Aprender, comprender, aprehender.

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Del tiempo aprendí que dura un instante, a veces, eterno.
Del amor aprendí que, en ocasiones, duele y que siempre cura.
De la vida aprendí que lo que vale la pena y la alegría es vivirla.
Del dolor aprendí a querer e intentar curarlo.
De la experiencia aprendí a ser aprendiz de todo.
De la fragilidad aprendí que ser fuerte no significa dureza.
Del coraje aprendí que lo más valiente es reconocer que no lo eres tanto.
Del poder aprendí que no comporta poseer.
De competir aprendí su inutilidad.
De las personas aprendí que nunca son gente.
Del trabajo aprendí que no todo es trabajar.
De la sabiduría aprendí la necesidad de aprender de ella.
De la tierra y del mar aprendí a respirar.
De la lucha aprendí que no se trata de enemigos sino de metas.
De la alegría aprendí a acompañar la tristeza.
De la paz aprendí a no hacer la guerra.
De lo sencillo aprendí que no significa simple.
De la voz aprendí a escuchar.
De entender aprendí que puede tratarse de conocer, pero también de aceptar.
De los planes aprendí que te convierten en ilusión y en decisión.
De la duda aprendí que es necesaria para poder pensar.
De la amistad aprendí que es lo que más te completa, te ayuda y te hace crecer y ayudar.
De la bondad aprendí a querer(la) y a creer.
De lo poco que sé aprendí que me falta aprenderlo casi todo, que aprehender te hace querer, aprender y comprender. Siempre y para bien.

 

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Marlon y el río (4)

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Vivía al lado del río Whitson, que hacía frontera entre los dos estados. Su tío, Marlon hacía funcionar el transbordador que, ya desde los tiempos de su abuelo, cruzaba los vehículos de una orilla a otra a través de un juego de viejas cuerdas y poleas.
Desde el alba hasta el anochecer, el constante trasiego de personas, mercancías, animales y vehículos transformaba el sitio en un bullicio de lo transeúnte.
Se llamaba como su tío y era el tercero de tres hermanos. Su padre, Jeremía, como la mayoría de los hombres de la zona, trabajaba en el aserradero que estaba en Mentelly, la aldea que se encontraba al otro lado del río. Pertenecía a una importante Compañía con sede en la capital. A veces, veía aparecer un lujoso coche de color negro conducido por un chófer. Detrás, se vislumbraban las siluetas de hombres con sombrero y traje que nunca salían del coche mientras iban en el transportador.
Cuando no iba a la escuela, ayudaba a su tío. Solía encargarse de abrir y cerrar el acceso al transbordador cuando éste partía o llegaba a su destino. Consistía en un tablón de madera que se sujetada en cada uno de sus extremos en sendas ranuras que al expreso habían en las vallas que flanqueaban los laterales de la balsa, sirviendo, a la vez que de sistema de protección, de improvisados balcones en los que se apoyaba la gente que salía del coche durante el trayecto para tomar el aire, hablar o simplemente, disfrutar del paisaje.
Su madre y su tía se encargaban de la taberna y de la pequeña tienda que estaban al lado del embarcadero. La tienda era uno de esos comercios en los que, por la experiencia de años en la zona y el oficio, los viajeros podían encontrar prácticamente de todo: alimentos, tabaco, prendas de vestir, maletas, cajas, herramientas, linternas y una interminable lista de productos almacenados a lo largo de años y práctica de las tenderas.
En la taberna se servían comidas desde que abría por la mañana hasta prácticamente la noche, a base de potajes, sopas y otros platos calientes. No habían muchas mesas, puesto que muchos de los clientes solían llevarse las viandas para comérselas mientras cruzaban el río con el transbordador.
Los mejores amigos de Marlon eran dos hermanos, William y Charles, que vivían al otro lado del río. Eran hijos de Jofrey, que trabajaba para el gobierno y era el encargado de supervisar los niveles del río y otras tantas cosas que Marlon nunca llegó a entender muy bien. Siempre andaba con extraños aparatos y probetas que llenaba de agua, lodo del fondo del río y otras sustancias que llevaba al pequeño laboratorio que se encontraba al lado del embarcadero de la orilla opuesta a la de la taberna. Allí se pasaba horas haciendo mezclas, mediciones y pruebas que apuntaba primero en una pizarra de una de las paredes y después en su cuaderno de notas y en una especie de formularios que cada semana entregaba al recadero para que los llevara a la ciudad.
Wiiliam era el mayor en edad, pero no en ingenio. Siempre acababa siendo su hermano pequeño el que, con su agudeza, los acababa sacando de los atolladeros en los que se metían de vez en cuando. Por las tardes, si Marlon no tenía que ayudar a su tío, solían ir a pescar o a cazar ranas o grillos. Otras veces, ayudaban a algunos viajeros con sus bártulos para sacarse unas monedas y poder comprar caramelos, regaliz, helados o chocolate en la tienda.
En ocasiones y era entonces cuando se metían en líos, desmontaban las trampas de los cazadores o salvaban a algún animal atrapado.
Iban juntos a la escuela. Su profesora, una señora con lentes redondas, moño bajo y rostro generoso, les daba clases desde pequeños. Vivía con su hermana y una sobrina en la casa más pequeña, pero la mejor cuidada del pueblo.
La escuela estaba en una pequeña casa junto al río. Tenía una sola aula alargada con ventanas a ambos lados y una tarima al fondo, encima de la cual y a un lado se encontraba la mesa de la profesora y un estante con algunos libros, tizas y material escolar. En la pared del fondo había una gran pizarra. Dos hileras de pupitres recorrían en paralelo la estancia, cuya parte inclinada y superior hacía, a la vez de mesa, de pizarra y de tapa del cajón que escondía debajo y en el que los alumnos guardaban sus pertenencias durante las clases.
En la pared de la entrada y a ambos lados de una puerta de dos hojas, colgaban los percheros que, a su vez, colgaban los abrigos de los niños encima de dos bancos bajos, que solían ser el aposento de los traviesos cuando acababan con la paciencia de la maestra.
Las casas del pueblo más antiguas estaban hechas de troncos de madera y las más modernas se habían construido con tabiques y muros de madera prensada semejando una persiana. No muy grandes y de colores pastel con los marcos y puertas normalmente blancos. Alzadas más o menos a un metro del suelo, para evitar las inundaciones en las épocas de lluvia o deshielo. En primavera y verano, se solían colocar peanas colgadas del techo de los porches con flores. Parecían casas de lego entre los árboles.
Los días solían transcurrir tranquilos en el lugar. Todos los vecinos, unas veinte familias, llevaban allí varias generaciones.
Una vez a la semana venía Thomas, el recadero, a Hebalond River. Solía ser los miércoles por la mañana coincidiendo con el mercado que se celebraba bajo los cedros de la explanada que estaba junto al río.
Era casi un ritual ir a recibirlo para recoger los paquetes y correspondencia que éste traía de la oficina de correos de la ciudad más cercana, Elain Creek, además de paquetes y encargos diversos de los aldeanos. Era verlo con su vieja furgona blanca y correr los niños a encontrarlo. Solía darles a los pequeños cromos de la liga de beisbol y a las niñas sombrillas pequeñas de papel de esas que se colocan en algunas bebidas para decorar el vaso.
Era un miércoles soleado de febrero cuando Thomas entregó a Marlon una carta para sus padres. Miró quien la enviaba. Era del Señor Frederic Nelson y su esposa, Martha, un matrimonio, más bien acomodado que vivía en Porthenton, una ciudad costera del oeste. Eran familiares lejanos de su padre. Los había visto solo una vez, en la boda de sus tíos. Apenas los recordaba porque, en aquel entonces, solo contaba siete años de edad.
Era conocido el mercado de Hebalond River por la variedad de sus productos y la afluencia de gente. Venían de las montañas los comerciantes de pieles y productos del bosque. De las praderas traían grano, cereales y ganado. También acudían granjeros con los productos de las cosechas. Y los pescadores vendían pescado fresco o secado. Acudían también gentes de los poblados indígenas para comerciar con su artesanía, alimentos y animales. A veces, aparecían vendedores ambulantes de los más inverosímiles o estrambóticos productos.
Los días de mercado eran los de más trasiego en el transbordador y en el pueblo. Marlon ayudaba a su tío y, a la hora de la comida, echaba una mano en la cocina de la taberna.
Cogió la carta que le había entregado Thomas y corrió al transbordador. Al llegar a la tienda, se la dio a su madre. Ella la miró con curiosidad y la dejó en uno de los cajones del mostrador tras requerirle atención unos clientes.
Al llegar a casa por la noche, su padre abrió la carta. Decían los remitentes que vendrían a visitarlos dentro de unas semanas para tratar un asunto que podría ser de su interés y especialmente beneficioso para sus hijos. No decía de qué se trataba. La verdad es que el texto les dejó intrigados. Les enviaron la respuesta aceptando la visita.
Marlon los observaba desde el altillo, en el que dormía junto a sus hermanos Bob y Harry, de trece y once años de edad.
El hermano mayor de Marlon, Alfred, de veinte años, trabajaba en el aserradero con su padre Su hermana, Cintia, un año mayor que él, ayudaba a la maestra en la escuela y también en la tienda los días de mayor afluencia de clientes.

