons i tardes del passat,
d’aquest món d’enyorança,
amor i calma, perfumat de lluna, foc i rom.

Si pogués enfilar-me a l’onada més alta
i guarnir de palmeres el record,
escampant amb canyella totes les cales
i amb petxines fer-lis un bressol.”

***

“Pinto las notas de una habanera,

azul como el agua de un mar antiguo,

blanca de espuma, dulce como el aire,

gris de gaviotas, dorada de imágenes

vestida de noche.

Miro el paisaje, busco palabras,

que llenen los versos sin desazón.

Los pinos me abrazan, oigo como callan,

el viento se lleva todo el horizonte.

Si pudiera hacerme escama

y esconderme en la playa

para oír sonidos y tardes del pasado,

de aquel mundo de añoranzas,

amor y calma, perfumado de luna, fuego y ron.

Si pudiera subirme a la ola más alta

y adornar de palmeras el recuerdo,

esparciendo con canela todas las calas

y con conchas hacerles una cuna.

Los viejos me hablan llenos de ternura,

de horas vividas con emoción.

Jóvenes aún, fuertes y valientes,

príncipes de red, héroes de tormenta,

amigos del buen tiempo.

Los ojos inventan nuevas historias,

barcos que vuelven de un lugar de sol

llevan tonadas enamoradas,

mujeres y Patria, velas y flores.

Si pudiera hacerme escama

y esconderme en la playa

para oír sonidos y tardes del pasado,

de aquel mundo de añoranzas,

amor y calma, perfumado de luna, fuego y ron.

Si pudiera subirme a la ola más alta

y adornar de palmeras el recuerdo,

esparciendo con canela todas las calas

y con conchas hacerles una cuna.”

Los mejores regalos: el mar, la música y la ternura.

¡Feliz noche de Reyes!

Silvia Pérez Cruz – Vestida de Nit (Festival Les Suds d’Arles, 2017) https://youtu.be/qKf8R0URUyk vía @YouTube

 

 

 

 

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Sobre las estrellas

En la entrada, Carla recoge las últimas hojas de otoño, regalo periódico e intermitente de los árboles del parque, centenarios y centinelas de la historia y de las historias del barrio.

Corren dos niños hacia el ascensor con el entusiasmo de las vigilias de la felicidad inminente. Se acabaron las clases y empiezan aquellas pequeñas anarquías de cuando la obligación libra.

Pedro repara la puerta del taller como si alguna vez cerrara su innata capacidad para reparar cosas, días o personas.

Nacen orquídeas en el invernadero del principal. Son de color violeta, como los sueños de la joven que vino de Estocolmo una tarde de Octubre.

Sonríe hoy el cielo porque la noche será tomada por una estrella … por muchas estrellas juntas.

Es Navidad

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Rafael en una crisálida

Unas veces tienes el espíritu sensato, otras loco y siempre empeñado en hacerse fuerte dentro de aquella intrínseca y maravillosa fragilidad de las cosas humanas.

Con mariposas en las venas, pájaros en la cabeza, pensamiento en las nubes y tú en el corazón.

Porque mirar tus ojos es como contemplar el Renacimiento.

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