(Fin parte 1. Publicada el día 15 de septiembre de 2.015)

Cuando no tenía que ayudar a su tío o en la tienda, tras salir de la escuela, Marlon solía ir con William y Charles a jugar junto al río, en una zona donde éste se adentraba un poco en la orilla y formaba un pequeño riachuelo que llegaba hasta un estanque. Tenían allí la pequeña barca que habían construido con la ayuda del tío y el padre de Marlon en las horas libres tras la escuela.
Solían coger la barca y navegar por el río o el estanque. A veces, se limitaban a tumbarse dentro de ella sin remar y se pasaban horas hablando de las chicas, de los juegos, de los padres, de la escuela o de la noticia intrascendente del día que, para ellos, resultaba trascendental y de todo y de nada, o simplemente permanecían en silencio contemplando no se sabe que.
Era una mañana tranquila y soleada que anunciaba la llegada del buen tiempo. Llegaron en un coche de color crema, antiguo y muy cuidado. Las llantas brillaban y reflejaban las casas y el paisaje conforme avanzaba por el pueblo. Marlon, que estaba faenando con su tío en el embarcadero, lo divisó de lejos.
No recordaba haber visto ese vehículo antes, pero pasaban muchos coches por el pueblo para cruzar el río en el transbordador, por lo que pensó que sería uno más de ellos. Entonces, vio que se detuvo frente a la tienda. De él se apearon dos personas, un hombre y una mujer.
Él, alto y un poco robusto, con una calvicie incipiente, cara amable y un frondoso bigote. Llevaba un chaleco sobre una camisa de rayas, pantalones de discretos cuadros y unos zapatos negros.
Ella llevaba un vestido estampado sobre un fondo blanco, con la cintura baja cogida con un lazo color granate a la altura de la cadera y que le llegaba casi hasta los tobillos, medias claras, zapatos con un poco de tacón atados con cordones y un sombrero de esos con forma de campana ligeramente ladeado, dejando ver su melena corta justo por encima de los hombros y un poco más larga en los dos extremos que le enmarcaban el rostro. En la mano, un bolso pequeño, que sujetaba junto con unos guantes de blonda color beige y un chal doblado.
Tras acercarse un poco, Marlon los reconoció. Eran Robert Nelson y su esposa Martha.
Entraron en la tienda.
A la hora del almuerzo, Marlon y su tío fueron a la taberna. Estaba en una de las casas más antiguas del pueblo. El tejado era de pizarra y las paredes de piedra, iluminada por pequeñas ventanas con marcos y puertas de dos hojas, madera de roble y cortinas de ganchillo. En verano, crecían geranios en el alféizar. La cocina estaba en el mismo comedor. Al fondo del mismo, conforme entrabas y tocando a la pared, unos grandes fogones con un obrador de baldosas cuadradas de color caldera y un fregadero rectangular de granito con un grifo que brotaba del muro, cual fuente. Al lado, colgaban los utensilios de cocina, ollas y cazos de cobre, entre cucharones, pinzas, cuchillos y espátulas de metal simulando una escultura improvisada. Detrás de los fogones y separado por un pequeño espacio para deambular, una mesa central de obra con la superficie cubierta de las mismas baldosas, donde se preparaban y finalizaban los platos. Allí tenían las cocineras todos los aliños y demás ingredientes para dar el toque final. Loza y viandas aguardando el atuendo final, como las modelos esperando el visto bueno del diseñador antes de salir a la pasarela.
Las mesas eran redondas. Las sillas, de hierro forjado, tenían un cojín tapizado de cuero. Justo a la derecha de la puerta de entrada, había un perchero de pared y unos cuantas butacas en las que se solían sentarse los clientes cuando todo estaba ocupado o mientras esperaban sus pedidos para llevar. En la entrada, había un pequeño porche cubierto, en el que, en verano, solían colocar algunas mesas adicionales, alargadas y con bancos para sentarse.
Vieron a los Nelson sentados junto a la hermana y los dos hermanos menores de Marlon. Les hicieron señas para que compartieran la mesa con ellos. Así lo hicieron.
Durante el almuerzo, les explicaron que vivían en Porthenton, a dos días de viaje del pueblo, que tenían dos hijas, casadas, las cuales residían también allí y regentaban las tres tiendas que ellos poseían en la ciudad. De vez en cuando, les echaban una mano.
Conversaron todos sobre la vida en la Porthenton y en el pueblo, sobre los familiares comunes, el transbordador, la tienda, la escuela …
Los Nelson les dijeron que recientemente habían adquirido una finca cerca de la ciudad. Tenían la intención de acondicionarla para pasar temporadas en ella, alternándolas con su actual residencia. Aunque no era muy grande, solo unos pocos acres, precisaba de una o dos personas para su cuidado, administración y mantenimiento.
Le comentaron al tío de Marlon que habían pensado para estos quehaceres en Alfred y Cintia. Uno de encargaría del mantenimiento y la otra de la gestión y administración de la casa. “Si lo desean, podrán compaginar sus trabajos con los estudios”, añadieron.
Por la tarde, comentaron, lo hablaremos con ellos y con sus padres. “Espero que acepten”, manifestaron. Cintia asintió con la cabeza.
“Podrán también venir a pasar temporadas los pequeños, si lo desean. Tenemos tres nietos que suelen estar con nosotros mientras nuestras hijas y yernos trabajan. Tienen ahora cinco, ocho y trece años y son adorables”.
Tras cerrar la tienda y cenar, los padres, el hermano mayor y la hermana de Marlon hablaron con los Nelson, que, tras dar las buenas noches, se retiraron a descansar a la habitación que habían reservado en el hostal.
A la mañana siguiente, le dijeron a Marlon que habían aceptado la oferta.
Los padres de Marlon insistieron en que los Nelson se quedaran unos días en el pueblo para descansar hasta que Alfred y Cintia pudieran partir.
Durante su estancia en el pueblo, la Señora Nelson ayudaba en la tienda y en la taberna. Solía dar largos paseos con Cintia, a los que, a veces, se unían el Señor Nelson, Marlon y los dos pequeños, normalmente por el camino de olmos que bordeaba el pueblo y seguía la orilla del río hasta el embarcadero. A pesar del calor, siempre corría brisa allí. Acostumbraban a sentarse en alguno de los bancos que había bajo los árboles, mientras los pequeños jugaban en el agua.
Algunas tardes, después de la escuela, Marlon iba a pescar con el Señor Nelson. La Señora Nelson o su madre les preparaban algo de merienda. Solían regresar al anochecer. Hablaban poco porque a ambos les gustaba escuchar la quietud del río y sus sonidos, un pájaro, una rama llevada por la corriente rozando la barca, una ráfaga de viento haciendo susurrar las hojas de los árboles, el bosque anunciando la puesta de Sol, el sonido rítmico de la caña al moverse el agua.
A veces, Robert le explicaba como era su ciudad, como eran sus hijas y sus nietos, que tenía dos hermanos con los que compartía una gran afición …. y Marlon le hablaba de las personas que había conocido en el transbordador, de William y Charles, de la escuela, del río, de sus hermanos, de su tío.
En una ocasión, el Señor Nelson le preguntó si le gustaban los mapas. Marlon contestó que había uno en el aula de la escuela en el que aparecían todos los países del mundo y que, en las clases de geografía, la profesora les solía mostrar un átlas o láminas en los que debían localizar los lugares que estudiaban. “Bien…”, respondió él.
El día que se fueron, sus padres les hicieron prometer a Alfred y Cintia que escribirían cada semana. La Sra Nelson fue hacia ellos y les aseguró que se encargaría personalmente de que lo hicieran. Después, fue hacia los pequeños y hacia Marlon, les besó tiernamente en la mejilla y les dijo que los esperaba cuando acabaran la escuela.
El Señor Nelson, ayudado por Alfred, acabó de cargar el equipaje en el coche y todos empezaron a subir despidiéndose de la familia. Se dirigió a donde estaba Marlon y le entregó una lámina. Es un mapa, le dijo. Cuando vengas, te lo explicaré. Después, se fue hacia su padre y su madre y les dijo: “Lo dejarán venir ¿verdad?”. Ambos se miraron y asintieron con la cabeza. En el rostro de Marlon, apareció una gran sonrisa, como en la de Richard.
Cintia escribía cada semana a sus padres. Cuando llegaba Thomas con el correo, Marlon era el encargado de recogerlo y llevárselo a su madre. Ella lo abría enseguida y leía en alto el contenido ante sus tíos y los niños.
Las primeras semanas permanecieron en la ciudad, dado que, en la casa de la finca, se estaban realizando trabajos de acondicionamiento. Alfred acudía a veces a la misma para supervisar los trabajos acompañado del Señor y la Señora Nelson.
La ciudad, explicaba Cintia, era pequeña y llena de vida. Aunque en el centro habían algunos edificios altos, la mayoría de las construcciones no tenían más de tres pisos, lo que la hacía más acogedora. Tenía un muelle de mercancías, desde donde partían y llegaban barcos constantemente y una pequeña zona de recreo rodeada de un parque junto al mar. Justo en ese parque nacía la calle comercial más importante y transitada. Era una avenida bastante ancha con amplias aceras y con árboles a ambos lados. En la esquina de cada cruce con las calles transversales, había una glorieta para el descanso de los transeúntes y puestos ambulantes de venta de refrescos o comida. Las baldosas del suelo formaban dibujos geométricos en tonos ocre y blanco. Los ladrillos de la mayoría de las paredes eran de color rojizo y, en las fachadas de algunos edificios, zigzagueaban escaleras metálicas de incendios, entre ventanales y puertas alargados
Los taxis eran de color blanco. No había mucho tráfico y el clima era templado todo el año.
La residencia de los Nelson daba a la bahía. Las vistas desde el salón principal eran espectaculares. Prácticamente se veía la silueta de toda la ciudad. Habían construido la casa los padres del Señor Nelson, después de unos años de haber llegado a la ciudad. Tenía una pequeña terraza en la planta superior, donde, si el tiempo acompañaba, desayunaban cada día. Muchas mañanas les acompañaban las hijas de los Nelson. Eran jóvenes, amables y normalmente atareadas con todo lo que comportaba la gestión de las tiendas. Dejaban a sus hijos bien en la escuela o bien con los abuelos. Cintia había congeniado enseguida con ellos. Tanto, que le habían pedido que se encargaba de su cuidado. Ella estaba encantada con la tarea. Tenía un don especial para la enseñanza. De hecho, había decidido cursar estudios de magisterio y, en las temporadas en las que no estuviera la familia en la finca, trabajaría en la escuela donde acudían los menores.
Alfred había decidido compaginar su trabajo con los estudios de diseño industrial y mecánica, en una escuela-taller que se encontraba a medio camino de la finca y la ciudad, lo que le permitiría acudir a ella sin problemas.
Desde el barrio donde vivían los Nelson se divisaban las casas flotantes, la zona del mercado y el embarcadero desde donde salían los ferries hacia las islas cercanas. Al lado, el edificio de aduanas y el parque Lentand. Detrás, como si de un decorado se tratara, los hermosos cerros por los que, como enredaderas, trepaban calles y casas y, en lo alto del más septentrional de ellos, la Ermita de los Santos a la que se accedía por cable.
La vivienda de los Nelson se encontraba en una tranquila zona residencial, no muy extensa, donde prácticamente se conocían todos los residentes, que nació en los años en los que muchas personas de las zonas rurales llegaron a la ciudad para trabajar, como los padres del Señor Nelson. No estaba ni muy lejos ni muy cerca del centro, al que se podía ir caminando.
Al cabo de un mes, todos se trasladaron a la finca, que estaba más o menos a una hora y media de camino en coche de la ciudad. Se accedía a ella por un paseo bordeado de cipreses hasta llegar a un estanque detrás del cual se encontraba la casa.
Aunque no en exceso, la villa era lo bastante grande como para albergar a toda la familia, además de alguna habitación para los invitados. La fachada apenas se veía por estar cubierta de hiedra y buganvillas. A ambos lados de la puerta de entrada y en distancias simétricas, había dos galerías. Al entrar, había un distribuidor desde el que nacía la escalera que iba hacía la planta superior. A la derecha, se encontraba el salón, a la izquierda, el estudio y, en el centro, el comedor, seguido, en la parte trasera, de la cocina y almacén. En la planta superior se encontraban las habitaciones y un cuarto de juegos para los niños.
En un edifico anexo, se encontraban algunas habitaciones más, la cochera y el “taller” del Señor Nelson. La Señora Nelson, bromeando, lo llamaba su salón de esparcimiento. Solía pasarse horas allí.
Los meses transcurrían deprisa. Había llegado junio y las clases finalizado. Los padres de Marlon decidieron que solo viajaría él a Porthenton. Bob ayudaría a su tío en el transbordador. Consideraron, en cuanto a Harry, que era muy pequeño todavía y era mejor que no fuera.
Marlon iría con Thomas hasta Elain Creek y, desde allí, cogería el tren hasta su destino. Los Nelson lo esperarían en la estación de Porthenton.
El día anterior a la partida no pudo conciliar el sueño.
Se fueron después de comer, tras haber finalizado Thomas las tareas de reparto. Conforme se alejaban del pueblo, la carretera se hizo silenciosa y recta hacía el horizonte, las nubes parecían partir de él para dibujar el cielo con franjas blancas que se iban abriendo como si fuera un abanico. Poco a poco, los abetos dejaron paso a extensas praderas que se alternaban con arboledas y algunas granjas. Thomas le dijo que eran plantaciones de cereales. De vez en cuando veían ganado, balas de pajas con formas cilíndricas y graneros. Apenas había tráfico. Solo se cruzaban con alguna camioneta.
Finalmente, llegaron a Elain Creek, una ciudad pequeña y dedicada básicamente a la distribución de los productos agrícolas de la zona y al abastecimiento en general de las zonas adyacentes. Junto a la carretera, había numerosas gasolineras y pensiones en las que se hospedaban camioneros, granjeros y comerciantes que acudían allí a hacer sus transacciones. Se alojaron en una de ellas.
A la mañana siguiente, fueron a la estación, que se encontraba en el centro de la ciudad. Thomas acompañó a Marlon hasta el andén y lo esperó hasta que subió al tren.
Se quedó en el primer asiento que había a la derecha justo después de entrar en el vagón. En el compartimento, había una señora con un niño y una niña pequeños y una joven con un libro. Le indicaron que, si lo deseaba, podía sentarse junto a la ventana. Ellos ya habían hecho el trayecto varias veces y conocían el paisaje. Así lo hizo.
Los asientos: cómodos, tapizados de una tela de color indefinido y con una especie de muelles como los de los colchones que, cuando ganaba velocidad, acentuaban el traqueteo del tren, momento de deleite y risas de los pequeños y del propio Marlon, A pesar de que el trayecto duró varias horas, fue agradable y entretenido. Llegaron al destino a media tarde.
En la estación, le esperaban los Nelson, su hermana y dos niños. Marlon los vio desde la ventanilla del tren. Los pequeños correteaban por el anden seguidos por Cintia, Martha estaba sentada en un banco contemplándolos y el señor Nelson estaba de pie conversando con alguien que, por su atuendo, parecía un empleado del ferrocarril. Cuando se apeó, se dirigió hacia ellos entre los soplidos de vapor que salían entre las ruedas y estornudaban en el andén. De entre ellos salió Marlon con su maleta y cara de primer día de escuela. Todos lo recibieron con entusiasmo, como él a ellos. Fueron hacia la calle, donde el Señor Nelson llamó a un taxi para Cintia, los niños y Martha, dado que todos no cabían en el coche.
La ciudad olía y tenía el sonido de una mezcla de humanidad, ladrillos, paquetes, cemento, mar, motores y un montón de indefinidas cosas. Lo primero que llamó la atención de Marlon fue la altura de algunos edificios, la acumulación de tantas imágenes nuevas que no era capaz de asimilar y la aparente prisa que parecían tener todo y todos en aquel lugar tan nuevo para él.
Richard y él fueron directos a la finca. Cintia, los niños y la señora Nelson se quedaron en la ciudad para hacer algunos encargos. Mientras descargaba algunos paquetes del coche, el Señor Nelson le dijo a Marlon que entrara en la casa y lo esperara en el hall. Así lo hizo. Todo estaba en silencio y el techo alto de la entrada casi lo hacía más profundo. Dio una vuelta sobre si mismo mirando la lámpara que colgaba de un largo soporte de filigrana de cobre desde el techo. La espiral de la visión casi le dejó hipnotizado. De repente, oyó ruidos en una de las estancias. Dado que el Señor Nelson tardaba -desde la puerta vio como conversaba con alguien-, asomó la cabeza. Parecía un estudio. Estaba lleno ventanales, de libros, mapas, instrumentos de medición, un telescopio y una mesa enorme llena de todo lo dicho mezclado. La curiosidad lo hizo entrar. Parecía no haber nadie allí … El susto fue enorme cuando una mano le tocó el hombro y casi al oído una voz inesperada le dijo casi gritando -bueno, más que gritar, esa fue la sensación debida a la sorpresa-: “Y tú ¿quien eres?”.
No sé si se sobresaltó más su cuerpo o su corazón. Marlon giró ligeramente la cabeza y la vista hacia el hombro y vio una mano pequeña, de dedos largos y contundente elegancia. Se giró y la vio: risueña y de mirada vibrante. Llevaba una coleta alta, como su cuello y su desenfreno, un jersey a rayas, unos vaqueros por encima de los tobillos y un pendiente de cada color. Con dibujos a bolígrafo en sus playeras blancas.

(Fin parte 2. Publicada el día 26 de septiembre de 2.015)

“Perdona …. Te he asustado. No hice ruido porque creía que eras otra persona. Por cierto, soy Eldia.”
“Y yo soy ….”.
“Marloon, Marloon. ¿Dónde estás?”. Se oyó la voz del Señor Nelson.
“Intuyo que tu nombre es Marlon. Corre, ven, al abuelo no le gusta que nadie entre en su estudio si no está él. Hay una puerta ahí detrás. Diremos que estabas conmigo en el jardín. Está en la parte posterior de la casa.”
“Cuidado, que entra. Deprisa, vaaamos.”
Marlon la siguió.
Todo era así con Eldia: rápido, intenso e inesperado. Nunca te daba tiempo a vacilar o meditar. Era pura intuición, como la dirección del viento.
Se encontraron con el Señor Nelson en el jardín.
“Veo que ya has conocido a mi nieta … ¿No estaríais en el estudio, verdad?.”
Los dos negaron con la cabeza con tan forzada rapidez, que consiguieron la representación más clara de una confesión jamás vista por aquellos lares.
El Señor Nelson, tras mover la cabeza varias veces hacia ambos lados, como lo hacen los limpiaparabrisas de un coche, esbozó una leve sonrisa y alzó la vista y las cejas emitiendo uno de esos suspiros que respira la paciencia. Justo en ese momento apareció Alfred y Marlon salió disparado a recibirlo.
“Has vuelto a dibujar en las playeras, niña. Tu abuela te va a matar. Es que no haces caso a nadie. ¿Y lo de entrar en el estudio?. ¿Es queeee?”.
“Lo siento abuelo, pero ¿no me digas que no son más bonitas así?”, replicó Eldia.
“Esa no es la cuestión. ¿Y el estudio?. ¿Se puede saber qué hacías allí?. ¿No será por lo que me imagino?. Te dije que no tocaras nada si yo no estaba”.
“Pero es que ….”
“Otra vez replicando. Es que no hay manera. Por cierto, ¿los pendientes?. Otra vez Eldia. Incorregible. Incorregible. Eres igual que él…. Incorregible. Que cruz. Venga, tira, tira”.
La niña lo cogió del brazo y fueron hacia Marlon y Alfred.
Era hora de cenar. Entraron todos en la casa justo en el momento en que acababan de llegar Martha, Cintia y los pequeños.
Por la mañana, le despertaron unos golpes en la ventana de la habitación. Marlon se levantó de la cama y fue hacía ella. Se asomó y vio a Eldia en el jardín …
“Venga, baja, tengo que enseñarte muchas cosas”, dijo.
“Pero tú nunca duermes. Si apenas ha amanecido”, le contestó Marlon.
“Es la mejor hora para ver como todo se despierta. Sí.” “Venga, baja, por favor”.
Marlon iba medio dormido y mal vestido, refunfuñaba y los ojos todavía buscaban la almohada.
“Pareces el abuelo cuando no le salen bien los mapas o mi madre cuando llega tarde y no encuentra las llaves del coche. Para de quejarte, anda.”
“Niñas….”, pensó Marlon.
“Ya hemos llegado. Mira, mira”.
Llegaron al estanque cuando estaba subiendo el Sol y empezaba a reflejarse en el agua. Los pájaros estaban descansando en las ramas más cercanas al agua por el calor de los primeros rayos del día. Unas pequeñas garzas, blancas y elegantes estaban posadas en una de las orillas, mientras un castor parecía deslizarse entre los juncos. Algunas hojas caían semejando una esporádica lluvia de confeti natural y la luz se colaba entre la vegetación formando cortinas traslúcidas y pintando el bosque de los primeros colores del amanecer. Todo reposaba se oía apenas nada.
“Mira, ¿No es precioso?”, dijo la niña.
Marlon se había quedado plácidamente dormido junto a un matorral.
“Niños….”, pensó Eldia.
Permanecieron allí hasta que se oyó la voz de Martha a lo lejos. “Eldiaaaa Maaaarlon ….. ¿Se puede saber donde estáis?. El desayuno está preparado.
Suavemente, Eldia despertó a Marlon.
Después de desayunar y de la correspondiente regañina, los Nelson se fueron a la ciudad.
Maldon le dijo a Eldia que quería enseñarle algo. Fue a su habitación y bajó con el mapa que le había regalado Robert.
“¡Ah!. Yo también tengo uno. Y hay más. Los hace mi abuelo. Ven, vamos al estudio”, le dijo Eldia al verlo.
“Nos la vamos a volver a ganar”.
“Sí, ya …. Venga, vamos”.
Entraron en la sala. Con la luz de la mañana, se veía mucho más linda y grande. Una de las paredes estaba llena de estanterías con libros, algunos de ellos enormes – “Son átlas”, dijo la niña-, papeles enrollados, pergaminos y mil cosas más. En una esquina, había mapas enrollados y apoyados en la pared. En el rincón opuesto, justo al lado de una ventana, crecía una hermosa kentia como si fuera un fuego artificial de hojas y, en el suelo, justo en la zona de paso, una gran alfombra con flecos en dos de sus extremos abrigaba el suelo. En ella se sentaron después de que Eldia cogiera unos mapas enrollados que anduvo buscando por los estantes y la mesa.
Se sentó junto a Marlon y abriendo los mapas dijo “Éstos son”.
De repente, alzó la vista hacia la ventana. Se levantó dando un brinco y dijo alzando los brazos “Es él. Es él….”. Cogió de la mano a Marlon y tiró de ella hasta que éste se levantó. “Vamos, vamos. Theodor está aquí. Vamos.”
Era alto y delgado, de tez blanca y risueña. Su pelo era abundante y esponjoso como las nubes de verano, al igual que sus manos y su voz. Sus ojos eran de gris suave y brillante que tiene el nácar. Llevaba una chaqueta color caqui con un montón de bolsillos llenos de un montón de cosas, y un foulard de algodón anulado al cuello. Con unas botas altas por encima de los pantalones, parecía uno de esos exploradores que había visto en algunas fotos de los libros o en alguna película.
Salieron al jardín y Eldia corrió hacia él. Le saltó en brazos y él la cogió dando una vuelta sobre sí mismo. “Este es Marlon. Pasará el verano con nosotros”, le dijo ella.
“Hola jovencito, soy Theodor, inventor de vocación y aprovechador de pérdidas de tiempo de profesión. Viajo, a veces, en globo y necesito otro miembro de la tripulación ¿te apuntas?.”
“Claro. ¿Qué tendré que hacer?”, contestó Marlon.
“Ante todo, divertirte y frente a nada, sucumbir. Eldia te enseñará más tarde la nave”. Le dijo al niño.
“Hola Theodor”, dijo Cintia mientras se acercaba con los pequeños. “Su hermano ha ido a la ciudad con la Señora Nelson. Volverán a la hora del almuerzo”.
“Bueno”, dijo él. “Iré a dejar mis cosas y después planearemos algo”.
“Marlon tiene uno de los mapas del abuelo. Cuando has llegado, le iba a enseñar los demás”, le comentó Eldia.”
“Peeeerfecto, pues ya tenemos tarea para toda la mañana. Esperadme en el estudio”. Subió hacia las habitaciones.
Eldia le dijo que solía venir a menudo a ver a sus abuelos y que su habitación estaba al lado de la de Marlon. “Es mi persona mayor preferida”, afirmó. “Es genial. Ya lo verás”.
Marlon la miró y, tras un breve silencio, le preguntó “¿De verdad viaja en un globo?”.
“Pues claro. Y también tiene un coche sin techo, una balsa enorme y un montón de aparatos increíbles que él mismo ha diseñado y fabricado”.
“¿Y donde vive?”, siguió interrogando el niño.
“No muy lejos de aquí. En una casa a la orilla del río. Le pediré que nos lleve a verla. Te encantará. Ya lo verás”.
“Oye”, siguió preguntando Marlon, “¿Por qué llevas dos pendientes diferentes?”.
“Es una larga historia. Ya te la explicaré”.
“Pero bueno, ¿Todavía estáis aquí?. ¡Vaya tripulación!. Venga, todos al puesto de mando”. Era Theodor bajando desde lo alto de la escalera.
Fueron todos al estudio.
“Coge los mapas Eldia. Maldon, ¿Has traído el tuyo?.”, dijo Theodor.
Ambos los dejaron encima de la mesa y Theodor los abrió.
“¿Sabes de donde son?”, preguntó a Marlon.
El niño negó con la cabeza.
“Mira, éste es del condado en el que nos encontramos, éste es de la aldea que está cerca de la villa, éste es el de esta villa y las fincas anexas y éste es el de la zona donde está mi casa”.
Theodor le estuvo y explicando a Marlon a que correspondía cada gráfico. Marlon y también la niña, lo escuchaban con esa expectación del aprendizaje cuando es admiración, curiosidad y vocación.
“Trae los otros mapas, por favor. Los antiguos.”, le dijo a Eldia.
Los abrió con esa delicadeza con la que se tocan las miradas tímidas y con esa ternura con la que se acaricia lo entrañable. El papel era casi transparente y del color que dejan el uso y los años. Había un mapa de lo que parecía un río que se ramificaba hacia algunos estanques y lagos a los lados. En uno de ellos, situado en una de las esquinas del mapa, había una isla dibujada y marcada con una señal. Se veían palabras escritas en el mapa, pero que apenas se podían leer por haberse borrado la tinta con el paso del tiempo.
“Deben de tener unos ciento cincuenta años estos mapas, según hemos podido averiguar.”, comentó Theodor. ¿Puedes enseñarme tu mapa, Marlon?”, añadió.
El niño se lo dio y, tras consultarlo, se lo enseñó a Eldia. “Lo ves. Creo que es lo que sospechábamos. Creo que éste es el sitio. Mi hermano nos lo confirmará”.
En ese momento, entraba Robert Nelson.
“¡Vaya!, menuda reunión. Veo que ya conoces a mi invitado”, le dijo a Theodor.
“Hola hermano. Sí. Se ha unido a nuestra tripulación.”
“¿Has visto el último mapa que he hecho?. Creo que he encontrado el lugar. Vengo ahora del archivo histórico de la ciudad y acabo de recibir la documentación que le pedí a Anthony. Aquí la traigo. No he tenido tiempo aún de consultarla.”
Anthony era el tercero de los hermanos Nelson. Trabajaba en el Instituto Nacional Cartográfico, un organismo público dedicado a catalogar, guardar en depósito, a realizar y a actualizar la cartografía del país.
“Entonces, ¿Ya sabemos por fin el sitio abuelo?”, preguntó Eldia entusiasmada.
“Es posible, pero me faltan hacer las últimas averiguaciones”, le contestó Robert.
“Señores y señorita, lamento interrumpir, pero es la hora del almuerzo y con toda seguridad, el asunto que les ocupa puede esperar hasta la tarde. Hemos preparado la mesa en el porche”. Era Martha que incurrió en la estancia desde el jardín.
“Por supuesto, allá vamos raudos”, afirmó Theodor haciendo una exagerada reverencia a su cuñada, quien se giró sonriendo y haciendo una señal de complicidad con la mano.
Mientras iban hacia la mesa, Eldia explicó a Marlon que, después de meses de investigación, creían haber encontrado el lugar donde se escondía alguna cosa de gran importancia que permanecía oculta desde hacía decenas de años. Desconocían qué era, pero seguramente era algo transcendental para las personas que lo escondieron.
“¿Y quienes eran esas personas?”, preguntó Marlon.
“Creo que es lo que está a punto de averiguar mi abuelo. Supongo que lo sabremos esta tarde”.
Robert abrió el mapa que traía. “¿Los ves Theodor?. ¿Ves estos signos?”.
“Sí. Son los mismos que aparecen en los otros mapas. Aparecen en diversos partes del valle. Pero … Éste, éste parece distinto ¿no?. En este mapa, se ven mejor.”, dijo Theodor.
“Es que este mapa es una copia ampliada del original. La conseguí en el archivo histórico de la ciudad. Mira los símbolos, ¿no ves que todos parecen apuntar hacia una misma dirección?.”, comentó Robert.
“Es cierto, sí. Apuntan hacia el más grande. Parece estar en una isla ¿no?”.
“¿Sabes dónde está esa isla abuelo?”, preguntó Eldia.
“Me temo que ya no existe”, contestó Robert.
“Vaya, vaya, que pena, ya no encontraremos lo que estábamos buscando. Vaya…”, lamentó Eldia en tono de decepción, cruzando los brazos y bajando la cabeza mientras dio un golpe con la planta del pie derecho en el suelo, como dándole la culpa del recién descubierto obstáculo.
“Eldia, niña impaciente, déjame acabar. He dicho que no existe como isla. No que haya desaparecido”, dijo Robert.
El rostro de la niña volvió a iluminarse con una sonrisa.
“Ahora el lugar forma parte del valle debido a que, con la canalización que se hizo hace unos años para el riego, la forma del lago varió”.
“¿Y sabe usted el lugar exacto donde señala el símbolo?”, preguntó Marlon a Robert.
“Es. Es mi casa. Será posible. Justo aquí está mi casa…. Increíble, inverosímil, insospechado …. ¡Entusiasmante! …..Tenemos que ir allí ¡YA!. Vamos, vamos tripulación.” vociferaba el hermano de Robert dando grandes zancadas por la estancia y haciendo aspavientos con los brazos.
“Theodor en estado puro”, le dijo Eldia a Marlon en voz baja. Ambos sonrieron agachando la cabeza y mirándose de reojo en señal de complicidad.
“Espera Theodor …. Respira, ¿quieres?. Primero quiero consultar la documentación que me ha enviado Anthony.”, dijo Robert.
“Está bien. Está bien. Mientras lo haces, nosotros vamos a preparar la nave. Mantennos informados. ¡Vamos a bordo niños!”
Salieron del estudio y dejaron a Robert con la tarea. Abrió el paquete y estudió ligeramente los papeles.
“Perfecto. Perfecto. Ya lo tenemos.”.
Salió del estudio y se dirigió hacia el globo. “¡Eh, eh!. Ya sé quienes son. Ya sé qué significan los símbolos.”
Todos fueron hacia él.

(Fin Parte 3. Publicada el día 15 de julio de 2016)

“Dinos, venga, dinos qué significan”, dijo Eldia casi sin aliento por haber llegado corriendo.
“Sí, suéltalo ya”, insistió Theodor.
“Los símbolos pertenecen al pueblo de los Imelk, que habitan la zona desde hace siglos. Señalizan el lugar donde se encontraban los poblados. Lo que todavía no sé es que es lo que había en el lugar que señala el símbolo más grande al que apuntan el resto.
“Mi casa”. Afirmó Theodor
“Sí. Tu casa. Hay que averiguar qué había allí”. Necesito hacer una visita a alguien en la ciudad. Iré mañana por la mañana porque antes quiero estudiar bien toda la documentación”, prosiguió Robert.
“¿Podremos venir con usted?”, preguntó Marlon.
“No, mejor os vais con Theodor y yo ya vendré después”, contestó Robert.
“¿En globo?¿Nos dejas ir en globo abuelo?”, dijo Eldia.
“Preguntádselo a tu abuela”.
“De eso me encargo yo … Hablaré con Martha”, añadió Theodor.
“¡Genial, genial.!, dijo Eldia.
Marlon no lo podía creer. “Es increíble. Increíble”, dijo.
“Pues espera a ver la casa de Theodor”, le contestó Eldia.
“¿Sí?. Y ¿cómo es?, dime, ¿Cómo es?”, le preguntó un intrigado Marlon.
“Es, es … No sé como explicarlo … Es, es, pues como él …. Bueno, ya la verás”.
Dos pequeñas y curiosas cabecitas, de Marlon y Eldia, una encima de otra se asomaban tímida e intermitentemente en el marco de la puerta del salón en el que conversaban Martha y Theodor. Él arrodillado frente a ella con las manos juntas como si rezará y Martha rogándole que se levantara. Enfadada por fuera y sonriendo por dentro.
Al principio movía la cabeza en señal de negación, pero, ante la insistencia y palabras de Theodor, al final asintió.
“¡Es que no hay quien pueda contigo!. Siempre acabas saliéndote con la tuya. ¡Venga vete ya!. ¡Qué cruz, Dios mío, qué cruz!”, dijo Martha, entre queja y sonrisa.
“Gracias, gracias…”, le dijo Theodor cogiéndola por la cintura y la mano derecha mientras la hacía dar dos vueltas como si bailaran.
“Anda, vete ya con los niños antes de que me arrepienta.”, dijo ella.
Theodor, sonriendo la soltó y, antes de salir de la habitación le dijo: “Eres tan bonita como una emoción”. Ella ya salía por la otra puerta cuando lo oyó, con los brazos en alto en señal de complicidad y una sonrisa.
Al pasar al lado de los niños y sin mover la cabeza, les guiñó el ojo y les hizo una señal para que lo siguieran.
“Preparad vuestras cosas. Zarpamos”.
El globo se encontraba en el prado adyacente a la casa. Ver los preparativos para elevarlo era todo un protocolo y un espectáculo para Marlon, que iba cumpliendo las instrucciones de los demás a la vez que contemplaba cada detalle. Les ayudaba Luca, que era el chófer, cocinero, encargado del mantenimiento y de todo lo concerniente a Theodor. Una persona discreta, ayudadora y eficiente, grande de talla y cercano como una abuela, con unos ojos límpidos como el agua de un riachuelo, un bigote rimbombante, el pelo recogido en una coleta de la que se escapaba un mechón que él iba colocándose repetidamente tras la oreja en un movimiento casi inconsciente y unos dedos abrazadores, robustos y suaves como las patas de un león. Era la mano derecha e izquierda de Theodor, con quien trabajaba desde hacía años.
Tras los preparativos, subieron al globo. Marlon escuchaba todos los sonidos, el del aire caliente al salir, el crujido del mimbre de la cesta como si éste se desperezara, el del movimiento de la tela y las cuerdas al tensarse. Era como si el globo les hablara. Al mirar hacía arriba, al interior, tenía la impresión de estar debajo de un gran sombrero, de una sábana gigante o de una vela redondeados por el viento, como una escultura textil. Marlon navegaba navegando, entre imágenes, sonidos y sensaciones, con esa ansiedad encantadora e inolvidable de la adrenalina que desprende la vida cuando disfrutas, cuando descubres, cuando aprendes improvisando, cuando te regala emociones.
El espectáculo desde el aire era impresionante. Era la primera vez que Marlon volaba. Flotaba por encima de los árboles y las montañas, al lado de la brisa, viendo un mapa en vivo deslizándose conforme pasaba el globo, como lo hacen las nubes cuando las contemplas tendido en la hierba. El balanceo del artilugio y el aire en la cara acababan de transformar la experiencia en inolvidable.
Theodor miraba a través de un catalejo y les iba informando por donde iban pasando: “Mirad, aquella es la granja de los Rickmart. Y allí, al lado, el Lago Actul. Marlon, ¿lo ves?, al fondo y a lo lejos, las montañas donde nace el río Whitson. Y, allí, justo enfrente, la aldea de la tribu Imelk. Detrás de esa colina, ¿lo ves?, justo donde el río hace un especie de recodo y es un poco más ancho, donde está rodeado de árboles señalando con el dedo, allí está mi casa. En cinco minutos llegamos”, le dijo al niño.
Marlon se puso de puntillas para mirar hacia abajo y entonces la vio. Era increíble. ¡Increíble!.
“¿Qué?. Te lo dije”, comentó Eldia.
“¡La casa está en los árboles!”
“¿Lo ves?. ¿A que es increíble?. En los cedros están las habitaciones y en el centro, en el árbol más grande, está el comedor, el salón y la cocina.
El estudio y el taller de Theodor están abajo, en un cobertizo enorme que hay en el claro de la arboleda ¿Lo ves?. Es de color rojizo.”
Marlon asintió con la cabeza.
“¿Y qué es aquello que está junto al río?”, preguntó señalando con el dedo.
“¡Ah sí!. Es el embarcadero y la cochera. Theodor recoge coches antiguos y los repara. Hay uno con las ruedas de madera que se pone en marcha con una manivela. También tiene una de esas camionetas cuya parte posterior y superior se despliegan como un abanico y se convierte en una especie de tienda de campaña donde puedes dormir.”
“Y tiene un montón de inventos … y de aparatos extraños… Ya lo verás. Es un sitio genial.”
“¡Atentos grumetes!, vamos a tomar tierra. Agarraos fuerte”. Era la voz de Theodor anunciando el pequeño desastre que fue el aterrizaje debido a una inesperada ráfaga de viento que los hizo acabar flotando en el agua.
Enseguida Luca salió de la cesta y fue nadando al embarcadero del que salió en unos minutos remando en una pequeña barca a la que todos subieron y con la que llegaron a tierra firme,
En la orilla les esperaba una mujer alta y esbelta, con el pelo largo y negro recogido en dos hermosas trenzas, los ojos de bosque y la piel canela como los troncos de las secuoyas. Era Minaue, la esposa de Luca, con varias toallas en la mano.
Minnaue y Luca se encargaban del cuidado y mantenimiento de la casa y sus instalaciones.
“¡Hola preciosidad!”, le dijo Theodor, “Siento haber vuelto a aterrizar en el agua. Gracias por las toallas. Eres un Sol.”
Minnaue le contestó con una sonrisa tímida, se giró hacia Marion y le dijo: “Sabía que el mapa te traería” y se fue hacia la casa.
Todavía no se había recuperado Marion de tantas emociones cuando, tras recibir una palmada en el hombro, Theodor le dijo “¿Qué tal tu bautizo en el aire jovencito?”.
“Muy acuático señor. Y aéreo. Y único … Único. Me ha gustado mucho.”
“Perfecto. Perfecto. Después te enseñaré mis inventos. Ahora vamos a comer un poco. Seguro que Minaue ha preparado algo exquisito”.
“Pero, ¿Dónde está Eldia?. Esta niña es medio salvaje… Eeeeeldia”.
“Voy, voy”. Al girarse la vieron salir del bosque.
“Es que quería ver a Armindale y que la conociera Marlon.”
“Está recogiendo raíces y frutos del bosque. Llegará en una media hora y se reunirá con nosotros. Me lo ha dicho su madre”, comentó Luca.
“Vamos, entonces”. Y fueron hacia la casa.
Más que una casa, se trataba de pequeñas cabañas que se distribuían a lo largo de una gran arboleda formada por altos cedros y abetos que nacía en el margen del río, justo donde éste formaba un meandro, en el que las aguas y la vegetación eran tranquilas, como si la corriente se hubiera vuelto lánguida después del largo errar de la corriente desde las montañas, como si se acurrucara todo un poco para ser más acogedor. Parecía como si el paisaje decidiera descansar en aquel lugar.
Mientras que unas construcciones parecían haber trepado por los árboles, como minúsculas islas unidas entre ellas por estrechos pasillos de madera y cuerdas que colgaban de las copas cual lianas o puentes suspendidos y al suelo, por escaleras que descendían como hiedra por los troncos, otras se adentraban en el agua y se comunicaban por pasarelas construidas sobre el río con tablones que se apoyaban en troncos clavados en el fondo, formando un pequeño laberinto adornado por macetas y flores que Minnaue y Armindale plantaban y cuidaban. Era como un jardín flotante que continuaba con los nenúfares que en verano florecían alrededor.
La edificación central tenía forma octogonal y, a su alrededor, como un cinturón, había un porche abierto con persianas de láminas de bambú que se abrían enrollándose con una cuerda.
Colgando de la parte exterior y siguiendo todo el perímetro del porche, habían maceteros con flores y enredaderas que caían asemejando cascadas de color y vegetación.
“Son como cortinas vivas, como fuegos artificiales de flores”, decía Eldia.
“Sábanas colgadas de hojas y pétalos. Es como el vestido, la capa de la casa”, pensaba Marlon.
Las estancias que estaban en los árboles eran pequeñas cabañas construidas a partir de una plataforma sujeta a la copa, con tejados no muy altos de madera. Apenas tenían paredes, puesto que cada una de las fachadas había una gran ventana, cual escaparate desde el que se contemplaba el bosque y el río. Cuando estabas dentro, veías las ramas y hojas y parecía que estabas sentado a la intemperie. Te abrazabas de naturaleza. Las camas tenían mosquiteras colgadas del techo que asemejaban haimas transparentes, dando esa imagen insinuante de los velos cuando cubren un objeto o persona.
Las casitas del agua estaban construidas sobre pilares. Tenían un porche que conectaba con el acceso del que salían unas escaleras que bajaban al agua. Estaban construidas también de madera y pintadas de colores. Las ventanas tenían una especie de compuertas hechas con un marco de bambú y el interior de hojas trenzadas que asemejaban el mimbre, pero de un color más claro. Algunas eran habitaciones y otras se usaban como almacén.
Llegaron a la casa y Minnaue les recibió con un zumo de frutas y una bandeja de “Pincerti”.
“¿Qué es?, preguntó Marlon a Eldia.
“Oh … Es un plato tradicional de la tribu Imelk, de la que forma parte Minnaue. Está buenísimo. Está hecho de frutos secos del bosque, miel y harina, creo. Lo elabora ella. Pruébalo, te encantará.”
“Antes de comer, si lo deseáis. podéis ir a cambiaros esa ropa mojada y dejar vuestras cosas en la habitación. Luca os acompañará”, dijo Minnaue.
“Sí, eso, eso”, comentó Theodor. “Mientras tanto, ¿podrías “facilitarme” un traguido de ese reconstituyente del ánimo que tú ya sabes?, le susurró éste en voz baja a ella refiriéndose al aguardiente, mientras los niños y Luca se dirigían a las cabañas de los árboles. Ella, sin decir nada, pero sonriendo por dentro y moviendo un poco la cabeza por fuera expresando esa negación cariñosa que describe lo incorregible, fue hacía la cocina a buscarlo.
¿Puedo dormir en la cabaña de Senegal?, preguntó Eldia.
“Sí claro, la tienes preparada, pero haz el favor de no trepar y hacer la salvaje por las ramas. Ya sabes lo que pasó la última vez, niña.”, contestó Luca.
“Lo juro por mi colección de abalorios”, aseguró Eldia.
“Sí, ya …. Venga, entra y cámbiate ya.”
“Ven Marlon, tú dormirás en la cabaña de Belize”. Está aquí al lado. Contrólamela si puedes. Es digna sobrina-nieta de Theodor. ¿Me entiendes, verdad?. Una calamidad atolondrada.
“Sí, Señor. Lo intentaré”, contestó Marlon con una leve sonrisa escondida.
Las cabañas tenían nombre de países, como si todo el conjunto se tratara de un mapa mundi que estaba grafiado y dibujado en un mural que había en el salón. Lo habían hecho entre todos.
“Bien, os esperamos en la casa grande. No tardéis.”
“Paaaadre, paaaadre …”, se oyó mientras se vislumbraba una pequeña y esbelta figura opalescente de movimiento.
“Armindale, te tengo dicho que no saltes por las pasarelas, puedes caerte o hacer que se rompan”, le dijo Luca a su hija. “Entre tú y Eldia me vas a provocar una saturación nerviosa”
“Te he echado muchísimo de menos. ¿Cuando has llegado?. ¿Hace mucho?. Mira, he encontrado “Viscute” y raíces de “Misité”. Madre podrá hacer “Sontirek”. A ti te encanta. Se lo voy a pedir”
La niña, de unos diez años, se colgó de us padre y lo abrazó con brazos y piernas, cual perezoso.
“Me vas a ahogar cariño”, le dijo. “Yo también te he echado de menos, muchísimo. Me parece estupenda tu propuesta. Le diremos a mamá que, si puede, nos haga “Sontirek” para todos. Tienes un don para encontrar todo ésto. Escuchas y entiendes al bosque. Lo ves por dentro., comentó Luca,
“¿Todos?. ¿Quien ha venido?. ¿Ha venido Eldia?. ¿Dónde está?, ¿Puedo verla?.”
“Si, sí ha venido. Y también un amigo suyo que te encantará. Ahora se están cambiando. Nos encontraremos en la casa grande en unos minutos. Los verás allí.”
“Bien, bien …. Tengo que explicarle muchas cosas.”, dijo la niña chispeando ese entusiasmo que germina de la infancia y haciendo tambalear la pasarela con pequeños saltos de alegría
“Venga, dame lo que has recogido, que lo vas perdiendo todo con tanto brinco”.
Ambos fueron hacia el salón de la casa grande, una colgada del brazo de él y el otro prendado de la vitalidad de ella.
Al entrar en el salón, que hacía las veces de recibidor y comedor, como un todo integrado, vieron a Theodor y Luca en sendos extremos de una gran mesa de madera, moviéndola hacía el centro para poder colocar las sillas.
“La hicieron Theodor y Luca. Y las sillas también”, dijo Eldia.
¿Tú eres el amigo de Eldia?, le dijo un voz desde la espalda a Marlon. “Yo también soy su amiga. Me llamo Armindale y soy Imelk. Mi madre me ha dicho que te ha traído el mapa. Te estábamos esperando, ¿sabes?. Vienes de las montañas como estaba escrito. Me lo dijo el bosque hace tiempo.”
“Soy Marlon y vivo junto al río Whitson, en la frontera con los territorios del Norte.”, le contestó el niño.
“Tengo que enseñarte una cosa que encontré entre los árboles cuando el bosque me dijo que vendrías. Esta tarde iremos al embarcadero y te lo mostrarë. Le diré a Eldia que también venga”, le comentó la niña.
“¿Ya os conocéis?, ¿A dónde vamos a ir?.”, les dijo Eldia mientras se acercada corriendo y los abrazaba a ambos.
“Todos a la mesa o me lo como todo yo”, bromeó Theodor.
Tras el almuerzo, los mayores se fueron a descansar, mientras que Eldia y Armindale le enseñaron la casa y la finca a Marlon.
Al final de la tarde, se sentaron en el embarcadero completamente derrotados tras tanto trasiego. “Voy a buscarlo”, dijo Armindale. “Ahora vuelvo”.
“Nos quiere mostrar algo. Me lo ha dicho antes”, le dijo Marlon a Eldia.
Era esa hora mística en la que todavía no se ha hecho de noche, cuando ya ha atardecido, pero que todavía no es del todo oscuro, al igual que esa hora en la que todavía no ha amanecido pero que ya no es de noche. Hay entonces un instante en que el bosque, el mar, la selva, el desierto, la ciudad y todo parece pararse un segundo, solo un segundo, en una especie de silencio casi imperceptible, como esperando. Es como si la noche y el día se dieran la mano, se saludaran y se dieran mutuamente paso.
“Armindale”, le dijo Eldia a Marlon. “Este es el instante en el que ahora estamos. Se llama así en la lengua Imelk. Es un momento mágico, de sosiego, de paz… Suelo despertarme para sentirlo o verlo y, por las tardes, si estoy aquí, vengo al embarcadero para ver la tranquilidad del río y del bosque y, si estoy en la ciudad, me siento en la terraza contemplando sus siluetas.”
“Ella nació justo en ese momento, por eso le pusieron ese nombre. Ella es especial, como tú. Ya lo verás.Yo lo he visto, en ti y en ella.”
En ese momento apareció Armindale con una pequeña bolsa de piel en la mano. La abrió y extrajo de ella una talla de madera con una forma extraña, parecida a la forma de una isla o una hoja o ambas cosas.
“Yo he visto esa forma”, dijo Marlon sorprendido.
“¿Ah sí?. ¿Dónde?”, preguntó Eldia.
Entonces, el niño se levantó la manga de su jersey y mostró una marca que tenía en la parte superior del brazo. “La tengo desde que nací.”, afirmó.
“¡Vaya!. ¿Lo has visto?. Tiene la misma forma.”, exclamó Eldia mirando a Armindale,
“Lo sabía”, contestó la niña y entonces sacó de la bolsa un sobre del que, a su vez, extrajo lentamente una hoja. “La encontré en el bosque el día que me dijo que vendrías algún día, Marlon.”
“¡Alucinante …. Alucinante!. ¿Porqué nunca me lo habías explicado?”, preguntó Eldia.
De repende, se oyó llegar un coche y una voz llamándolos.
“Venid, venid. Ya lo he encontrado, Sé dónde está. Venid todos, deprisa”. Se giraron y vieron llegar a Robert Nelson con unos mapas en la mano y alzado el brazo, totalmente entusiasmado.
Theodor, que estaba trabajando en el cobertizo con Luca y los niños corrieron hacia la casa. Minnaue, que se encontraba en el salón, salió también a recibirlo.

(Fin Parte 4)

 

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Todas las lecturas

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Leí un ensayo sobre la vida al ver la tristeza y, a la vez, la ternura de un asilo.
Leí la más bella de las historias al ver como la cuidaba.
Leí miles de versos en aquella sala de un hospital viendo acariciar profundamente.
Leí las instrucciones del destino en una casualidad.
Leí una guía al ver como enseñaba.
Leí un mantra en la hospitalidad de un corazón.
Leí el tutorial de la existencia en la vitalidad y alegría de aquella piel curtida de trabajo y amor desinteresado.
Leí un credo al ver la bondad.
Leí una instructa a mi juicio en la comprensión.
Leí una oración en unos ojos.
Leí una novela en las manos de ella llevándolo en brazos.
Leí una receta de confianza en unas manos.
Leí una oda al ver su voluntad tras la batalla contra la muerte.
Leí una epopeya en una vida, en muchas vidas.
Leí un haiku en un detalle.
Leí poesía en la prosa de sus entrañas derramándose por construir.
Leí miles de relatos en su rostro colmado de experiencia y dedicación.
Y leer todos los textos, todos los libros, todas las palabras, todo lo leíble en cada lugar, en cada persona, en cada vez, en cada mirada, en cada obra, en cada canción, en cada parte del mundo y en el mundo de todas las partes y de todos los seres.

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Eres tú

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Cuantas veces detuviste el presente.
Cuantos días has tenido sin nacer.
En cuantas ocasiones la vida te ha matado, te ha mutado y te ha metido en un bolsillo.
Cuantos bostezos de hambre te quitaron el sueño y la sed.
Cuantas veces te caíste sonriendo o maldiciendo al destino.
En cuantas ocasiones brindaste y te embriagaste con el corazón.
Cuantos instantes ganaste al destiempo.
Cuantos roces y voces has tenido con la razón.
Cuantas muletas y maletas te han hecho y deshecho los caminos.
Cuantas marcas y manchas te dieron calor y color.
En cuantos sitios y personas te has encontrado y perdido.
Cuantos labios te han besado de Sol.
Cuantas tormentas te atormentaron la calma.
Cuantas muertes sin sentido te han llenado de sentimiento.
Cuantas veces fueron y serán las primeras y la ocasión.
Cuanta música te han contagiado las canciones, cuantas sinfonías y sintonías escuchaste y te tocaron en una conversación.
Cuantas noches te llenaron de Luna.
Cuanta existencia te llovió de unas lágrimas y te recubrió una fascinación.
Cuantas palabras te han acariciado la voz.
Cuantas máquinas te hicieron ir despacio.
Cuantos obstáculos te asaltaron el esternón.
Cuantos imprevistos casi te hicieron previsor.
Cuantas locuras te dejaron a oscuras y cuantas te llenaron de respiración.
Cuantos y cuantas cruces te hicieron creer, crear y crecer.
En cuantos “ven” te fuiste y en cuantos “venga” te irías y quedarías.
Cuantos misterios en cada experiencia.
Cuantos rincones y cuantos centros no vislumbraste en un temor.
Cuantos últimos, primeros y entremedios ordenaron y desordenaron tus filas.
Cuantas noches te has pasado sin dormir por días en que no despertaste lo suficiente.
Cuantas pasiones te alimentaron con cada bocado de vocación.
Cuantos sermones te atearon de voluntad y cuanta comprensión te ha oteado de determinación.
Cuantos orgasmos sin sexo te han hecho el amor.
Cuantos “te quiero”, “siempre”, “todavía” o “ya no” te hicieron armadura o erupción.
Cuantas pastillas sin freno, placebos sin cura y hospitales sin cama te enfermaron y sanaron de esperanza y de emoción.
Cuantos partos abortados por partidas y cuantos nacimientos engendrados de amistad te acunaron de resistencia o existencia.
Cuantas veces te pasaste por no llegar.
Cuantos echar de menos te han roto los huesos, arrancado los músculos, dolorido la piel de las entrañas y partido la médula del corazón.
Cuantos versos y besos escribes y escribiste con los labios del pensamiento.
Cuantas pesadillas mataste con un sueño.
Cuantas veces creíste cambiar el mundo y el mundo te cambió.
En cuantos pedazos te rompiste por romper moldes o no querer romperlos.
Cuantos abrigos y abrazos te han arropado de ilusión.
Cuantos metros te faltaron y te faltan para la próxima estación.
Cuantas caricias te reservaste para el futuro y cuantos mimos te debes o adeudas hoy.
Cuantas secretos te han hecho amigo, enemigo, cómplice o confesor.
Cuantos tragos te han atragantado sin beber y por deber.
Cuanta paz desperdiciaste en guerras y cuanta lucha te ahorraste con ternura y comprensión.
Cuantas cenas compartiste con desayunos.
En cuantas ocasiones te diste y venciste, donaste y no perdiste.
Cuantas sonrisas en las manos te borraron tristezas.
Cuantos, cuantas, cuanto … antes, ahora, mañana.
Cuantos, cuantas, cuanto …. Cuenta … Todo y todos cuentan … No son números. No son letras. Es la vida. Eres tú.

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Cuando un día corriente deja de serlo

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Cuando un día corriente deja de serlo.
Una tibieza vertida de complicidad.
El sentido común de una sensibilidad.
Cuando todo es incipiente.
El susto que no lo es porque es sorpresa.
Los lunes que no lo son.
Cuando nace una confianza.
Aquella manera que conforta el ser, que lo conforma, que lo confirma.
Un “ya” comenzando.
Cuando las circunstancias son orfebre de esas perfectas imperfecciones de lo bonito.
Un campo sin batalla.
Nadie sin nada. Nada sin nadie. Nada sin nada. Nadie sin nadie.
Cuando poner reparos se quita.
Un especialista con la única y especial especialidad de lo sencillo.
Encuadro y libro: Oleo en las manos o leo en los labios..
Cuando la luna te pilla desprevenido y el Sol es efervescente.
Una casa de empeños sin lucro ni interés.
Un quebranto de conveniencias.
Cuando un instante es pasión.
Una pauta, una razón, una ilusión que te empuja el corazón.
Una línea discontinua en una alborada de sonrisas.
Cuando un banco decide ser de sangre y no sangrar. Y donación.
Dar, por sentado. Por supuesto y sin presupuesto ni presuponer.
Tocar los pétalos de un párpado.
Cuando todo es trémulo, prímulo e insospechado.
El equilibrio en la cuerda floja de una serendipia.
Acortar pasar y pensar sin pesar.
Cuando la vida te distrae el ánimo.
Completar un semi-curado.
La fortuna que se amasa sin dinero.
Cuando militar es para armar, sin ejercito y por unir.
Tardes sin tiempo ni atrasos.
Sinceramente, sin cera mente.
Cuando una sincronía te ruboriza las entrañas.
El posible que se precede de mejor imposible.
Romper solo moldes. Amoldar sin romper.
Cuando un día corriente deja de serlo.

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Impulsos de un libro

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En los puntos suspensivos de aquel renglón encontré el pasillo, justo en todos los ángulos rectos en los que no me mareo. Mayúscula vocal en consonancia con la rampa que sube la intención de quedarme contigo, en la intersección entre las comillas de un estornudo sin prevaricación ni doble sentido, sin peaje ni limitación en la velocidad de escucharte y hablarte al oído.

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Intentarlo

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Demasiado eterno para envejecer.
Demasiado rápido para no correr.
Demasiado inmenso para no abrazarlo.
Demasiado valioso para ponerle precio.
Demasiado real para no soñarlo.
Demasiado íntimo para no compartirlo.
Demasiado místico para no acogerlo.
Demasiado sano para no curarte.
Demasiado real para teorizar.
Demasiado libre para no hacerte volar.
Demasiado pequeño para no ser grande.
Demasiado serio para no sonreír.
Demasiado dinero para ser rico.
Demasiado vivo para no morirte por ello.
Demasiado especial para no sentirlo.
Demasiado perfecto para decorarlo.
Demasiado bonito para ser solo bello.
Demasiado cerca para estar lejos.
Demasiado esencial para no existir.
Demasiado precioso para no disfrutarlo.
Demasiado auténtico para no admirarlo.
Demasiado personal para ser intransferible.
Demasiado natural para no respetarlo.
Demasiado espiritual para no tocarlo.
Demasiado especial para cambiarlo.
Demasiado humano para personificar.
Demasiado utópico para ser imposible.
Demasiada tristeza para no abrazar.
Demasiada meta para no participar.
Demasiado mundo para no explorar.
Demasiada emoción para no sentir, corazón para no latir, sangre para no brotar, nubes para no llover, ternura para no confiar, impulso para no avanzar, coraje para no temblar y miedo para no existir, porque nada es demasiado para no ir, para no llegar, para no probar, para no descubrir, para no alcanzar, para no intentarlo.

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